imagotipo

Un Cuarto Propio

  • Lucía Raphael

  • Lucía Raphael
  • “La intolerancia católica: el olvido de su propia historia”

 

El pensamiento tantas veces atribuido a Voltaire: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, resume en unas cuantas palabras el principio del estado moderno cuando se sustenta en la laicidad, la libertad, la legalidad que la Ilustración legó, y que junto con la razón son los pilares de la modernidad que hoy, la Iglesia Católica Apostólica y Romana está combatiendo desde sus púlpitos, de la manera más retrograda. Esa nueva “cristiada”, ahora contra los principios fundamentales de “no discriminación”, de igualdad, de diversidad. Cuando un cristiano que se suma al movimiento provocado desde el Vaticano, para cuestionar los avances en materia de igualdad que se han logrado hasta hoy, está negando los principios de derecho que le permiten creer en la religión que quiera, pensar desde las perspectivas que desee, educar a sus hijos y tener el número que considere libremente, vestir de la forma que mejor le convenga, festejar sus fiestas y celebrar sus creencias, ritos y convenciones sociales como mejor le parezca. A estas personas que se suman en tanto miembros de una creencia religiosa, para exigir que todos piensen como ellos, que todos se vean idénticos a ellos, que hablen igual, al exigir al Estado sirva a la imposición de una manera única de ser, en realidad están renunciando y denunciando todo aquello que les permite hoy ser quienes son.

No entender que la aspiración de México a devenir una República democrática, se sustenta en estas libertades y querer desaparecerlas, es desear que un día puedan ser detenidos por portar una cruz, o acusados por tener más de un hijo, o asesinado por amar a quienes aman. Todas y todos somos “el otro”, “la otra” de alguien.Todas y todos hemos estado en situación de diferencia, de discriminación, ya sea por el color de nuestra piel, por nuestro género, por nuestra pertenencia a un grupo o a una familia, por nuestra proveniencia, nuestra lengua, manera de hablar, o por amar a otra persona. Lo que la iglesia católica con su discurso de odio esta haciendo, es legitimar todas estas discriminaciones, es consignar, rechazar y condenar a cada ser humano, por no ser lo que sus jerarcas (sean religiosos o seglares) son, es decir: “sino eres un hombre blanco, católico, propietario, heterosexual, dominante –o su mujer privilegiada-, no tienes derecho a vivir, a ser feliz, a desarrollarte”. El rechazo de la diferencia, es la negación al desarrollo humano, a la evolución, al intercambio, arte, expansión y entretejido y riqueza del cruce de culturas, de las diferencias todas, es condenarse a la desaparición en tanto culturas e individuos, es exigir la endogamia, la implosión y entonces sí, la discontinuidad de la especie ¡Oh ignorantes aldeanos del control y la mediocridad! La apuesta de nuestro país, a pesar de la renuncia del actual Gobierno a defender lo que durante muchos años fue el fundamento de sus pocos principios democráticos (laicidad y separación Iglesia-Estado), es la de ser un país de libertades y respeto, la Constitución marca en cada artículo este espíritu, definido por los ideales de la Ilustración, que rechazan precisamente la manipulación del poder, en donde unos cuantos usen la religión para adjudicarse privilegios, justificando horrores como la inquisición y las cruzadas, esas que la Iglesia Católica quiere re-comenzar, en donde matar un diferente (homosexual, “infiel”, extranjero…) es “hacer iglesia”. Qué lejos están de sus orígenes. Ya olvidaron que esa misma Iglesia fue un día perseguida y sus miembros asesinados, en esta clase de circos que hoy provocan, por ser precisamente “diferentes”.
* Escritora e Investigadora IIJ –UNAM

learapha@gmail.com                 @LUCIARAPHAEL11