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La hora decisiva del capitalismo (I). ¿La economía mundial está dirigida por sonámbulos?

  • Carlos Siula

Carlos Siula / El Sol de México

Corresponsal

PARÍS, Francia. (OEM-Informex).- En su libro sobre las causas de la Primera Guerra Mundial, el historiador británico Christopher Clark argumenta –metafóricamente– que los líderes europeo marcharon hacia el cataclismo como sonámbulos, inconscientes de las consecuencias que tenía su comportamiento e insensibles a las realidades externas.

Algunos economistas han comenzado a utilizar recientemente la feliz alegoría de Los sonámbulos para referirse a los desafíos y perspectivas que enfrenta el capitalismo, atenazado –a su juicio– entre dos pulsiones contradictorias: la transformación virtuosa y la “exuberancia irracional” que puede conducirlo a la autodestrucción.
Sin lugar en el mundo

“El capitalismo, en su forma actual, ya no tiene lugar en el mundo que nos rodea”, advirtió Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial (WEF) de Davos al abrir ese cónclave supremo del capitalismo en 2012.

Después de reconocer que el sistema no había aprendido las lecciones de la crisis financiera de 2008, instó a iniciar una “urgente transformación mundial” con el “restablecimiento de una forma de responsabilidad social”.

Schwab, que debe ser uno de los hombres mejor informados del mundo y con más fácil acceso a la élite económica del planeta, no es el único que suele despertarse sobresaltado por la noche angustiado por el futuro del capitalismo.
El fin del consenso

¿Tiene futuro el capitalismo?, se inquietaron los economistas Immanuel Wallerstein, Randall Collins, Craig Calhoun, Georgi Derluguian y Michael Mann en un trabajo conjunto que se convirtió en best-seller dentro de los círculos de poder financiero.

Su conclusión es más que cautelosa porque, según su diagnóstico, esa “creación superior” de la economía de mercado -como decía el historiador Fernand Braudel- se encuentra frente a una crisis estructural provocada por dos recientes evoluciones cruciales.

En primer lugar, hay una fuerte tendencia de largo plazo que “dificulta el proceso de acumulación de capital sin fin”. Por otro lado, afirman, se agotó el consenso liberal-centrista -pilar de base del fordismo- mientras que los “movimientos de la vieja izquierda [alusión a la social democracia] perdieron su capacidad de ser actores de un cambio fundamental”.
Un planeta sin crecimiento

En su reciente libro Le monde est clos et le désir infini (que podría ser traducido como El mundo tiene límites y el deseo es infinito), el francés Daniel Cohen define ese fenómeno como un “planeta sin crecimiento”. Mientras que “las perspectivas tecnológicas nunca fueron tan brillante, las perspectivas de crecimiento son completamente decepcionantes”.

Ese efecto no operó, en cambio, con la revolución digital, a la cual se le atribuían virtudes capaces de transformar la economía.

“Vivimos una extraña ruptura económica porque es la primera vez en la historia que una revolución industrial no genera una metamorfosis de la economía ni un crecimiento positivo”, afirma.

“En el pasado, el progreso técnico arrastraba al conjunto de la sociedad. Hoy la revolución digital es percibida como una amenaza”, asegura.

La amenaza robótica

A título de ejemplo cita un estudio, según el cual 50 por ciento de los empleos están amenazados por la robotización surgida del impacto de la digitalización.

Pero, “producir lo mismo con un robot o un programa informático no es una revolución” argumenta, recordando que la automatización de la producción -simbolizada por la película Tiempos modernos- permitió producir automóviles y artículos de consumo a una escala desconocida hasta ese momento.

Fundador de la Escuela Económica de París, que rivaliza con la London School of Economics, Cohen postula que todas las revoluciones técnicas del pasado -las máquinas a vapor, la electricidad, el automóvil- impulsaron el crecimiento.
• Estagnación secular

En contraste, el mundo se encuentra actualmente en esa situación que el economista Robert J. Gordon llama el “estagnación secular”.

En Europa, el crecimiento promedio del ingreso por habitante pasó de 3 por ciento en los años 1955-75, a 1.5 por ciento el periodo 1975-85 y finalmente a 0.5 por ciento en los últimos 30 años.

En Estados Unidos tampoco hubo evolución del poder adquisitivo para la mayoría de la población en las tres últimas décadas, excepto para una ínfima minoría de ultra-ricos que representan 1 por ciento de la población.
Un dólar, un voto

La disparidad social es, precisamente, el tema que desvela a Joseph E. Stiglitz, premio nobel de Economía en 2001, expresado con cruel realismo en su último libro, El precio de la desigualdad.

“El 1 por ciento de la población posee actualmente casi la mitad de la riqueza mundial”, recuerda.

Conocido por su talento para imaginar fórmulas pedagógicas, sostiene que “si colocáramos dentro de un autobús a los 80 multimillonarios más importantes del planeta, sumarían un patrimonio equivalente a la mitad de la humanidad”.

Esos desequilibrios, a su juicio, alteran el funcionamiento normal de la sociedad. La democracia contemporánea “está más cerca del principio un dólar un voto que del sistema una voz un voto”, sentencia.
El círculo vicioso de la crisis

Stiglitz, que fue jefe economista del Banco Mundial (BM) en los años 90, denuncia la “hostilidad directa” frente a la desigualdad que tuvieron sus colegas y dirigentes mundiales hasta que comenzaron a ocuparse del tema “demasiado tarde”, cuando era difícil adoptar políticas capaces de modificar los acontecimientos.

Esa demora generó un círculo vicioso que retroalimentó todos los mecanismos de la crisis: “La desigualdad contribuyó a provocar la crisis; la crisis exacerbó las desigualdad preexistentes; su agravación hundió la economía y dificultó aun más la posibilidad de una reactivación robusta”, sintetiza.
Continúa mañana: Política y excesos financieros