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La insoportable levedad del ser social (I) / Betty Zanolli Fabila

  • Betty Zanolli

Uno de los temas que reviste mayor trascendencia para la sociedad contemporánea, particularmente en Occidente, es el relativo a los derechos humanos. La gran paradoja es que, a pesar del gran avance logrado en dicha materia, estamos en un punto de quiebre, pues a pesar de los avances en el reconocimiento y tutela jurídica de los derechos humanos en la mayor parte de los países del área -que la misma globalización ha impulsado-, de igual forma han emergido y materializado todo tipo de fuerzas interactuantes en el seno de dicho proceso. Fenómeno que la propia doctrina resiente y sobre el que debate al respecto. Por ejemplo, para un G. Dürig, la dignidad se encuentra en la cúspide del sistema de valores, desde donde se traduce o materializa en los distintos derechos fundamentales, predominantemente en los de igualdad y libertad, entendida a su vez ésta como un conjunto de libertades reconocidas constitucionalmente. En cambio, teóricos como P. Häberle, iusfilósofo y pianista alemán, conciben operando a los derechos fundamentales en un campo donde coexisten con fuerzas determinadas por una sociedad abierta de intérpretes de la Constitución en la que los valores adquieren un contenido dinámico y abierto. Teoría en la que coinciden H. Heller y W. Böckenförde, según el cual, a su vez, la colisión entre derechos fundamentales requiere de la ayuda de la interpretación axiológica. Ello, en la medida que ésta se encuentra vinculada con la conciencia valorativa del momento, con las exigencias axiológicas de la comunidad estatal de valores y, por supuesto, con las decisiones emanadas de la interpretación judicial.

En pocas palabras, y evocando a W. Benda, ninguna idea tiene una validez intemporal, tal y como la historia misma lo ha comprobado, pues aunque teóricos como Dürig puedan sostener como máxima que la dignidad es la cumbre de los derechos fundamentales, la vida nos enseña que a través del tiempo y del espacio esta concepción, por elevada y profunda que sea, resulta utópica, ya que la importancia de los derechos es siempre relativa y corresponde establecer su revaloración o devaluación a la propia sociedad. ¿De qué depende? Sin duda de aspectos que trascienden al mundo jurídico y que se imbrican lo mismo en factores sociales que económicos, políticos que ideológicos, en suma, en aspectos de índole eminentemente cultural, lo que devendría en la necesidad de replantearnos poder estructurar una especie de ponderación axiológica de naturaleza antropológica y etnohistórica. Y es que, en la medida en que las conceptualizaciones de los derechos constituyen concreciones de valor, es posible advertir y reconocer que existe una jerarquía entre valores superiores e inferiores. Valores que para autores como R. Smend, integran un sistema cultural que resume la vida estatal contenida en la Constitución. Caso ilustrativo de ello sería reflexionar, desde la visión de un Dürig, en torno a que si la dignidad es principio originario, toda violación a ella deriva en violación constitucional.

Sin embargo ¿qué ocurre hoy en día? Algo que no es sino la materialización que refrenda la vigencia de los postulados que sostienen los autores que creen en la relativización de los valores. Una cosa es lo que aún comprende y consagra nuestro texto constitucional y otra muy distinta aquello en lo que la sociedad cree o respeta. Es claro que la sociedad actual, como ocurre en la mexicana, los valores han cambiado. La actual Constitución Política, a dos años de ser centenaria, en muchos aspectos está a las antípodas de su espíritu original. En la época de su promulgación otros fueron los valores sociales que le dieron vida. Hoy el Texto Supremo obedece a otros, muy distintos de aquellos que satisfacían a la mayor parte de la población. Actualmente responden solo a una muy acotada minoría. Y aquí la gran pregunta ¿si se ha dicho que todo es relativo y que cambia con el tiempo y espacio, por qué el numen constitucional actual responde a intereses minoritarios y no al contrario? Porque somos y formamos parte, desde la base social misma hasta la cúspide estatal, de un ser colectivo refugiado cómoda y conformísticamente en la anomia, indolencia, pasividad e insensibilidad, en suma, en la insoportable levedad del ser social al que hemos arribado y en el que nos hemos constituido.
bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli