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La cuadratura del círculo

  • La Cuadratura de Circulo / Enrique Pardo Genis

Érase una vez en Valladolid

Mujeriego y vividor pensaba que lo tenía todo. Y a los ojos de muchos así lo era, pues gozaba de una gran fortuna, muchos amigos y cualquier chica que deseara. Su apariencia y pericia para el juego le daban seguridad y hasta un ligero toque de soberbia. Pero eso sí, su gran carisma que proyectaba amabilidad, educación y simpatía hacia los demás, escondía su carente importancia por los otros y su ausencia de límites para conseguir lo que quería. Así, muchos amigos resultaron defraudados, y muchas mujeres desilusionadas.

Su nombre era Arturo Salceda, reconocido caballero de los centros de apuesta que agotó su suerte hasta el último suspiro. Pues su situación cambio drásticamente cuando su destreza se fue. Cuando en consecuencia el dinero comenzó a escasear, los amigos empezaron a alejarse y las mujeres dejaron de acercarse. Es decir, poco a poco se quedó solo.

Un día, se encontraba en el rincón de un bar bebiendo una copa de vino. Su apariencia no era la misma, su barba a medio crecer era tan solo una muestra de su descuidado aspecto y desdibujada elegancia. Su profunda depresión le impedía darle importancia a lo que la gente que lo alcanzaba a reconocer hablaba sobre él. Mientras don Arturo se aferraba a su copa, desde el otro extremo del bar le gritaron: “Arturo, dichosos los ojos que te pueden ver”. Se trataba de dos viejos amigos que se acercaron a sabiendas de su situación.

“Saldrás adelante campeón. Eres don Arturo Salceda, el mejor jugador”, le dijeron sus amigos, a lo que respondió: “Para jugar se necesita dinero, y yo ya no tengo nada”. Los sujetos se levantaron de la mesa, y se dirigieron a otras para hablar con los clientes mientras señalaban hacia la mesa del señor Salceda. Después de unos minutos, los hombres regresaron, le dieron cinco reales a Arturo, y le dijeron: “La gente te quiere Arturo y siempre estará dispuesta a ayudarte. Ve a casa y aséate. Ponte el mejor traje e incrementa este dinero. Tú eres grande”.

En ese momento se levanto, terminó su copa, agarró su abrigo y se marchó. Tomó el consejo de sus amigos y se dirigió a casa. Pero en el camino, justo cuando pasaba frente a la parroquia de San José, observo a través de la ventanilla del coche a una mujer que estaba en el campanario a punto de lanzarse. De inmediato le ordenó al cochero detener el carruaje, saltó a la calle y corrió al portón del templo.

“No saltes” gritó, al tiempo que intentaba abrir la entrada principal. Corrió al coche por un mazo, con el cual logró romper los herrajes y llegar al campanario. Pero mientras subía las escaleras, recordaba a todas las mujeres que habían caído en sus engaños y por primera vez se preguntó si alguna había sentido tanto dolor que la llevara a tomar una decisión como la mujer a la que ahora pretendía salvar.

Al estar frente a ella le dijo: “No saltes ¿Por qué una mujer tan bella como tú quiere quitarse la vida?”. “Por hombres mentirosos como tú, que son capaces de enamorar mujeres sin temor a romperles el corazón”. Aunque ella no lo conocía, describió a Arturo a la perfección. Sin embargo, el dijo: “Yo soy diferente, confía en mí”. Logró convencerla y bajó con ella a la parroquia tomado de su mano. Después la subió a su carruaje y la llevó a casa. En el camino, la mujer le contó a Arturo que su prometido la había plantado en el altar de aquel templo, por lo que ella ya no encontraba motivos para vivir. Al llegar a la casa de quien quisiera quitarse la vida, Arturo se dio cuenta que su situación económica era mucho peor que la suya.

“Toma estos cinco reales en señal de mi lealtad, sinceridad y amor por ti. Cómprate un lindo vestido, que vendré por ti en tres días” Aunque pareciera una mentira, Arturo lo decía con toda franqueza, porque por fin había encontrado motivos para vivir. Él pensaba que por algo había pasado todo lo ocurrido. Debía ser una señal de algo.

Al tercer día, despertó con el ánimo que hacía mucho no tenía. La ilusión iluminaba sus ojos y el buen humor llenaba los espacios vacíos. Pero pronto todo se esfumó, cuando se sentó a desayunar y vio el encabezado de la primera plana del periódico. “Mujer pierde la vida, al tirarse del campanario de la parroquia de San José”. En la fotografía que acompañaba a la nota, se podía ver que la mujer sostenía cinco reales”. Arturo no sabía lo que había pasado, hasta que los dos sujetos que le habían dado las monedas fueron a visitarle.

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