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Contra la indiferencia cómplice / Betty Zanolli Fabila

  • Betty Zanolli

Mientras nuestra economía va a pique, el precio del petróleo rompe toda barrera; la inflación sorda avanza galopante, incontenible; los salarios cada vez alcanzan menos, el endeudamiento público y privado está sujeto a una espiral que nada ni nadie frena, la inseguridad es cada vez mayor, la delincuencia agudiza su saña y perfecciona su modus operandi; en el Senado se prepara el festejo por el centenario de nuestra Carta Magna amenazando que una comisión revisará la Constitución, con lo que obviamente nos hemos de esperar que terminarán de privarla de todo su sello social; en la política lo único que importa son los intereses partidistas al margen de todo interés público ante las exorbitantes canonjías económicas y de poder a las que pueden aspirar…, mientras somos testigos de cómo un presidente municipal, como el de Cuernavaca, se desfasa de la realidad ante el obvio desconocimiento de nuestra historia patria, con lo que prende un nuevo pero esperado foco de alarma sobre su capacidad en el cargo, la sociedad es saturada nuevamente, a través de los medios oficiales, con los detalles peliculescos de la ahora enésima recaptura de “El Chapo”. Y con ello nos alejamos nuevamente de lo sustancial para quedarnos con lo que termina siendo baladí.

Veamos por qué. Para ello, una vez más retomo el “micro” tema del Distrito Federal como ejemplo de la suma crisis que enfrenta en lo macroscópico nuestra realidad nacional. En los años 50, vivir en el Distrito Federal era distinto. Tan solo su cielo -en 1804 bautizado por Alexander von Humboldt como la región más transparente- estaba reconocido en el mundo como uno de los tres más bellos, junto con los de San Francisco y Casablanca, comparable entonces su azul intenso, con el que hoy puede admirarse todavía en Verona. Mis padres contaban que en aquel entonces se podía caminar a cualquier hora de la noche y por cualquier calle del Centro Histórico sin que nadie lo molestara a uno. Las aceras estaban limpias y la capital, aún para quien no tenían los recursos económicos suficientes, ofrecía múltiples y esperanzadoras oportunidades para poder aspirar a una vida mejor. No obstante, bastaron unas cuantas décadas para que todo cambiara, sobre todo durante las últimas tres, en las que esta megalópolis se ha convertido en una de las más conflictivas, hacinadas, sucias, contaminadas, violentas e insalubres de todo el mundo. Podrá afirmarse que es consecuencia de la “modernidad” y “globalización”, de nuestra falta de planeación, y es cierto, pero más lo es que podemos culpar a cualquier otro de nuestro deterioro social y moral, económico y político, pero hemos sido nosotros mismos quienes hemos transitado de la impotencia y resignación conformistas a la irresponsable apatía, y esto es muy grave. Sí, una de las principales razones es que estamos convencidos de lo estéril que es expresar a la autoridad el malestar que día a día se detona en nosotros por múltiples situaciones porque su respuesta será la inacción. Lo más que hará será decir que nos escucha, para no hacer finalmente nada. Destino que correrán de igual forma la mayor parte de las denuncias y acciones que interpongamos, la “congeladora” las albergará, porque bien sabemos que la justicia difícilmente se impondrá, acrecentándose así nuestro escepticismo y, como haremos nada, con ello también nuestra indiferencia cómplice. Transmutación de la que se valen quienes detentan el poder en los distintos niveles.

La semana pasada denunciábamos, como muchos otros, los excesos e ilegalidad en que operan las fotomultas. Pero ¿qué decir del caos que cada día se incrementa en nuestra capital? Hace unos días tres horas fueron necesarias para cruzar por Barranca del Muerto de avenida Revolución a Insurgentes. ¿Dónde estaba la autoridad? Sin duda ocupada elucubrando nuevos incrementos tributarios y mecanismos de criminalización a la ciudadanía, al tiempo que autorizaba nuevos desarrollos inmobiliarios violatorios de toda normatividad en impacto ambiental y urbano. Sí, atenta a todo lo que reporte un beneficio personal, porque lo de menos es trabajar por una mejor calidad de vida en la capital. Solo acciones que reporten capitalizar un futuro político es lo que le mueve, al fin émula de las prácticas que realiza nuestra clase política en todos los niveles y en todos los ámbitos. Pero este colapso no es otro que el mismo que a toda hora vive ya la capital, lo mismo Santa Fe que Polanco, Iztapalapa, que cualquiera de las entrada-salidas por autopista del Distrito Federal.

La ciudadanía está abandonada por la autoridad. Una calle basta para corroborarlo, en pleno corazón de la colonia Juárez, la bombardeada calle de Hamburgo, entre Sevilla y Toledo, a dos cuadras del Paseo de la Reforma y paradójicamente a una de donde esa misma autoridad pretendía hacer el megaproyecto comercial del Corredor Chapultepec. No hay duda, como esa calle toda la capital es vivo cuadro del deterioro al que la autoridad nos ha condenado, no importa el color que ostente. Por ello invito a quien desee compartir una imagen o video que muestre el desprecio que sufre el ciudadano de la autoridad en cualquier parte del país a publicarlo en el siguiente blog: www.concienciacontraindiferencia.wordpress.com, pues solo concientizándonos podremos combatir la indiferencia que nos hace cómplices de nuestra degradación.
bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli