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La guerra del mal aliento

  • Mujeres en busca de sexo / Celia Gomez Ramos

Ayer probé una deliciosa ensalada de ajo con queso en un restaurante ruso. Debo volver. Me encanta el ajo, pero siempre me lo pienso dos veces antes de comerlo, dependiendo de lo que tenga por hacer, ya que los demás no tienen por qué padecer los placeres personales, menos los convertidos en pésimo aliento. Pues eso de despedir olor a cañería en el tránsito vivencial, no solo puede generar rostros agrios o incomodidad de los otros, también puede echar por la borda, buenas negociaciones laborales o no.

No es mentira lo que les digo. Después de ingerir suficiente ajo, en la boca comienza a expandirse una sensación amarga, áspera y pastosa, no importa cuántas ocasiones te la laves: regresa. Incluso puede terminar con la posibilidad de un buen momento, ese que iba a despertarse con una caricia y se arrepiente al momento de aproximarse para un beso… La cuestión del aliento, con seriedad se los digo, puede generar verdadero desaliento.

Ya lo decía Juan Jacobo Rousseau: “Entre todos los animales, los hombres son los menos aptos para vivir en rebaño. Si fueran apiñados como ovejas, perecerían en corto tiempo. El aliento del hombre es fatal para sus semejantes”. Y quiero pensar que se refería a ese aliento a rumiante, que podemos llegar a despedir…, no digamos otros.

Aficionada a los dientes, pues tengo una madre odontóloga (lo que ya les he platicado en alguna ocasión), y aficionada en extremo a los olores (creo que esto sí me lo debo a mí solita o ¿serán genes ancestrales?), el año pasado acudí a un Seminario sobre“Historia de la odontología”. No crean que algo especializado, con terminología dentaria, sino cultura general e interesante para muchos de los que coincidimos ahí, con distintas profesiones.

Verán ustedes.Hablaron sobre la historia iconográfica de Santa Apolonia, patrona de la odontología y Santa de los dentistas; los cuadrosque a lo largo de la historia, han dado cuenta de la evolución de la profesión, desde el llamado sacamuelas e incluso todas esas historias en torno al ratón que visita a los niños que pierden un diente, según cada país, sobre cómo se ha ido transformando la atención y la higiene bucal; la cuestión del dolor del paciente y el hecho de generar dolor para un médico, no obstante tenga el objetivo de aliviar. También, sobre cómo se anunciaban en revistas y periódicos los cirujanos dentistas. Un garbanzo de a libra, para descubrir cosas y hacerse muchas preguntas.

El caso es que traigo todo esto a cuento, porque lo que más me gustó fue una charla en la que el doctor José Sanfilippo y Borras, habló de un pasaje de la historia prehispánica, y la importancia del buen aliento.

Uno de los factores que llevaron a la guerra entre Tenochtitlán y Tlatelolco, fue el hedor de los dientes de Chalchiuhnenetzin, esposa del rey tlatelolca Moquíhuix, y hermana mayor de Axayácatl, rey de Tenochtitlán.

Pero, ¿cómo sería posible que esto pudiera desencadenar, además de un pleito conyugal y terribles problemas de alcoba, una guerra?

Moquíhuix, el marido, la despreciaba y prefería a sus concubinas. Haya sido quizá esa falta de apego a su esposa, el que con mayor facilidad el rey tlatelolca comenzó a tramar un ataque contra la ciudad vecina. ¿Qué tan terrible sería la fetidez? ¿Qué tan mal habría de sentirse la mujer? ¿De qué se alimentaría? ¿Se han puesto a pensar cómo limpiarían sus dientes los aztecas?

El caso es que, Chalchiuhnenetzin (apréndanse el nombre), se quejó amargamente con su hermano por el repudio que le hacía su esposo, y aprovechó para exponerle los planes de ataque de éste.

Hubo guerra, faltaba más, y perdió Moquíhuix, que murió al caer despeñado desde lo alto del templo Mayor de su ciudad. Suceso trascendental en la historia Azteca.

Simbolismo o no, sobre cómo se cuenta la historia, el fétido olor dental de Chalchiuhnenetzin, habría que pensárnoslo dos veces, si no nos cuidamos de emitir mal aliento.

Y recuperando la frase de Rousseau, “pongamos a nuestros políticos apiñados como ovejas”, que de por sí, estoy más que segura, no tienen buen aliento. Cierto es que no morirán solo por el olor…, bueno, quién sabe.
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