imagotipo

La insoportable levedad electoral / Federico Ling Sanz Cerrada

  • Federico Ling Sanz

En México hay campañas todo el tiempo; las hay de alcaldes, de diputados federales y locales, de gobernadores, etc. Apenas acabamos de tener campañas hace unos meses, mediante las cuales hubo renovación de la Cámara de Diputados, de varias alcaldías y congresos locales y de varios gobernadores. Y dentro de unos meses habrá nuevamente campañas para volver a elegir gobernadores en otros Estados, y junto con ellos, también, otros tantos cargos locales. Pero más allá de tanta elección, lo que tenemos que analizar son las consecuencias de ello, que es de lo que quiero hablar ahora.

La primera consecuencia que tienen las campañas electorales tan frecuentes es la politización constante de las decisiones que deberían ser técnicas. No digo que la política pública tenga que ser ajena a la vida política, al contrario, la politización de la vida pública -en palabras de los clásicos griegos de la política- es algo favorable, encomiable y deseable. Sin embargo, cuando las decisiones que deberían tener un carácter meramente técnico se vuelven políticas, entonces las cosas no funcionan. Como muestra de ello, por ejemplo, puede ser la decisión del famoso “No circula” de la Ciudad de México. El manoseo constante de la decisión hace evidente una necesidad rampante de ganar capital político, a costa de un tópico que debería ser exclusivamente de salud, de medio ambiente y de sostenibilidad; pero lejos de ello se vuelve una excusa para acusar al otro de incumplimiento, de incompetencia y de más cosas. ¿Hasta qué punto la decisión está anclada en los constantes ciclos electorales? Y ni qué decir del cambio de nombre de la ciudad, que se alza como otro ejemplo de política pública sin demasiado sustento, pero con demasiado manoseo comicial.

Otra consecuencia grave de todo esto es que no existe, por tanto, la rendición de cuentas sistemática. En un sistema electoral que no tiene elecciones concurrentes y que cada quien elige cuando se le pega la gana, la transparencia se vuelve difícil. Tenemos un tribunal electoral por Estado, varias salas regionales del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y una Sala Superior del mismo. Sin contar los institutos electorales (OPLES, famosos) en cada Estado y el nacional. La pregunta entonces es: ¿quién supervisa qué? Con elecciones a cada rato, sin que todavía entre en vigor plenamente la reelección y con tantas autoridades involucradas, el sistema político-electoral en nuestro país se vuelve algo tan difícil de entender y por ende, se presta a opacidad. Violar las normas electorales se vuelve algo frecuente (recordemos el caso del Partido Verde hace ya más de un año, que a pesar de las reiteradas sanciones impuestas, seguía vulnerando las reglas del juego).

En la medida en que no entendamos que la complicación es una receta para el desastre, no seremos capaces de tener un sistema mucho más ágil. ¿Qué es lo que propongo entonces? Lo que ya se ha dicho mucho: sencillez y simplicidad. Hagamos que las elecciones tengan lugar al mismo tiempo (o tratemos de agruparlas de la mejor manera), permitamos la reelección más abiertamente (ya estamos en eso) y hagamos el sistema electoral menos obeso, con menos autoridades, con más apertura y menos procesos burocráticos. Quizá esto no sea la solución, pero al menos, podríamos poco a poco comenzar a revertir políticas nocivas que nos han hecho daño a lo largo del tiempo. En materia de elecciones, no necesitamos más regulación o mejores reglas. Como en todo, necesitamos que se cumplan las que ya existen.
www.federicoling.com y @fedeling
*Maestro en Análisis Político y Medios de Información