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La Odisea de Cousteau y Lolo, el hijo de mi novia

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

“La Odisea de Jacques Cousteau” (2016), de Jerôme Salle, una biografía fílmica del más famoso explorador moderno, y “Lolo, el hijo de mi novia” (2015), una exitosa comedia romántica de Julie Delpy, son los estrenos del cine francés en las salas mexicanas. Por ser tan diferentes entre sí, no solo en el género, sino también en la estética y el tratamiento, permiten constatar que la diversidad es lo que define a la cinematografía gala.
EL ODlSEO TECNOLÓGICO

“La Odisea” retoma el título de la serie documental que el capitán Cousteau, su tripulación y su buque el “Calypso”, protagonizaron durante muchos años en las pantallas de la televisión mundial. En sus travesías, le Commandant, formado en la Academia Naval Francesa, descubrió más prodigios que el propio rey de Ítaca. Empero, a diferencia del Ulises mitológico, el moderno jamás tuvo un lugar preciso como destino. Tal vez porque el reino que buscaba era el propio océano, sus criaturas y sus enigmas.

Si la reina Calipso de “La Odisea”, enamorada del náufrago Ulises, deseaba impedirle que volviera a hacerse a la mar, el “Calypso” tecnológico llevó a Cousteau por todos los océanos. El Equipo Cousteau era capaz de cualquier misión: localizó un mercante sumergido en los tiempos del Mare Nostrum; navegó por el Amazonas y por el Océano Glaciar Ártico; buceó entre tiburones, ballenas y mantarrayas; encontró a los últimos nativos de la “Tierra del Fuego”, e incluso halló a los únicos sobrevivientes de la Isla de la Pasión, para que contaran su tragedia, casi olvidada por la historiografía mexicana.

Cousteau no se atenía a las ataduras que limitaban a otros documentalistas. El explorador francés se encontró con otro célebre comandante: Fidel Castro, quien lo presentó con los eufóricos estudiantes de una preparatoria cubana: “Miren a quién les traigo de visita, a ver si lo conocen”.“¡A Jaques Cousteau!”, respondieron los alumnos. “¿Ya ve cómo lo conocen los estudiantes?”, remató Fidel Castro, mientras el explorador saludaba risueño a sus admiradores juveniles.

En México, la niñez y la mocedad que se asomaban a la fantasía a través de la televisión, se emocionaban cuando las notas electrónicas de “El silbido de Trumansburg”, de Gershon Kinsley, anunciaban que estaba por comenzar una emisión más de “Imágenes de nuestro mundo”, la barra de documentales que, a principios de los años 70, difundía “El reino submarino de Jacques Cousteau”, con el doblaje du Commandant a cargo del magistral Luis Rizzo, cuyo perfecto acento francés redondeaba le charme de la serie.

Cousteau cautivó al público del orbe porque era como un héroe de Julio Verne, pero en la vida real si el capitán Nemo navegaba por las profundidades en su “Nautilus”, Cousteau recorría el planeta azul a bordo del no menos fascinante “Calypso”, con un helicóptero y unos mini submarinos para adentrarse en la acción. Los buzos, ataviados con trajes futuristas, captaban con sus cámaras un mundo hasta entonces ignoto.

Para los niños de la época, el Equipo Cousteau era como las organizaciones aventureras de la ciencia-ficción. Era como “Rescate Internacional”, de la televisión británica o la “Patrulla Científica” de la pantalla japonesa. Pero Cousteau, su tripulación, su barco, sus aeronaves y sus submarinos eran verdaderos.

Jean-Michel Cousteau escribió hace algunos años la biografía del explorador, “Mi padre, el Capitán” (Planeta, México, 2012). El propio Commandant fue autor de varios libros que se esforzaban por crear conciencia respecto a la destrucción de la vida marina: “Los humanos, las orquídeas y los pulpos. Explorar y conservar el mundo natural”, en colaboración con Susan Shiefelbein (Ariel, Barcelona, 2007-2008); “Mundo submarino” (Urbión-Hyspamérica”, 1973-1977) y “Enciclopedia del mar” (Folio, Barcelona, 1994).

Cousteau le mostró a la humanidad que debajo de la superficie oceánica existía otro mundo, y que su preservación se había vuelto inaplazable.
LOLO, EL HIJO DE MI NOVIA

En el antiguo melodrama del cine mexicano, con frecuencia, los hijos que llegaban a la mocedad se convertían en un calvario para los padres. Joaquín Pardavé, Sara García, Domingo Soler, Andrea Palma e incluso Carlos López Moctezuma pasaron por ese suplicio. Ahora, el cine francés relata una anécdota semejante, solo que en forma de comedia romántica: “Lolo, el hijo de mi novia” (2015), de Julie Delpy.

“Lolo, el hijo de mi novia”, el sexto largometraje de Julie Delpy, generó muchas risas durante su presentación en el XX Tour del Cine Francés en México. Principalmente porque las situaciones que relata se basan en las flaquezas universales del alma humana, así como en los complicados vínculos entre una madre y su hijo.

