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La luna, ese gran imán

  • Mujeres en busca de sexo / Celia Gomez Ramos

Te marchas como la Luna Cristina Sierra, imperial. Gracias por creer y soñar.
Por estos días, nos encontrábamos hablando sobre la Luna, excelsa y radiante, aún sin ser el astro mayor; por todo aquello que nos genera.

Platicábamos de los enigmas de la noche y en ella haciendo aparición: la soledad, la cercanía; la posibilidad de entregarnos a nuestros pensamientos más fantásticos o reflexivos, incluso a aquellos más anhelantes. Mencionábamos también, esa idea tan generalizada primero y normalizada después (casi lugar común), de que la noche favorece a la creatividad y a la inspiración.

No sabíamos de dónde se originaría la idea, de dónde vendría todo eso, si de esa imposibilidad de observar las imperfecciones o de observar todo con un velo… Fuera quizá la niebla, el humo, aquello que más disfrutamos para activar nuestras alianzas con aquello ancestral de dónde venimos y en el punto en que nos ubicamos al momento.

¿Por qué los musos –a saber si existen-, aparecerán nocturnos?, nos preguntábamos. ¿Acaso no pueden aparecer a las 11:00 de la mañana, digamos? ¿Qué tal a las 3:00 de la tarde? Mejor a las 4:00, a las 5:00, con luz y calor de día…

Siempre se imagina extraño desatar la mente y la imaginación en aquellas horas que la gente desarrolla su vida cotidiana y hace sus labores más comunes, tales como el quehacer, llevar a los niños a la escuela, estudiar, trabajar, conducir, escuchar un noticiero, sostener reuniones de negocios.

Pareciera que más tiene que ver con los roles y los ritmos impuestos socialmente, con esos del contrato social, que con la realidad de la energía volcánica que desearíamos viniese de las tinieblas…, y de la Luna. Y con esa Luna Llena, que cautiva cuerpos y corazones cada noche que aparece, que desde lo alto nos cobija o nos atrae en su gala, hasta que nos succiona.

Exacto, nosotras pensamos que cualquier momento permite detonar esa energía capaz de prepararnos a soñar incluso despiertas y reflexionar también, sobre lo que temo y lo que ansío.

Las siete casas de la Luna, pensamos mis amigas y yo, somos nosotras. Hemos puesto ese número porque somos esas siete. Sin embargo, cuando nos sentimos lunares, nos emocionamos más con la vida, disfrutamos más la naturaleza y cada detalle, y para ello no importa si es de día o de noche. Es un sentimiento lunar, primitivo y a la vez sofisticado. Aunque debo decir, nunca, nunca nos sentimos solares. Cada una nos asignamos un día de la semana para esas siete casas, por ejemplo: Carlota es el lunes, por ser la más formal de todas, al menos de cara al mundo. Lucrecia es el martes, Florencia el miércoles, Rosaura el jueves. A Leonarda le damos el viernes; a Marcia el sábado, según su capacidad de disfrute y desinhibición. Yo me quedo con el domingo, pero no por ser la más procaz -no han ustedes de pensarlo-, sino porque en domingo esto leen ustedes, si gustan de nuestras andanzas, ocurrencias y aventuras.

Cierto es que la atracción lunar nos hace sentir más vivos, pero personalmente les digo que la noche me viene bien, en realidad la madrugada, para escribir. Aunque no por cuestión de inspiración, que como decía Picasso, “la inspiración sí existe, pero te llega trabajando”, sino porque a esa hora ni suena teléfono alguno, tampoco el timbre, no hay música, ruido, ni nadie habla… Silencio. Para mí, de eso se trata.

Por ello, aunque tengamos lunática existencia y podamos apreciar la Luna en todo su esplendor y a partir de ella, por nuestras referencias ancestrales, queramos acudir al mundo de la inspiración y paroxismo, aceptémoslo, es preciosa, pero en cualquier momento podemos lograr que las musas y los musos vengan a nosotros, sea enfundados en trajes ligeros con la piel de bronce, vibrante y humedecida…, o también con atuendos formales, barbas y hasta con sombrero.

Contaba Marcia en tono jocoso: Me disponía a creer que tú me necesitabas, cuando avanzando miré la luna y me olvidé por completo de ti, se le ocurrió decirle hace un par de días a su último galán, que desconcertado, pero en pleno sol radiante, la besó y la hizo callar. El hechizo de la Luna, sucede.

Frente a la palabra, el abrazo; frente a la palabra, el beso; frente a la palabra, el amor…, y frente a nosotros, la Luna y la misteriosa noche (misericordiosa, diría yo), que si lo queremos pensar, nos convierte en más terrenales, aún en estos tiempos en que las pasiones se quieren volver más livianas y sin médula. Afortunadamente, le atribuimos a la noche y en grado superior a la luna, la atracción original. ¡Le rindo todos los honores!

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