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La desigualdad y la ciudad / Paul Krugman

  • Paul Krugman

Nueva York, Nueva York, una ciudad excelente. Han subido las rentas, pero ha bajado el índice delictivo. La comida está mejor que nunca y la escena cultural es vibrante. De verdad, es una edad dorada para la ciudad a la que me acabo de mudar, si se puede pagar la vivienda. Sin embargo, son cada vez más las personas que no pueden.

Y no solo se trata de Nueva York. Hace mucho que se fueron los días en los que las imágenes distópicas eran generalizadas en la cultura popular _ ¿se acuerdan de la película “Escape from New York”?. La historia de muchas de nuestras ciudades icónicas es, en cambio, una de aburguesamiento, un proceso que es obvio a simple vista, y cada vez más visible en los datos.

Específicamente, el Estados Unidos urbano alcanzó un punto de inflexión hace alrededor de 15 años: después de décadas de decadencia, las ciudades centrales empezaron a hacerse más ricas, más educadas y, sí, más blancas. Hoy en día, nuestros núcleos urbanos proporcionan todavía más entretenimiento, pero, en una muy gran medida, a una minoría muy acaudalada.

Sin embargo, ¿por qué está pasando esto? Y, ¿existe alguna forma de dispersar los beneficios de nuestro renacimiento urbano en forma más generalizada?

Empecemos por admitir que, con toda seguridad, un factor importante ha sido el drástico descenso en los índices delictivos. Para quienes recordamos los 1970, el Nueva York del 2015 es tan seguro que es surrealista. Y, la verdad es que nadie sabe realmente por qué pasó eso.

Sin embargo, ha habido otros motores del cambio: por encima de todo, el aumento en el nivel nacional de desigualdad.

Es un hecho conocido (aun si los sospechosos habituales lo siguen negando) que la concentración del ingreso en manos de una pequeña minoría ha aumentado en los últimos 35 años. Esta concentración es todavía más alta en las grandes áreas metropolitanas, como Nueva York, porque los sectores de actividades que requieren habilidades altamente especializadas y salarios elevados tienden a ubicarse en ellas y, con frecuencia, es donde quieran vivir los muy adinerados. En general, esta elite de altos ingresos obtiene lo que quiere, y lo que ha querido desde el 2000 ha sido vivir cerca del centro de las grandes ciudades.

No obstante, ¿por qué ahora los estadounidenses de altos ingresos quieren vivir en el centro de las ciudades, en comparación con las extensas propiedades suburbanas? Debemos prestar atención a la vida cambiante de los acaudalados, en particular, a sus hábitos de trabajo.

Para tener una idea de cómo solía ser, me voy a permitir citar de un artículo, clásico, de 1955, publicado en Fortune, titulado “Cómo viven los altos ejecutivos”. Según la nota, el ejecutivo típico “se levanta temprano _ como a las 7 a.m. _, toma un desayuno abundante y se apresura a ir a su oficina por tren o automóvil. No es inusual para él, después de pasar de las 9 a.m. hasta las 6 p.m. en su oficina, apresurarse a llegar a su casa, cenar y meterse en la cama con un portafolio lleno de tarea”. Bueno, según los estándares de la elite de negocios actual, ese es, de hecho, un estilo de vida muy relajado.

Y, como se ha argumentado en varios ensayos recientes, el asalariado de altos ingresos, con largas jornadas de trabajo _ y, la mayoría de las veces, una socia de trabajo en lugar de una esposa ama de casa _ está dispuesto a pagar muchísimo más que los ejecutivos de antaño por un sitio céntrico que permita reducir el tiempo del transporte cotidiano. De ahí el aburguesamiento. Y se trata de un proceso que se alimenta de sí mismo: a medida que quienes tienen ingresos elevados se mudan a los centros urbanos, éstos empiezan a ofrecer amenidades _ restaurantes, tiendas, entretenimiento _ que las hacen más atractivas todavía.

No solo estamos hablando de los superricos o, siquiera, del uno por ciento. Creo que, más o menos, podríamos estar hablando del 10 por ciento de hasta arriba. Y, para estas personas, es una historia feliz. Sin embargo, ¿qué hay de todas las personas, de seguro la gran mayoría, que quedan fuera del resurgimiento urbano de Estados Unidos por causas de dinero? ¿Tiene que ser así?

Sin duda que la respuesta es no, al menos no al grado en el que lo estamos viendo ahora. La demanda en aumento de vivienda urbana por parte de la elite podría satisfacerse, en gran medida, con el incremento en la oferta. Todavía hay espacio para construir, aun en Nueva York, en especial hacia arriba. No obstante, si bien hay cierto auge en las construcciones en la ciudad, es muchísimo menor de lo que explican los precios en aumento, principalmente porque las restricciones en el uso del suelo son un obstáculo.

Y esto es parte de una historia nacional más general. Como lo expresó recientemente Jason Furman, el presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, lo más probable es que los culpables sean los precios nacionales de la vivienda que han aumentado con mucha mayor rapidez que los costos de la construcción desde los 1990, y las restricciones en el uso del suelo. Sí, se trata de un tema en el que no es necesario ser un conservador para creer que tenemos demasiadas regulaciones.

La buena noticia es que se trata de un problema sobre el cual los gobiernos locales tienen mucha influencia. El ayuntamiento de Nueva York no puede hacer mucho, si es que puede hacer algo, sobre la cada vez mayor desigualdad en los ingresos, pero podría hacer mucho para incrementar la oferta de vivienda y, con ello, asegurar que la inmigración de la elite no saque a nadie más. Y el alcalde actual entiende esta situación.

Sin embargo, ¿esa comprensión llevará a alguna acción? Ese es un tema al que tendré que regresar otro día. Por ahora, solo digamos que en esta época de aburguesamiento, la política de la vivienda se ha vuelto muchísimo más importante de lo que se da cuenta la mayoría de las persona.