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La comparación entre Tlatelolco 1968 y Ayotzinapa, confunde / Mario Núñez Mariel

  • Mario Núñez Mariel

Las comparaciones entre la masacre de Tlatelolco y la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa, como todo ejercicio analógico, son fútiles porque ideologizan el discurso y entorpecen más la comprensión, que explicar lo que realmente sucedió y sucede. Se trata de fenómenos distintos. Empecemos por la distinción en los números: en 68 según la investigación de Eduardo El Búho Valle fueron no más de cien muertos; en la guerra civil asimétrica actual van más de 100 mil asesinatos, 25 mil desaparecidos, 300 mil desplazados, cientos de miles de extorsionados, decenas de miles de secuestrados y 15 mil feminicidios. Toda la guerra sucia de los setenta cabe en alguna ciudad de Tamaulipas o de Michoacán.

En 68 fue una revuelta estudiantil contra el régimen del autoritarismo presidencial hegemónico; y ahora, insisto, se trata de una guerra civil asimétrica con un Gobierno debilitado y una democracia disfuncional. Estamos ante una crisis profunda a nivel hemisférico y no solo en una ciudad. Ahora en México enfrentamos a verdaderas fuerzas paramilitares de narcoterroristas, y Ayotzinapa se plantea en ese contexto de descomposición general.

Donde sí se parecen es que en Tlatelolco se hizo todo para evitar el esclarecimiento de los hechos y en Ayotzinapa es evidente la dificultad para establecer qué fue lo que realmente sucedió. También se antojan similares en ambas situaciones, el hecho de que las víctimas fueron estudiantes. Pero de poco sirve, insisto, buscar parecidos entre situaciones distintas porque al final del ejercicio siempre serán más significativas las diferencias que las similitudes.

Qué 68 se siga recordando cada año como una especie de denuncia obligada, es políticamente correcto sin duda, por más que no sabemos si las obsesiones colectivas no son un ingrediente de la parálisis ante el presente. La situación de 1968 fue, de lejos, menos grave de lo que estamos viviendo ahora y los recursos para dirimir las contradicciones entonces son del todo insuficientes ahora. La constante denuncia de la barbarie es importante, pero la simple denuncia no resuelve la extraordinaria herida en el tejido social en el México lacerado de hoy día.

Sin bien durante decenios se exigió justicia en torno a la masacre de Tlatelolco, con razón sobrada, ahora en cambio estamos hablando de la pacificación de todo un país que sufre de la violencia como metástasis que no se cura con declaraciones. Al hablar de tejido social desgarrado nos referimos a todas las insuficiencias sociales de gravedad que durante decenios, en vez de atacarse en profundidad, se fueron acumulando como agravios irresolubles.

Todos sabemos de qué estamos hablando: pobreza extrema y no tan extrema, pero igualmente inadmisible, en más de cincuenta millones de mexicanos que no descansan un solo día de su existencia porque simplemente no existe esperanza de vivir dignamente ni de que los hijos salgan de la miseria en la que nacieron. La educación es un tema de tal manera irresoluble en las condiciones corporativas de su realidad magisterial, que no garantiza la movilidad social para salir del agujero. La vivienda de la mayor parte de los mexicanos es de tal manera garantía de hacinamiento y de insalubridad que se suma al círculo de la miseria irresoluble como si fuéramos el país del desarrollo imposible. Para no hablar de la salud.

Y así podemos seguir enumerando círculos de miseria que amplían las condiciones de la reproducción de la vida delincuencial como salida falsa, pero salida al fin, de un cajón de imposibilidades que no dejan ver la luz del día, porque todo es oscuridad del amanecer al anochecer para millones de mexicanos que merecen mejor suerte.