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La palapa de la palabra

  • Ramón Ojeda Mestre

  • Ramón Ojeda Mestre

Hombres y mujeres han dicho sus palabras secretas debajo de la palapa. En la palapa han comentado en voz baja sus pesares y en voz elevada sus alegrías y sus enojos. La palapa del sur o del noreste sabe cosas de los mexicanos que los Gobiernos nunca sabrán, tampoco la Iglesia o los docentes rurales y tal vez cosas de los padres que los hijos no se imaginan. La palapa ha sido hogar y hospital, casino y cocina, salón de tertulia. Sí, la palapa ha sido anfitriona del tálamo y de la mortaja y ha visto nacer a miles y miles de mexicanos buenos.

Quién no ve con simpatía o regocijo la palapa que también es a veces establo, gallinero, aula magna en la universidad del bucolismo puro o de la tropicalidad. Sí, la he visto también convertirse en templo bautismal o funerario y es allí donde Miguel Ángel Asturias, el Nobel, registrara las sentencias de su “Viento Fuerte”: La calora, vos, Cucho. -La calora vos, respondía el interlocutor guatemalteco en ese nocturno y cálido umbral palapero-.

Ahora, ya hasta los más amonedados turistas del norte, disfrutan palapas imponentes y etílicamente pertrechadas, pero no menos bellas que las humildes palapas de Veracruz, el doliente. Dicen que la palapa tiene un pacto secreto con la vihuela, no lo he podido confirmar, pero allá, por Campeche, hay dos viejones morenos que lo han asegurado con ceño de certidumbre selvática. Es más, han dicho también que en las palapas anidan con gusto los colibríes variopintos, que comparten hogar con cachoras o iguanas, insectos o todo tipo de aves. Y también he visto, en La Candelaria, por ejemplo, que en la palapa grande funciona un trapiche viejo que permite fabricar el mejor piloncillo que haya saboreado. Allá le dicen de otra manera que mis prejuicios acallan. Quizá la palapa más bella sea la del Mirador en Todos Santos, aunque hay unas espectaculares en Indonesia y que los huracanes respetan. Eso no es casual. Eso es cosa de hechicería, de brujería o de magia blanca.

Palapa es un vocablo de origen Malayo, por eso sostengo con firmeza ante usted, desnuda mujer virtual y ante vos, abrigado ventrudo, que Sandokan nació en una palapa y eso lo consignó Emilio Salgari, no en “Los Náufragos del Liguria”, sino en “El Tigre de la Malasia”. Si es de los afortunados en haber escuchado una noche sones jarochos en Alvarado o Tierra Blanca bajo la geometría mágica de una gran palapa, puedo morir tranquilo, porque alguien más sabe el embrujo del sotavento. Lo diré más claramente: las palapas son parte de una cadena mundial donde se traman los sueños más audaces que pueda imaginarse. Son furtivas fábricas de ilusiones y por eso es que, al delatarlo, García Márquez fue expulsado de Cartagena y nunca más pudo regresar más que como turista y haciéndose pasar por chilanguito mexicano, con un pasaporte imaginario que le consiguiera Ricardo Rocha.

Creo que con esto que me arriesgo a teclearle, señora mía, queda demostrado que la palapa es la guarida más noble y sagrada de la palabra y que es sitio ideal para dirimir las cuestiones de la lengua, de filología, de semánticas o etimologías, de verbos y logos. Sí, de allí viene el famoso hombre logo y el logo tipo. Por eso, cuando llegue a una palapa, sea de día, con cerveza fría o de noche en discreto coche, cierre los ojos y descubrirá cómo las palabras empiezan a aparecer a borbotones, en cascadas, en ejércitos alineados, en competencia de maratón donde siempre gana un nigeriano porque, aunque lo ocultemos, la palabra vino del África, la palabra original, aunque lo niegue la irreal academia. Usted escoja.
rojedamestre@yahoo.com