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La cruz de la parroquia que carga Fayad / Sin Gafete / Isabel Arvide

  • Isabel Arvide

Es como si fuese su karma. Algo que está escrito en su destino, sin que pueda ejercer control alguno. Porque a Omar Fayad no le gusta el tema de la seguridad, eso de las policías, de perseguir a los malos, y toda la adrenalina implícita que para algunos es razón de vida.

A Omar lo que le gusta es la política. Y, obviamente, aspira a ser gobernador de su Estado. Pero, otra vez, la mano de sus compromisos, jefes, amigos, aliados, lo llevan a otro tema.

Hoy cometió, supongo que obligado, la barrabasada de querer enmendar la falta de legislación en internet. Algo que cualquiera con tres dedos de inteligencia hubiese evitado, sobre todo si tiene ambiciones futuristas. Porque en esta apuesta, como le sucede al subsecretario Arturo Escobar, el reconocimiento público va a ser una carga demasiado pesada.

Fayad es tan ingenuo, tan atrabancado, tan dispuesto a tirarse por cualquier precipicio apenas recibir orden superior, que no midió que su futuro estaba en juego, y que esta vez sus jefes no van a cobijarlo. O, para ser más exacta, no podrán cobijarlo.

En su día, hace muchos países, el entonces gobernador de Hidalgo, Jesús Murillo Karam, lo hizo procurador no porque supiese de barandillas o le gustase atrapar bandidos, sino porque necesitaba una cara amable. Y así llegó, también, por necesidad política de Murillo entonces subsecretario a ser el primer jefe de la Policía Federal, todo para hacer a un lado al almirante Wilfrido Robledo.

¿Tiene vocación de policía? En lo absoluto. Lo que le gusta es ir a pueblear con su esposa, actriz de telenovelas agarrada de la mano, esperando que las encuestas le den un espacio largamente buscado en Hidalgo. Ahí termina su universo.

Tal vez por eso, porque está más preocupado de las barbacoas de los fines de semana, que ni leyó la iniciativa de ley que le entregaron para ser presentada. Ni siquiera se sentó a discutirla con sus asesores, si es que los tiene, se fue contra el árbol a 180 kilómetros por hora. Para estrellarse.

Porque millones de ciudadanos que conocen el valor, el sentido libertario, de las redes sociales no iban (íbamos) a permitir que viniese un político asesorado por el jefe de la policía, Galindo, acusado por una matanza no aclarada en Tanhuato, a convertirnos en “terroristas cibernéticos” para eliminar así, con miedo y cárcel, las críticas al Gobierno.

Son (somos) millones de mexicanos los que han conocido la fuerza imparable de las redes sociales para denunciar, para cuestionar, para exhibir a los protagonistas del poder, y a todos aquellos que creen contar con licitud para aplastar los derechos de la sociedad.

Se trata de un medio de comunicación que se ha convertido en una forma de vida, de comunicación, invaluable, que no está sujeta a cortapisas por razones del poder político en turno.

De ahí que la respuesta, en contra de la “Ley Fayad” haya sido tan fuerte en todos los ámbitos de la sociedad.

Mayor rechazo, de inmediato, no podría haber habido.

Lo que sorprende es que Fayad no lo haya previsto. De nada vale recular, quemar la ley, como él mismo dice, cuando millones de mexicanos que no lo conocían hoy lo aborrecen y asocian con la peor expresión de un Gobierno que no quiere críticas.

Porque, esto no puede olvidarse, en el fondo de esta urgente necesidad de reglamentar el uso de internet, no hay sino el temor y el rechazo a la crítica. El temor y el rechazo inmensos a que se hagan públicas las casas a medio comprar, lo que pagan de renta por vivir en las mansiones de Las Lomas, los videos con sonido que aparecen de pronto, las relaciones peligrosas con contratistas oficiales.

Quiero creer que Omar Fayad no tiene cola que le pisen, que no tiene mayor preocupación de que temas “privados” puedan hacerse públicos o salir de cualquier closet, por lo que no era –siquiera- personal la intención de acallar a la sociedad. Una vez más actuó por encargo de sus jefes, y tan al “botepronto” que no se dio cuenta de la inmensa tontería que estaba haciendo.

Ahora le corresponde pagar el precio. Que puede ser la candidatura a Hidalgo. Y a millones de mexicanos seguir defendiendo su derecho a expresarse. Se ganó una batalla, pero ya alcanzamos a ver de qué tamaño es la desesperación de quienes quieren silencio…
En Tuiter: @isabelarvide

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