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La infiltración de la corrupción

  • Joaquín Narro Lobo

Resulta inevitable no referirme en este espacio a lo sucedido la semana pasada en la delegación Tláhuac, en la Ciudad de México. En un operativo organizado y ejecutado por fuerzas federales de seguridad, encabezado por la Marina Armada de México, fue abatido Felipe de Jesús Pérez, alias El Ojos, líder de una organización delincuencial conocida como el Cártel de Tláhuac, aun cuando distintas autoridades y columnistas han desestimado que la misma cumpla con los criterios que suelen utilizarse para dar tal característica a un grupo criminal. En lo que todos coinciden es en que este grupo, dedicado principalmente al narcomenudeo, era uno de los más poderosos e influyentes en la ciudad.

Más allá del debate que hace años se sostiene sobre la presencia de cárteles del narcotráfico en la Ciudad de México, la realidad sobre la inseguridad en la capital del país es incontrovertible y puede palparse en prácticamente cualquier esquina y a toda hora. No soy ni pretendo hacerme pasar por experto en seguridad ni como conocedor de las cifras sobre el estado de fuerza de la policía capitalina, el número de consignaciones de delitos como robo, lesiones, extorsión, secuestro u homicidio o las acciones focalizadas por territorio o época del año. Soy un simple ciudadano que todas las noches, al salir del trabajo y tomar camino a casa, siente miedo de ser víctima de la delincuencia. Soy un novio preocupado por la seguridad de su novia y que teme que en cualquier momento, la delincuencia vuelva a irrumpir en su hogar para despojarla de sus pertenencias. Soy uno más de esos que palpan el peligro cotidiano de vivir en el corazón del país.

Unos días antes del operativo en Tláhuac, el periodista Luis Cárdenas dio a conocer en su cuenta de Twitter un video en el que supuestos habitantes de Santa Julia, en el poniente de la ciudad, amagaban con armas largas a dos presuntos delincuentes, hecho que por sí solo, pretende mandar un mensaje de hartazgo sobre la creciente situación de robos al transporte público. Hace unos meses, muy cerca de Polanco, en un edificio residencial, fue detenido Dámaso López, El Licenciado, considerado el sucesor de Joaquín Guzmán Loera al frente del Cártel de Sinaloa. Más atrás en el tiempo, tras las reiteradas denuncias de otro periodista, Héctor de Mauleón, autoridades capitalinas recuperaron el control de un edificio deshabitado de la colonia Condesa que servía como almacén y punto de distribución de buena parte de la droga que se trafica en esa zona.

El abatimiento de El Ojos es el hecho más reciente, pero la realidad es que la delincuencia organizada se ha apoderado de la tranquilidad de millones de capitalinos que todos los días tienen que arriesgar su vida para salir a trabajar sin saber si por la noche regresarán a casa con bien. Más allá de clasificaciones sobre si un grupo califica o no como un cártel, el aumento del temor y la zozobra es indiscutible. Solo los hechos y las acciones concretas y no los discursos ni las frías cifras, lograrán revertir esta percepción ciudadana: como nunca antes, la Ciudad de México y sus habitantes estamos a merced de los delincuentes.

joaquin.narro@gmail.com

@JoaquinNarro