imagotipo

La llave de los candados

  • Salvador del Río

Ni modo, Pollo, la perdimos”, dijo el presidente Adolfo Ruiz Cortines a su secretario de Agricultura, Gilberto Flores Muñoz, ante la airada reclamación por no haber sido candidato del PRI en aquel diciembre de 1957. Socarrón, experto en la maniobra de distracción para conducir la cargada, Ruiz Cortines había alentado las aspiraciones de Flores Muñoz, para finalmente decidir la postulación del secretario del Trabajo, Adolfo López Mateos.

En la designación de candidato del Partido Revolucionario Institucional a la Presidencia, aun en los mejores tiempos del clásico dedazo, ha tenido en su historia no pocas sorpresas, fintas y escarceos en la clase política.

No es ya el tiempo de candados, afirmó en Campeche el presidente del PRI, Enrique Ochoa Reza. Pero no se crea que esa declaración constituye la puerta abierta a uno o varios de entre los nombres que se mencionan cuya militancia, por ahora, no cumpliría el requisito para ser abanderado en las elecciones de 2018. La apertura de los candados, se dice, apuntaría en primer lugar al secretario de Hacienda, José Antonio Meade, pero también a otros secretarios que se encuentran en la misma situación frente al requisito de militancia mínima de diez años para ser candidato. Entre ellos, el secretario de Educación, Aurelio Nuño, y el de Salud, José Narro Robles.

La historia del Partido Revolucionario Institucional muestra que no siempre los signos, las señales que apuntan a un candidato han terminado con su designación. Es una decisión que aun habiendo correspondido al Presidente de la República, pudo cambiar a última hora por diversas consideraciones; el momento que vive el país por las presiones de grupos de poder han condicionado esa determinación. Ejemplos hay muchos: años atrás la candidatura de Adolfo Ruiz Cortines siguió a la muerte de quien aparecía como el favorito de Miguel Alemán, el secretario de Gobernación Héctor Pérez Martínez. No pocos procesos para la designación de candidato han estado acompañados del folclore y los usos de la política, en los que menudean, aún hoy, los signos y las maniobras de distracción que  guían el rumbo de los cambios en las administraciones. “El ‘tapado’ fuma Delicados”, se decía en algunos ingeniosos anuncios comerciales en la precampaña de 1957. Los partidarios de Gilberto Flores Muñoz pretendían descalificar a Adolfo López Mateos  acusándolo de haber nacido en Guatemala. López Mateos, quien sí fumaba Delicados, fue el candidato.

En 1963 se propalaba la versión de la candidatura de Gustavo Díaz Ordaz, pero la clase política en los círculos intelectuales y en muchos sectores de la población se pensaba que tales versiones no eran sino un recurso del Partido y de la Presidencia para finalmente decidirse por otro candidato. “Nos engañaron con la verdad”, era el comentario que corría en todos los mentideros de la política, que finalmente aceptaron la candidatura de Díaz Ordaz. Gustavo Díaz Ordaz decidió la postulación de Luis Echeverría, preocupado por las secuelas del movimiento de 1968 y los hechos del 2 de octubre. Semanas después, el Presidente apuntaba, en privado, la posibilidad de “enfermar” a Echeverría en pleno rompimiento entre ambos.

Como se ve, en la política mexicana no siempre los signos, las señales, han sido definitivos en los procesos de sucesión. La supresión de los candados que se espera para el viernes próximo en las decisiones del PRI, bien puede ser una versión de aquella frase del filósofo de Güemes: “cuando el coyote aúlla  es señal de que puede llover o puede no llover”. O como dice un adagio popular: “nadie fabrica un candado sin llave”.

Abiertos o cerrados, los candados tendrán un efecto en el escenario político nacional.

Srio28@prodigy.net.mx