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La nueva faz del mundo

  • Alejandro Díaz

  • Alejandro Díaz

El mundo no es igual a como era hace 100 años, y no solo porque la tecnología cambie vidas y costumbres. Ciertamente el hombre ahora puede desplazarse rápidamente de un lugar a otro, de un país al vecino o al que está a miles de kilómetros de distancia. Se comunica con personas al otro lado del mundo y consume alimentos distintos a los que sus padres o abuelos tuvieron a su alcance.

Turismo, comercio, educación y ciencia se han popularizado. Viajes, estudios y ventas no solo se hacen en el propio país, sino por todo el mundo. El límite por el momento es el planeta tierra. Ahora viajan mexicanos hasta a los países más recónditos y llegan a México ciudadanos de más de 100 países.

Pero lo que está cambiando la faz de la tierra es la migración. Con distintos propósitos los más intrépidos dejan su patria para buscar mejores oportunidades económicas o para vivir con el amor de su vida. Un proceso que lleva siglos ocurriendo, pero que se ha acentuado en los últimos 20 años. La migración fue importante para la integración de los países de todo el continente, en especial de Argentina, Canadá, Estados Unidos y Uruguay. En estos cuatro países, la población cuyos antepasados directos hasta en segundo grado fueron inmigrantes supera a los que pueden decir tener solo abuelos nacidos en el país.

Pero en Europa se asombran de la migración que les llegó en los dos años anteriores. Como si no hubiese tenido inmigración las últimas tres décadas y no hubieran sufrido una inmensa emigración en el siglo XIX. El más de un millón de sirios y otros árabes llegados a Europa palidece ante los cientos de miles de argelinos y de turcos que ingresaron como “Gastarbeiter” (trabajadores invitados) en los años 60.

Ciertamente fue notable la cantidad de inmigrantes que llegaron a Europa en 2014 y 2015, muy superior a la de años anteriores. Pero todos los inmigrantes llegados desde el fin de la II Guerra a los países de la Unión Europea son menos que los llegados a Estados Unidos en el mismo periodo. Ambas entidades son de un tamaño similar en población e ingreso por habitante, por lo que la inquietud es más emocional que
racional.

Muchos europeos no se dan cuenta que la faz de su país, de su continente ya cambió. Basta ver a los escolares bajo la tutela de sus maestros: los hijos de inmigrantes son ya la nueva cara de Europa, debido entre otras cosas al menor número de nacimientos de la población tradicional. Y no es solo reciente, también se da en la población adulta: alcaldes y diputados, empresarios y embajadores se distinguen de los estereotipos nacionales por el color de su piel y sus rasgos faciales.

En Estados Unidos y Canadá sucede algo similar. El mundo tiene una nueva cara, y cambiará más en los años por venir. México no está exento de ese cambio; han llegado tantos centro y sudamericanos al país que nos hemos hecho más latinoamericanos.
daaiadpd@hotmail.com