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La épica clásica hollywoodense y adiós a Moore, el mundano favorito

  • La moviola/ Gerardo Gil

Dos tipos de épica llegan a la cartelera cinematográfica esta semana, la relativa al mero género fantástico y de aventuras –Piratas del Caribe: La venganza de Salazar (Joachim Ronning y Espen Sandberg, 2017)-, bajo la producción del todopoderoso productor Moviemogul, esto es, miembro del starsistem, Jerry Bruckheimer, filme que ocupará la mayor cantidad de salas cinematográficas y La Promesa (Terry George, 2016), propuesta más ambiciosa, lo que no quiere decir que sea una producción más cara.

En el primer caso, la quinta entrega de la franquicia, que inicio con Piratas del Caribe: La maldición del Perla Negra (Gore Verbinski, 2003), el regocijo radica en el respeto al género. Es pues, el puerto seguro en el que desemboca el filme, que no propone ni dispone, pero que por esto, deja contento a su público cautivo.

¿Se le puede reprochar al filme lo anterior? Todo lo contrario, porque en esta entrega y desde hace rato las anteriores, el oficio deviene en habilidad narrativa. Es la repetición de los elementos clásicos del cine fantástico, dirigido al público actual.

Y todo en medio de la moda, convertida en género formal, de las adaptaciones de comics y superhéroes. A Piratas del Caribe, por lo menos hay que reconocerle su aire clásico de novela a lo Robert Louis Stevenson (La isla del tesoro, 1883) y los filmes de Disney de la década de los 50 y 60.

La idea ya no es nueva pero a estas alturas no se le puede reprochar tomar otra vez la premisa original y copiarse a ella misma. Un poco a lo y tú, ¿tienes un papá pirata?

En el caso del segundo estreno que nos ocupa, La Promesa, el asunto resulta de mayor complejidad, incluso delicado por el tema que aborda: Ni más ni menos que los últimos días del Imperio Otomano, el llamado Genocidio Armenio. Pero lo hace como marco referencial de una historia de amor que marca los ritmos y tiempos narrativos.

No hay que confundir pues, la película se sirve del hecho real, para desarrollar un melodrama amoroso convencional. No es una épica histórica: es un melodrama amoroso.

Mikael (Óscar Isaac) es un joven boticario que habita un pueblo armenio en el Imperio Otomano y que tiene una meta muy clara, estudiar medicina. Para lograr su propósito se casa con una joven a la que no ama pero le proporciona una buena dote con la que pagará su carrera.

Ya en Constantinopla para iniciar sus estudios, Mikael se hace amigo de Emre (Marwan Kenzari), un junior hijo de un alto funcionario turco quien le ayuda en un principio para que no sea enlistado en el Ejército, y además conoce a Ana (Charlotte Le Bon). Por supuesto, nuestro prófugo de Star wars, se enamora de la chica. El problema es que la joven tiene una relación con el periodista Chris Myers (Christian Bale) quien se encuentra cubriendo lo que será el conflicto armado iniciado en abril de 1915 y que ocasionó el llamado
Genocidio Armenio.

A partir de este punto, iniciarán los elementos que dan pie para que el filme tenga un aire de épica clásica, los avatares del héroe servirán para su crecimiento personal e incluso, hace guiños narrativos, sin estar ambientado en la época y contexto, al péplum: Mikael se enfrenta a la injusticia y se ayuda solo de la virtud. Su única arma.

La historia de amor, tanto como el hecho histórico, dan las estructuras, capítulos de algún modo narrativos en los que avanza nuestro afligido héroe, que va de un medianamente inescrupuloso aspirante a médico, a un virtuoso salvador de vidas, que enfrenta ejércitos enteros, tan solo con la ayuda del cornudo periodista Myers (aún en esa escena, la de mayor testimonio histórico del filme, uno dice, ya apareció Hollywood. Ya llegó Batman, pues).

Con todo, el filme resulta mucho más interesante a nivel narrativo que cualquier propuesta cinematográfica actual de evasión. Eso sí, tiene sus complacencias hollywoodenses y unos minutos menos en edición, no le hubieran hecho daño. Además de que vemos al compatriota Daniel Giménez Cacho, como el reverendo Dikran que solo abre la boca para oficiar misa.

EN CORTO

Roger Moore, fue el Bond más cínico de toda la franquicia. El agente que representó la parodia festiva del género y que con mucha dosis de desparpajo fue el incorrecto personaje de la generación setentera. Aún estando al Servicio Secreto de su Majestad.

No representó al atormentado detective a la Dashiell Hammet, ni necesitaba la vulgaridad de Mike Hammer. Se distanció mucho del flemático y sanguinario Sean Connery, quien se tomaba demasiado en serio. Moore, quien como todo Bond que se respete despreciaba a su personaje, era el desparpajo que construye y deconstruye un arquetipo.

Moore en su incorrección, era el Bond antimillenial.