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La contaminación acústica: deletéreo signo de nuestros tiempos / Betty Zanolli Fabila

  • Betty Zanolli

“El silencio es música” (Uberto Zanolli)

Uno de los grandes problemas que aqueja cada vez más a las ciudades hoy en día es el relativo a la contaminación sonora, sobre todo en países como el nuestro, en el que no existe ni siquiera una mínima cultura de prevención acústica. Es cierto que poco a poco se han ido elaborando distintos instrumentos jurídicos al respecto, sobre todo en las delegaciones de la capital de la República, pero el problema es cada vez más grave porque nadie los respeta ni menos los hace cumplir. Y aunque la norma 05-2006 de la Secretaría de Medio Ambiente en el Distrito Federal establece como rango máximo diurno los 65 decibeles y nocturno en 62, con mucho el ruido al que estamos sometidos los sobrepasa, no solo en los bares, centros nocturnos y discotecas, fábricas, estaciones de Metro y tráfico aéreo, tradicionalmente reconocidos por sus elevados y peligrosos índices sonoros. La calle misma es una de las principales fuentes de contaminación sonora a partir del tráfico, obras viales, aires acondicionados y equipos de audio que utiliza el comercio ambulante, pero también lo es cualquier espacio o inmueble, público o privado, comprendidas escuelas y universidades, en donde sus moradores no respeten los niveles regulares de audio, como lo son las nuevas centrales de energía eólica, cuyo elevado rango de dispersión sonora afecta particularmente a las aves de la zona o las perforaciones realizadas mediante el método del “fracking” para la extracción del gas shale. Lo anterior, sin dejar de subrayar cómo la contaminación sonora es propia también del mar. En los muelles el sonido que producen los barcos contribuye a la expansión de especies invasoras debido a que las larvas son atraídas por las ondas sonoras y es poderoso agente que estresa a diversas especies marinas como ballenas y delfines junto con todo tipo de motores y pistolas de aire que impiden la comunicación entre ellas y dificultan su alimentación, provocando cambios en sus comportamientos, a tal grado que se ha llegado a considerar al sonar naval como agente causante de la muerte masiva de ballenas.

Lo grave es que el impacto de este tipo de contaminación es ya imperceptible, en el caso de las urbes y de la capital de México en particular, porque en realidad nos percatamos de ello demasiado tarde, sobre todo cuando procede simultáneamente de diversas fuentes sonoras. Pero también es uno de los principales signos de nuestros tiempos. La gran pregunta es: ¿por qué en los países europeos no se da este tipo de fenómeno y en naciones como México el ruido es parte esencial de la vida diaria? ¿Por qué no nos hemos preocupado de controlar este problema que día a día se agudiza, provocando no solo afectaciones en nuestra capacidad acústica, sino también en nuestro estado anímico, así como en las propias construcciones? ¿Por qué los corredores industriales y turísticos no respetan la más mínima normatividad en esta materia? Porque no hay la más mínima conciencia al respecto. Así como hay espacios “libres de humo”, los debería haber también “libres de ruido” y de “contaminación acústica”.

¿Acaso importa que la contaminación sonora en las ciudades provoque la disminución y pérdida de la capacidad auditiva de sus habitantes, además de propiciar que se padezcan enfermedades cardiovasculares por el estrés así detonado, sobre todo en menores de edad y personas de la tercera edad? ¿Se han preguntado por qué aflora un cansancio inexplicable o el rendimiento laboral y escolar se ve deteriorado? Evidentemente es muy escasa la conciencia en torno a que estamos frente a un problema severo de salud pública.

Sí, es mucho lo que hay por hacer sobre este tema, sobre todo en una ciudad capital como es el Distrito Federal que en los últimos años ha incrementado incesantemente sus índices acústicos, siendo el promedio de 80 decibeles (dB) y donde el ruido de un claxon puede sobrepasar los 100 dB. Pero hay otro problema. A la par de ello, las personas usan cada vez más audífonos en todos los lugares, particularmente en las calles. Sí, les aíslan, pero también pueden causar los mismos efectos psíquicos y físicos en el organismo que el ruido, así como daños irreversibles a la capacidad auditiva de las personas. ¿Qué hacer? Tomar conciencia, desarrollar campañas de prevención sobre estos temas y aplicar con toda rigurosidad las normas por lo pronto vigentes. Por algo Thomas Carlyle decía: “El silencio es el elemento en el que se forman todas las cosas grandes.”
bettyzanolli@hotmail.com

@BettyZanolli