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La muerte: celebración y sacrificio / Francisco Fonseca

  • Francisco Fonseca

Estamos conmemorando los días de muertos, celebración tradicional y religiosa que nos reconoce como un pueblo con una cultura ancestral y rica en conocimientos y vastedades. La identificación del mexicano con la muerte es legendaria. Es sabido y conocido que todas las naciones tienen bien fundadas sus leyendas en la muerte y en la vida posterior. Pero nuestras tradiciones son excepcionales.

La muerte –drama, sufrimiento, liberación- está ligada al destino de los mexicanos de manera indisoluble. Sus lazos tienen que ver con un antiguo lenguaje con el cual nuestros antepasados se comunicaban y soñaban con sus dioses propicios.

Es muy probable que no haya pueblo en el mundo, como el mexicano, tan afín a la muerte.  En nuestro país la muerte es respeto, temor pero también celebración, fiesta y ofrenda espiritual en una amalgama de sentimientos encontrados.

“La vida no vale nada”,  hace constar la canción de José Alfredo, quizá para esconder en el subconsciente lo único que tenemos de valor: la vida misma. Y así nos vamos los mexicanos, en el exorcismo jubiloso, de frontera a frontera, para alejar a la muerte de nuestros sueños y de una realidad frustrante y neblinosa.

No hay macho mexicano que se respete –como Jorge Negrete, por ejemplo- que no se sienta ahijado de la muerte. Por eso desprecia la vida, la ofrece en un volado en la palabra que ofende, en la conducta retadora de todos los días, en la inconciencia del último trago que al fin y al cabo ¡la vida no me merece, qué caray!

Tradición funesta la del culto a la muerte. Desde su origen, nuestros antepasados sentían más apego por el camino eterno que llevaba al inframundo que a los sufrimientos de su existencia terrenal. Por ello, petrificaba –para que quedara el testimonio inapelable a la posteridad– todos los rasgos simbólicos de la destrucción y del amor incondicional al más allá,  donde ellos contemplaban la dicha y la alegría para siempre.

Pintores y poetas han recreado esta visión multifacética del sentimiento popular de México. ¡Vida, nada te debo; vida, estamos en paz! ¡Quiero morir cuando decline el día, en alta mar y con la cara al cielo!, parecen versos escritos especialmente para adornar los murales de Diego Rivera o los cuadros de Frida Kahlo o los grabados de José Guadalupe Posada, o como los murmullos salidos de las páginas de Pedro Páramo, que tan magistralmente percibiera Juan Rulfo.

Rojo y negro de la mentalidad mexicana: vida y muerte, celebración y sacrificio respetuoso, fiesta y responso, color y niebla, todo en una calaverita de dulce que desaparece en un instante, porque “a mí las calaveras… me pelan los dientes”.

pacofonn@yahoo.com.mx