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La insoportable levedad del ser social (II) / Betty Zanolli Fabila

  • Betty Zanolli

Todos los días somos testigos de una y mil situaciones en las que predomina la liviandad y ligereza en el actuar de nuestra sociedad y, sobre todo, de algunos de sus actores más conspicuos. Allí tenemos al gobernador de Veracruz, impasible, impertérrito, insensible, ante los reclamos de una madre en el paroxismo de la angustia porque su hija desapareció hace tres años en Orizaba sin que hasta la fecha haya algún avance en la investigación ministerial, tal y como lo pudimos constatar a partir del video que se hizo viral en las redes sociales luego de su transmisión televisiva. Sí, la impasibilidad e indolencia crasas con las que se conducen nuestros funcionarios y servidores públicos es cada día más ofensiva, a tal grado que hasta el propio presidente de la República, al clausurar los trabajos de la Conferencia Anual de Municipios 2015, exhortó a los munícipes a no “nadar de muertito”, lo que debería ser recomendado a todos los miembros de la administración gubernamental, porque esta actitud permea al país entero y ha contaminado, lamentablemente, a la mayor parte de nuestra sociedad.

Allí tenemos por ejemplo un caso más que evidente: nuestro sistema de procuración y administración de justicia: tortuoso, lento, ergíaco en una palabra, pero ante todo viciado por la corrupción, lo que nos orilla a desistir de denunciar cualquier tipo de ilícito del que podamos ser víctima y de combatir los actos contrarios a nuestros más elementales derechos. Preferimos refugiarnos en la pasividad y optamos por permanecer en un estado de ataraxia porque sabemos que todo será inútil, sin pensar que justo eso es lo que alimenta las entrañas del monstruoso ser social que hemos creado, caracterizado por su insoportable levedad, al nutrirse de la pasividad, corrupción e impunidad que privan en nuestro medio social. En ese sentido, cada día son más escasos los ciudadanos que realizan actos de auténtico y ejemplar compromiso social, como ocurre con el poeta y filántropo universitario Hernán Becerra Pino, para orgullo de Chiapas, su tierra natal, que a través de la fundación que lleva su nombre año con año reconoce generosamente a ciudadanos nacionales y extranjeros por la labor que realizan en favor del fomento auténtico a la cultura, arte, educación y ciencia de nuestro país. Lo que priva en nuestro medio, en cambio, es la avaricia y el egoísmo que nos consumen. Escuchamos por ejemplo que en Santa Fe prácticamente todos los días se producen deslaves y como sociedad ¿qué hacemos? Si no estamos directamente involucrados en el hecho ¿nos preocupamos realmente por lo que allí ocurre? ¿Interviene la autoridad delegacional? ¿Acaso tenemos conciencia de la bomba inimaginable que hemos permitido se haya erigido en esta zona de la ciudad capital tan controvertida y contrastante en que coexisten la mayor riqueza con la más aguda pobreza? Por supuesto que no. Lo único que vemos son pronunciamientos de deslinde de responsabilidades de los distintos actores involucrados sin que nadie asuma su compromiso.

De ahí la suma importancia que en las semanas y meses pasados ha tenido para el proceso de designación rectoral para nuestra Máxima Casa de Estudios, en la medida que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) continúa siendo actor determinante y decisivo en el destino de nuestra Nación. Voz suprema de la conciencia crítica de la sociedad mexicana; venero clave para la formación de las nuevas generaciones de profesionistas y principal termómetro de los índices de democracia que puedan existir en el país. Escuchar por ello del doctor Enrique Luis Graue Wiechers, a unas horas de haber sido designado rector para el periodo 2015-2019, que velará por “el acatamiento de los principios de autonomía, tolerancia, diversidad, respeto y seguridad”, trabajando hacia el interior de la UNAM y manteniendo una “relación respetuosa y firme” con el Gobierno, constituye una esperanza por el bien de la principal institución educativa y de investigación de México y por ende del país, pues si algo requerimos es de creer en las instituciones que nos gobiernan y conducen. La clase política ha evidenciado su total fracaso. Nuestros valores están pulverizados, el crecimiento económico y nuestra sociedad dislocados. Si perdemos la esperanza en la educación y la cultura, difícilmente podremos salir adelante y unirnos solidariamente en el compromiso de trabajar “por el interés supremo” de nuestra nación.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli