imagotipo

La La Land; el musical distópico

  • La moviola/ Gerardo Gil

A diferencia del musical clásico, aquel que vio su boom en la década de los 50 en plena época de Guerra Fría y en el que los personajes se destacaban por su optimismo, a “La La Land” (Damien Chazelle, 2016) lo distingue el pragmatismo de sus personajes y su profundo pesimismo.

Hay, es cierto, la grandilocuencia de los números musicales rescatando los montajes clásicos del género, pero detrás de esas escenas, que le dan al filme un universo de la ficción propio, se esconde un pragmatismo muy ad hoc con la era millennial.

Y es que no es lo mismo hablar del musical clásico y sus personajes que rayan en una locura casi compulsiva, por ejemplo Cantando Bajo la Lluvia (Stanley Donen, Gene Kelly, Mateo Sassoni, 1952) cercano de algún modo a las compulsiones de la screwball comed, con Gene Kelly cantando bajo un aguacero empapado de optimismo, que contar la historia, ni más ni menos, de un pianista de jazz y una aspirante a actriz.

Sebastian (Ryan Gosling) es un pianista que espera llegar al éxito bajo sus propios términos: alcanzar el reconocimiento de la música clásica de jazz, sin ceder a la industria musical. Vive de manera más bien bohemia –cuando puede porque sus ingresos trabajando en un bar no le dejan demasiado-, hasta que conoce a una aspirante a actriz “Mia” (Emma Stone) quien gana dinero como mesera  (bueno ahora les dicen baristas) en la cafetería cercana a un gran Estudio.

Al principio la relación es tirante, en apariencia se caen mal, hasta que coinciden en una fiesta en la que Emma se cuela y Sebastian es contratado para trabajar. A partir de ahí, el romance iniciará, haciendo homenaje al Hollywood más clásico, incluso desde la manera en cómo se llevan al principio los personajes.

Porque La La Land es además un homenaje al cine hollywoodense de los 50 sobre todo, esto resulta obvio, pero hay que ponerlo. Es el cine dentro del cine y nos presenta el montaje de números musicales más referenciales de los últimos años.

Hasta ahí, queda el sentido de lo clásico, porque luego el filme trastoca el espíritu convencional del género y los personajes derivan en dudas internas, mucho muy ajenas de los personajes habituales del musical festivo y de evasión. En medio de pegajosos números musicales de Justin Hurwitz, la película transita en tres vías: la primera y más evidente es un homenaje al Hollywood musical de los 50, la segunda un mundo propio, es decir,un universo de la ficción en la que los personajes se desenvuelven, con número de levitación en un planetario y el tercero, una melancolía y pragmatismos internos de los personajes, que le dan el espíritu
millennial.

Hay algo más: La La Land es el enésimo intento por revivir géneros clásicos de Hollywood. Hemos vistos el último par de años westerns, péplums, cine bíblico y de desastre, pero la diferencia es que en esta ocasión, parece que la Industria ha podido decodificar las inquietudes del público al que va dirigido: La energía vital de sus personajes, el pragmatismo y una profunda melancolía. Es una apuesta segura para El Oscar.

En corto

Hay que ser justos con Acapulco la Vida va (Alfonso Serrano Maturino, 2014) tiene un buen guion en lo general, actores de peso, pero le falla el punto fino, lo que impide entregar una obra redonda y no la película de resultados irregulares, que no malos, que el espectador ve.

Mariano (Patricio Castillo) tiene una enfermedad incurable y decide ir a Acapulco, acompañado de dos amigos que han estado desde la adolescencia con él: Antolín (Alejandro Suárez) y Justo (Sergio Bustamante, por cierto el último filme que realizó el actor antes de su fallecimiento en mayo de 2014).

La idea es recordar unas vacaciones formativas que Mariano hizo en su adolescencia y que resultó fundamental en la vida de los tres, aunque no les dice el motivo del porqué quiere ir.

Con guión de Jorge Patiño (autor de Llámenme Mike de 1979, en coautoría con Reyes Bercini y dirigida por Alfredo Gurrola) la película va en el tono de En el Último Trago (Jack Zagha Kababie, 2014) y si bien mantiene un ritmo ligero y con oficio, los excesos en algunas de las actuaciones y escenas como un Patricio Castillo planeando como un avión en la playa, impiden que el trabajo resulte redondo. Lástima porque Patiño es un excelente guionista.