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La manzana del profe / Sin Gafete / Isabel Arvide

  • Isabel Arvide

Cuando Humberto Moreira salió de la cárcel iba comiendo una manzana.

A esto pueden agregarse calificativos a placer, lo cierto es que iba comiendo una manzana como quien patea, aburrido, una lata de cerveza por la calle.

Quien no conozca al profe Moreira puede sorprenderse, o en su lugar iniciar un análisis que explique qué sucedió en Coahuila cuando gobernaba. Porque Moreira al salir de la prisión ya iba en otro tema, ya estaba en la cena, en su esposa, en lo que había que hacerse al día siguiente. Ya había dejado atrás el drama.

Así gobernó. Con esa prisa, con esa capacidad o, si se prefiere, incapacidad. Porque había que estar en el tema siguiente, en la carretera, en la ambulancia, en el centro de salud, en los útiles escolares. Y eso no le permitía espacio vital para muchas cosas importantes.

A lo que debe agregarse la conciencia. Sea la conciencia tranquila, la paz, la certidumbre de estar en lo correcto. Por eso no salió angustiado, por eso no se detuvo en declaraciones sobre lo injusto o lo ingrato que fue la detención. Por eso habló de una “experiencia de vida”.

A ese ritmo era imposible detenerlo, situarlo sobre las razones financieras. Su compulsión era hacer, transformar, cambiar su entorno.

En los hechos la causa de la justicia española contra Humberto Moreira fue eliminada, lo que sigue es papeleo. Y para eso bastó, con buenos abogados obvio, demostrar el origen legítimo de los recursos, menos de tres millones y medio de pesos, depositados en España durante dos años.

Para las demás acusaciones con la exculpación de Felipe Calderón, o sea de su enemigo político, a través de la PGR, fue suficiente.

Porque ahí, en papeles con validez legal, consta que la justicia mexicana no encontró prueba alguna en su contra ni, tampoco, elementos para poder iniciar una investigación sobre los dichos que han sido magnificados en los medios de comunicación estos días. Esos absurdos casi rayanos en la estupidez que lo pretendían vincular con “Los Zetas”, con los asesinos de su hijo.

Uno de los primeros encuentros de Humberto Moreira con Felipe Calderón, uno gobernador, otro Presidente, fue especialmente ríspido.

Para entenderlo habría que conocer el profundísimo antipanismo, casi religioso, vigente en el Gobierno de Coahuila, y en el profesor. Estamos hablando de exageraciones como la prohibición de utilizar corbatas color azul o bolígrafos con tinta de ese color.

Dos enemigos políticos se dijeron de todo políticamente. Uno acusó a su compadre de estar metido con criminales porque su hermana estaba casada con uno de ellos, ya en prisión. Otro le recriminó que su entonces procurador de justicia, después fiscal, estuviese protegiendo a “Los Zetas”.

Y ahí se fueron más de cinco años.

Porque, y me lo dijo personalmente Felipe Calderón siendo Presidente, en Los Pinos, no encontraban pruebas contra Jesús Torres Charles para poder encarcelarlo. Lo que se prolongó hasta principio de este Gobierno en que sí hubo una orden de aprehensión en su contra pero, como suele suceder, tuvo que cerrarse por la falta de pruebas lo que, no olvidar, festejó públicamente su amigo el gobernador Rubén Moreira.

Del compadre incómodo no hubo, nunca, nada. Porque sigue siendo uno de los más severos críticos del priísmo coahuilense y, obvio, de los Moreira.

Yo estoy cierta, así lo he dicho en muchos foros, que si Humberto Moreira hubiese tenido la fuerza, la decisión para quitar a Torres Charles de su Gobierno, otra hubiese sido su suerte. Como, también he repetido, no lo hizo porque significaba darle la razón a Calderón, porque Rubén lo defendía, porque siempre ha sentido temor de ser injusto.

Por esto, por no quitar su protección, los “Zetas”, el jefe de ellos, siguieron en Coahuila ya sin Humberto. Y fueron quienes mataron a su hijo.

Humberto se sabe inocente de esta acusación, de los señalamientos de “lavado de dinero”, de todo lo que los jueces españoles le acusaron.

El problema es que el profe Moreira habrá de comer manzanas en la más profunda soledad, sin espacio propicio para su desenvolvimiento, sin futuro. Porque lo que provocó el incidente en Madrid fue un linchamiento mediático y político fortísimo. Y un silencio igual de inmenso por parte de sus “amigos” priístas, sobre todo de su cuate, Enrique Peña Nieto.
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