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La envidia / Ramón Ojeda

  • Ramón Ojeda Mestre

Marlene Dietrich de Ojeda Mestre decía que la envidia es una declaración de inferioridad. Leonardo Da Vinci señalaba que en cuanto nace la virtud nace contra ella la envidia y antes perderá el cuerpo su sombra que la virtud su envidia, y a pesar de que Voltaire advirtió que la envidia daña al mismo envidioso, yo siento envidia cada vez que veo la hermosura y la grandeza de Chiapas. Es el Estado más bello del Pacífico, como Veracruz lo es del Golfo de México y Q. Roo del Caribe o BCS del Golfo de California. Ni modo. Si no está de acuerdo escríbame y nos podemos batir a duelo con florete oxidado o a pellizcos de monjita si usted es de otras preferencias respetables.

Aristóteles que no era ningún charlatán, expresó que la envidia es una pena que causa turbación y que se refiere a la prosperidad, más no a la del que es indigno de ella sino a la de un igual o un semejante y nuestro entrañable epónimo de Tixtla que hoy estaría de luto, Ignacio Manuel Altamirano, refirió que “la envidia es proteiforme. Sus manifestaciones más comunes son la crítica amarga, la sátira, la diatriba, la injuria, la calumnia, la insinuación pérfida, la compasión fingida, pero la más peligrosa es la adulación servil.” ¿Nos vamos entendiendo? Casi siempre los celos se relacionan con la envidia. Pero la diferencia básica es que se siente envidia de lo que uno no tiene y celos de los que uno tiene, puntualizaba Fernando Savater, cuyo punto de vista era un tanto distorsionado, en tanto que Erich Fromm, el autor de “El arte de amar” y que vivió en Cuernavaca, sentenció que la envidia, los celos, la ambición, todo tipo de avidez, son pasiones; el amor es una acción, la práctica de un poder humano, que solo puede realizarse en la libertad y jamás como resultado de una compulsión.

Para concluir con este preámbulo que parece caza de citas, se la recordaré, sí la famosa frase de Plinio el Joven que adujo que la envidia y aún la apariencia de la envidia es una pasión que implica inferioridad dondequiera que ella se encuentre. ¿Soy pues inferior por sentir envidia de la majestuosidad de Chiapas, por la magnificencia de sus montañas, la riqueza de sus minas de oro, de uranio, de titanio, de plata o de ámbar, sus costas hermosísimas, por sus millones de loros, cotorras, pericos, guacamayas o tucanes y todos los psitácidos que en el mundo han sido? ¡Ah! Cuánto diera por escalar una vez más la Sima de Cotorras allá por Coita con Pascual Paco Méndez, el espeleólogo que me presentó el ambientalista diputado Guillermo Toledo, grandes chiapanecos ambos. Me gustaría que vieran esas bellezas todos mis seres queridos e incluso los no queridos a ver si se alivian o alivianan.

Qué culpa tengo yo de que Chiapas tenga esas etnias inmortales, infinitas y deslumbrantes, esa gastronomía que nadie ha llegado a conocer totalmente porque en cada rincón que usted conoce de esa tierra tan sorprendente que parece imaginaria, onírica, alucinante, brinca un platillo con una yerbita nueva, un molito indescifrable o una combinación aromática. Qué café, señores y señoras amas y amadas mías, que taxcalate, qué pozol, que tamal de chipilín o de bola, qué rones y aguardientes, qué tortillas de maíz verdadero y ancestral no como las espantosas que por la corrupción monopólica nos dan en el DF. La envidia, dijo Unamuno, es mil veces más terrible que el hambre porque es un hambre espiritual. Si la envidia fuera tiña… Envidia viene del latín invidere, lea a Catulo y su famoso poema.

Sí, me corroe la envidia de no ser chiapaneco, pero me consuela una cosa: Chiapas es de todos los mexicanos.
rojedamestre@yahoo.com