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La crisis de las Olimpiadas

  • Rosamaría Villarello

  • Rosamaría Villarello Reza

La crisis mundial, y sobre todo la de América Latina, ha marcado irremediablemente los Juegos Olímpicos que se están celebrando en Río de Janeiro.

Ni siquiera por el simbolismo milenario de las Olimpiadas y el atractivo que siempre ha representado Brasil: el glamour y el interés por los mismos ha estado disminuido; no ahora, sino desde que comenzaron los problemas políticos y de corrupción que han apuntado a Dilma Rousseff, Petrobras y al que hasta ahora gozaba de un liderazgo que parecía muy sólido y ejemplar: “Lula” da Silva.

Por supuesto que no solo ellos, sino los otros dos poderes, el Judicial y el Legislativo están involucrados en toda esta maraña que se ha convertido la política en el país del sur. El mismo presidente interino, Michel Temer, está bajo los reflectores por sus antecedentes y las acusaciones de quien o quienes lo beneficiaron para sus negocios y campañas, y por la “guerra sucia” que emprendió contra el Gobierno cuando fungía como vicepresidente.

Las manifestaciones populares que han tenido lugar casi desde la relección de Dilma comenzaron a cuestionar primero la factibilidad del Mundial de Futbol y luego la organización de los actuales Juegos. Por fortuna, no ha habido mayores sucesos que lamentar, aunque como se ha observado, la situación de descontento está en ambos lados de la sociedad carioca por la caída de la economía, así como por actos provocados por la inseguridad local.

A ello se agrega que ha habido otras amenazas desde fuera, en el marco del terrorismo, lo que ha puesto a la población en una permanente alerta, mientras que el proceso contra Rousseff continúa, sin tregua por el espectáculo deportivo.

El caso de Petrobras cobra significancia por varios aspectos: desde el estado anímico de los brasileños que veían en esa empresa el eje central de su vida y lucimiento en el exterior, así como porque había sido el ejemplo de la fortaleza de un país que de emergente, casi adquiría la calificación de primera potencia. Habría que analizar por separado el comportamiento de la petrolera, ya que aparte de los escándalos de corrupción, se debe insertar en el problema global de los energéticos y de un modelo que dejó de serlo desde hace tiempo, de cómo manejar una empresa de energéticos y su valor en el mercado (Seguramente que en este mismo análisis habrá que insertar el caso de Pemex).

Con este panorama más la complejidad de los Juegos en sí  mismos -alrededor de 10 mil 500 atletas-, la atomización de un mayor número de países; los independientes, los refugiados,los de capacidades diferentes y los dopajes, entre otros, hacen ver que el patrón seguido hasta ahora ya es inoperante y las reglas tienen que cambiar. Uno de los factores más importantes son los mismos participantes: no son los deportistas de antes, sino que son otros prototipos de hombres y mujeres que se les considera como fenómenos en el sentido de superdotados en sus facultades físicas. La competencia es ya superior. Veamos el medallero. Por eso y mucho más, por cuestiones internas, las posibilidades de los mexicanos son anémicas. Hay que reconocerlo.