Otra razón radica en que la protagonista, Violette (Delpy) y su hijo Lolo (Vincent Lacoste) expresan un fenómeno muy frecuente en la sociedad mexicana, tan es así que el caricaturista Gabriel Vargas la plasmó en sus historietas, al igual que los popularísimos comediantes Enrique Cuenca y Eduardo Manzano (los inimitables Polivoces), con su libretista de cabecera, Mauricio Kleiff.

Todavía hace algunos años, en “La familia Burrón”, de Vargas, aparecía doña Gamucita Pirulí viuda de Pilongano, una pobre lavandera que mantenía a su único retoño, ya mayor de 20 primaveras, Avelino Pilongano, quien se decía poeta y no trabajaba jamás, porque se consideraba demasiado talentoso para ello.

Entre el final de los años 60 y los primeros 70, los Polivoces se convirtieron en los cómicos más populares de México. Sus personajes más exitosos eran doña Naborita, anciana lavandera como doña Gamucita, y su narcisista hijo Gordolfo Gelatino, parodia de Rodolfo Valentino, el inmortal galán de la pantalla que convocaba a las damas de todo el mundo a soñar con él, dentro y fuera de las salas cinematográficas.

Doña Naborita adoraba a Gordolfo y sin motivo alguno, excepto su amor incondicional, estaba convencida de que era el joven más guapo del planeta, opinión que el propio vástago compartía. Fue famosísima su canción, la cual también grabó Mauricio Garcés: “¿Por qué, Señor, tú me hiciste tan perfecto? ¿Por qué, Dios mío no me diste algún defecto? ¡Yo sufro tanto, por ser tan diferente, quiero ser feo como toda la gente!” Mientras Gordolfo se admiraba en los espejos, su mamá lavaba y planchaba ajeno –todavía con plancha de carbón–para tenerlo hecho un dandi. “Cuando triunfe en Hollywood, madre, te voy a comprar tu plancha eléctrica”, le prometía, generoso, Gordolfo.

Aquellos personajes habitaban en las vecindades de nuestras colonias populares. En contraste, la protagonista de “Lolo, el hijo de mi novia”, Violette, es una culta, moderna, bella, elegante y exitosa ejecutiva parisina, pero respecto a su hijo Lolo, actúa exactamente como doña Gamucita o como doña Naborita: “No soy muy objetiva, pero mi hijo es el futuro de la humanidad”.

Y Lolo, como Avelino Pilongano, pretende ser un gran artista, en su caso, un pintor abstracto, lo que, intuimos, le ahorra la enojosa preparación académica. Su obra gira en torno a lo “au-to-bio-grá-fi-co”, es decir, a él mismo. Solamente le faltaría cantar “Soy tan hermoso, yo lo sé, soy tan precioso miren bien”, a la manera de
Gordolfo Gelatino.

Una crítica se pregunta cómo puede Violette ser tan crédula y tonta con su hijo. Pero precisamente una de las tramas de la película es la capacidad de los jóvenes para manipular a sus mayores, especialmente cuando éstos “se ciegan” por el amor. Violette venera a su hijo y Jean-René quiere ganárselo para consolidar su relación
con Violette.

Este asunto también lo tocó agudamente el cine mexicano en la farsa “El gángster” (1965), de Luis Alcoriza. Tras la muerte de su hermano, un eminente psicólogo, Tony Wall (Arturo de Córdova) acoge en su mansión a su bella cuñada (Ana Luisa Peluffo) y a sus sobrinos (Angélica María y Fernando Luján), malcriados por las teorías psicológicas de su padre. Los jovenzuelos ponen en marcha la “operación tío” para manipular a Tony.

En el comienzo de “Lolo, el hijo de mi novia”, Violette y su mejor amiga, Ariane (Karin Viard) se van de vacaciones a Biarritz, “la reina de las playas y la playa de los reyes”. Así, el cine francés le da al público una probadita de los encantos galos.

En Biarritz, Violette conoce al especialista en informática Jean-René (Dany Boon), un hombre gentil, pero torpe; su sencilla urbanidad de profesionista modesto fastidia en un principio a Violette. Afloran así las diferencias sociales. Mas, a la postre, la bonhomía del provinciano cautiva a Violette; ambos se enamoran y se reúnen en París. Cuando Lolo se da cuenta, pone en marcha toda una campaña para separarlos.

La película cuenta con la actuación especial de Karl Lagerfeld, uno de los iconos de la moda mundial, ante quien Jean-René, malaconsejado por Lolo, se presenta ataviado como un tardío rebelde sin causa, con lo que avergüenza a Violette.

En un elenco excelente, el joven Vincent Lacoste destaca en su papel del detestable Lolo, quien necesita que su madre sea infeliz para mantenerla bajo su control. “Lolo, el hijo de mi novia” es una mirada crítica a un vínculo que solemos idealizar.