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La emergencia del antojo | Mujeres en busca de sexo | Celia Gómez Ramos

  • Editoriales

“¿Y ya con qué voy a soñar, cuando he sido tan feliz despierto?”

FiódorDostoyevski

Si un antojo es un deseo impulsivo, vehemente y arbitrario de una cosa, por lo que debe ser satisfecho, sin importar las consecuencias. Atémonos o desatémonos, pero iniciemos así el año, con arrebato y urgencia. Sin freno.

Hemos estado tan enfiestadas en estos días –mis amigas y yo-, que todas acabamos agotadas y sin ganas de más. Así que decidimos un respiro y nos tomamos un par de días libres, pero esta ocasión, como no ocurría hacía tiempo, logramos acordar las siete, dejar por dos días, todo. Así que nos fuimos de fin de semana:‘solo mujeres’. Lo que nos sirvió para una recuperación personal y una verdadera sensación de felicidad.

Desde luego, no hay tiempo suficiente, siendo tantas, para terminar de charlar de tema alguno. Vamos de uno a otro, sin tropiezos, enlazando todos y sin terminar jamás.El flujo mental parece sin fin. La lengua se convierte en el mejor instrumento y la más ejercitada por horas enteras.

No les platicaré aquí qué fue lo que hicimos para poder dejar todo y a todos, pero sí les contaré una de nuestras conversaciones, que al igual que el título que da nombre a este texto, dimos como excusa a quien quisiera interferir en nuestro deseo inaplazable y exaltado…

Así tomamos ruta por el camino de los antojos y pensamos en aquello que en distintos momentos no habíamos podido apartar de nuestra mente, hasta su consecución; sin importar hubiese generado para nosotras remordimiento, nos hubiera fallado en expectativas o en el mejor, no obstante raro de los casos…, las hubiese superado.

Aunque todas somos distintas, la realidad es que nuestras familias fueron más bien conservadoras en la educación que nos brindaron, y eso nos hizo ser controladoras; del entorno sí, pero también de nuestros impulsos. Antes de que estos crecieran, los matábamos.

Entonces, y teniendo dos días enteros para discutir el punto, nos dimos tiempo para buscar en nuestro archivo cerebral y merodear por las distintas gavetas, porque no nos iríamos de ahí, hasta responder cada una:Qué nos había resultado tan imperioso que lo habíamos dejado avanzar, sin pararlo.

No eran solo cuestiones de objetos, lecturas, olores o sabores. Lo que nos interesaba a todas, era entender un poco cuáles son esas fibras de la conciencia en que le ponemos una barrera y nos dejamos ir. En qué momentos y qué tanto fuimos capaces también de disfrutarlo.

La propia Carlota ya nos había contado alguna ocasión de aquel joven del trabajo. Un hombre más joven que ella, muy detallista, que un día sin más, y ella ya deseándolo hacía tiempo, la besó y estrechó en sus brazos, sin ella poner resistencia. Tan habría de ser así, que sintiendo Carlota esa pasión en el aire, comenzó a vestirse distinta y pensarse soberbiamente bella y apetitosa. Tan solo recordarlo, nos dijo, me genera un éxtasis, me eleva el rubor y me estremezco.

Anda, preguntamos todas: ¿Todo se quedó ahí? ¿No hubo más? Y nos replicó con una frase que no sabemos cuánto tiempo tuvo en la mente: “Besar es consagrar la estancia, es partir a otro cuerpo, inflamarse y expandirse hasta que uno entero, tiemble”. Y casi sentimos como se nos desabotonaba la blusa… ¡Vaya!

De todas maneras, insistimos. Rosaura le espetó: -Un antojo es una necesidad, también puede ser de palabras o de carne, de cuerpos estrechados.

Como en trance, habló Lucrecia. Tuve tanto un antojo, el de una carne con una mente determinada, que hice todo para tenerlo, hasta que me aburrí, nos dijo. No entendió lo imperioso que era para mí el deseo. No entendió que no quería yo nada más, sino reconocernos en la carne, en la piel, en las hendiduras. Disfrutar nuestro cuerpo. Y con otro, ocurrió que la realidad fue insuficiente. Siempre, continuó, hablando de la carne. En ocasiones la leve sensación de un contacto, con una palabra adecuada, te puede llevar a desencadenarte, puede ser un chasco o puede sorprenderte.

Carlota asintió, pues Lucrecia sostuvo que más había valido la experiencia. Aceptó entonces, que había cedido, sin pensar, y el brillo rabioso de su mirada, nos dio cuenta de lo que es el placer extremo.

No les cuento más, que ya me terminé el espacio. Solo los convoco: ¡Vayamos por la sorpresa y por la vida! No detengamos aquello que nos mueve a ser. Que la vida sea intensa y no permanezcaen el centro, sino rozando o traspasando bordes; porque los antojos se sacian, pase lo que pase.

Comentarios: celiatgramos@gmail.com

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