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La disminución de la miseria / Alejandro Díaz

  • Alejandro Díaz

Publicaron las Naciones Unidas el análisis final de lo que avanzó el mundo hacia los Objetivos del Milenio, establecidos en 1990, y de éstos, todos estuvimos pendientes si se habría logrado reducir la miseria o extrema pobreza, al menos a la mitad. Los resultados arrojan que de los mil 800 millones que vivían en la miseria, aún quedan 836. Aunque ya estaba claro que el ideal de erradicarla totalmente en tan corto tiempo sería utópico, ahora sí se propone lograr esa meta para 2030.

Los otros Objetivos del Milenio (aumento de la educación primaria, mayor participación de la mujer, reducir la mortalidad infantil y la materna, combatir las enfermedades más severas, sostener al medio ambiente y crear una alianza para el desarrollo) también son importantes. Todos ellos alcanzables si primero se elevan los niveles de vida y de alimentación. La miseria ha sido para la humanidad el gran mal, siempre ha existido, y es obligación de todos -sociedades y gobiernos- contribuir a solucionarla. Mal evitable en la medida en que todos actuemos con responsabilidad: tanto agrupaciones civiles organizadas para apoyar grupos específicos, como los distintos gobiernos, a través de políticas solidarias no asistencialistas.

El censo más reciente muestra de que, a pesar de un avance inicial, en México aumentó la población en miseria durante los últimos años y dos millones de personas que habían dejado de ser parte de la pobreza extrema volvieron a ella. El Gobierno federal lo reconoce y lo achaca a los aumentos de precios y al cambio del método de medición, añadiendo que si la miseria en México se midiera según los criterios de la ONU, en vez de 55 millones en nuestro país, habría solo 12.5 millones.

Aún esta cifra de pocos millones (y todavía más la de 55 millones) es una vergüenza para cualquier Gobierno, pero también para la sociedad civil. Todos estamos obligados a contribuir a erradicarla, no tanto dándole limosna al primero que la solicita, sino apoyando a la sociedad civil organizada que trabaja en la mejoría del campo y de las zonas deprimidas de pueblos y ciudades, apoya la educación en zonas marginadas, mantiene orfanatorios, comedores comunitarios y asilos de ancianos, etcétera.

Evidentemente, también hay que exigir que tanto gobiernos estatales y municipales, como el federal, manejen honestamente los recursos bajo su cargo, apoyen medidas (fiscales, laborales, de infraestructura, etcétera) que fomenten la creación de empleos y contribuyan a la elevación humana de nuestros conciudadanos menos afortunados. Para ello, requieren reforzar sus prioridades en salud, educación y empleo. También, los ciudadanos en lo individual estamos obligados a ser solidarios. En vez de ayudar a personas en aparente necesidad (hay muchas historias de quienes organizan a otros para pedir limosna o se las ingenian para fingir ser miserables, pero viven con lujos), es mejor apoyar a quienes saben hacerlo organizadamente. Fundaciones y agrupaciones transparentes, dedicadas a la filantropía, merecen nuestra ayuda. Cada quien debe escoger con quien colaborar, pero en vez de aportar monedas sobrantes, tener el propósito de aportar al menos el dos por ciento del ingreso (y hay quien opina que debiera ser el cinco por ciento) para apoyar a quienes se dedican a mejorar la vida de los que menos tienen. Todos tenemos la palabra.
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