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La desconfianza/ Federico Ling Sanz Cerrada

  • Federico Ling Sanz

En días recientes tuve la oportunidad de visitar la Ciudad de México y otros lugares. Durante las giras de trabajo que me corresponde realizar para formalizar convenios educativos y para permitir los intercambios de prácticas profesionales y los programas de aceleración profesional en Washington, D.C., he podido comparar algunas cosas entre nuestro país y Estados Unidos. Sin afán de hacer una apología de cosas que no son, algo de lo que resulta más contrastante es la desconfianza que nos tenemos los mexicanos unos a otros. ¿A qué voy
con esto?

Expondré algunos ejemplos de cosas que me pasaron. La primera de ellas sucedió en un supermercado al que acudí a comprar un gel fijador para el cabello y un shampoo. Como eran pocas cosas pagué todo en el área de la farmacia, pero me dieron una bolsa muy pequeña. Luego entonces me dirigí al área de cajas con la intención de obtener una bolsa más grande, pues no quería caminar 5 cuadras con las cosas en la mano. Al llegar con el cajero y pedirle una bolsa, me la negó y me pidió revisar la bolsa con artículos que yo llevaba. Al principio no entendí qué me estaba diciendo, hasta que capté que quería asegurarse que mi maniobra no era un engaño para salirme con la mía y no pagar los productos. Le expliqué que ya los había pagado, y no fue sino hasta que comprobó uno por uno (con el recibo en mano) que me dio la bolsa.

Otro ejemplo: al día siguiente tuve que ir al aeropuerto a tomar un vuelo nacional y decidí pagar mi transportación directamente en el hotel, para tener factura (en algunos lados, los taxis siguen operando en la opacidad fiscal y la poca eficiencia). Después de un pleito de 5 minutos entre los choferes para decidir quién me llevaría, me subieron al automóvil y nos dirigimos al aeropuerto. Al llegar al destino me bajé con mi maleta y –propina de por medio– decidí caminar al mostrador de la aerolínea, y el taxista evidentemente no se sintió confiado y comenzó a preguntarme cuándo y cómo había pagado, a quién y para cerciorarse le llamó al hotel, porque quería estar seguro que no le había mentido.

Me sucedieron otros más durante el viaje pero no quiero abundar en ello. Creo que el punto que pretendo ilustrar está más que claro: somos un país desconfiado. Pero no lo somos “de a gratis”. Lo somos porque somos un país aprovechado y ventajoso en algunas ocasiones y las personas tenemos que cerciorarnos que nuestro interlocutor, cliente o socio nos esté diciendo la verdad. De otro modo corremos el riesgo de ser “ingenuos” o “tontos” y dejar que nos vean la cara. Es un mal necesario dirían algunos. La realidad es que todo esto es un círculo vicioso del que será muy complicado salir si no hacemos nada desde el ámbito propio.

Por supuesto que nadie quiere que le vean la cara y que lo engañen, y por eso tenemos que hacer todo un espectáculo de desconfianza. Pero ¿qué no sería mejor dejar de ser ventajosos y también dejar de ser desconfiados? ¿No tendríamos más éxito en los negocios, tendríamos un tejido social mucho más sólido y relaciones humanas más productivas? El “ingenio” del mexicano es un valor agregado de nuestra cultura, siempre y cuando se use para bien y no para darle vueltas a la ley o para engañar a nuestros colegas. A la larga, no somos más inteligentes y acabamos haciéndonos “tontos” a nosotros mismos.
www.federicoling.com y @fedeling
*Maestro en Análisis Político y Medios de Información.