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La maldición original

  • Eduardo Andrade

Dr. Eduardo Andrade Sanchez

Escribo sobre la marcha en un doble sentido, rápidamente para entregar a tiempo, y respecto de la marcha o marchas cuyo impacto no fue el esperado, por los enfrentamientos y las diferencias que surgieron desde su organización. Lamentablemente, en lugar de presentarse un frente unido ante la agresión que estamos recibiendo desde el país vecino, parecen haber aumentado las posibilidades de presión sobre el Gobierno mexicano.

Sin ser fatalista, me es imposible dejar de percibir una especie de maligna e insuperable carga histórica que se manifiesta, en principio por lo que podría llamar el “Síndrome de Moctezuma” caracterizado por una actitud que ante la presencia de los invasores, prefirió tratar de apaciguarlos con obsequios y atenciones que solo sirvieron para incrementar su ambición y acelerar la caída del Imperio Azteca.

A este síndrome se añade el de la incapacidad para percibir la amenaza extranjera y presentar un frente unificado ante el adversario, que habría de subyugar a todos los pueblos indígenas aprovechando sus propias disputas y la creencia por parte de algunos de esos pueblos, de que los invasores españoles al ser enemigos de sus enemigos los aztecas, podrían ser sus amigos y aliados duraderos. Al final cayeron todos, víctimas de su propia ceguera y de la división.

Otro factor que da la impresión de estar en nuestros genes desde el trauma que significó la Conquista, es la idea de que la derrota puede ser un mérito si se produce con dignidad y gallardía. Parece que nos solazáramos ante el destino que nos somete, enalteciendo la derrota y la humillación como símbolos de una especie de orgullo masoquista. Esta tendencia se apreció en la  adesafortunada alusión presidencial a la caída —de ningún modo digna de encomio— de un cadete durante la celebración del Día de la Lealtad. Si fuéramos supersticiosos parecería un mal presagio, tanto el derrumbe del cadete, como su exaltación por el Jefe de Estado.

Es imposible evitar el pesimismo ante la evidencia de una sociedad desorientada, huérfana de liderazgo, que no logró conciliar los distintos aspectos de lo que se pretendía manifestar el domingo pasado. No acabamos de comprender que estar a favor del país no significa apoyar al Gobierno. No se consiguió galvanizar el verdadero sentimiento, que ha aflorado en el espíritu nacional ante la amenaza de Trump, de modo que las marchas sirvieran para exigir una actitud firme del Gobierno en favor de los intereses nacionales, que la sociedad no ve por ningún lado y estima que la falta de un plan concreto para enfrentar a la adversario se parece más a la sumisión y a la entrega, que a la verdadera defensa del país.

No se pudo generar un conjunto de demandas que guíen a acción de un Gobierno que parece pasmado y ello quizá abonó el terreno para que desde fuera se aproveche la división del país en un momento crítico de su destino, a fin de intensificar los ataques recibidos por el Gobierno con el que convivimos geográficamente, pero respecto del cual tenemos que marcar una línea muy clara de diferencia y de ahí generar condiciones de desarrollo independiente. El Gobierno da la impresión de haber perdido el contacto con su base de apoyo social y desperdiciado la ocasión de aprovechar el sentimiento nacionalista creciente, el cual se diluye en medio de diferencias realmente menores. Es una lástima que la lápida proveniente del doloroso parto de una nación aún no integrada, pueda derivar hacia una desintegración histórica, en lugar de la consolidación que, por ahora, parece un ideal inalcanzable.
eduardoandrade1948@gmail.com