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La paradójica crisis actual

  • Juan Antonio García Villa

Desde hace más de medio siglo, cuando aún me faltaban cinco años para alcanzar la edad ciudadana, que en aquella época era a los 21 años, he tenido interés en la cosa pública, y de hecho desde entonces adopté y he mantenido militancia política; y que recuerde, nunca había observado lo que hoy estamos viendo.

Vaya, ni la cruel matanza de Tlatelolco en el 68, como tampoco el artero asesinato de un indeterminado número de jóvenes aquel fatídico 10 de junio de 1971, ni las sucesivas crisis económicas -caracterizadas por devaluaciones demoledoras e inflación galopante- durante la última cuarta parte del siglo pasado, ni el descarado fraude electoral del 88, nada, absolutamente nada irritó tanto a la población como ahora el aumento en el precio de las gasolinas a partir del 1 de enero.

Si alguien con conocimientos e información suficientes hiciera una comparación, por ejemplo, del impacto negativo sobre la economía nacional y la doméstica de las familias mexicanas, entre las brutales crisis económicas de 1976, 1982, 1987 y 1995, y el panorama que hoy se tiene, luego del aumento en las tarifas eléctricas, en los precios de la gasolina y el diésel, tengo la impresión de que esas cuatro crisis de finales del siglo XX son de dimensiones descomunales en relación con lo que hoy se vive. En otras palabras, la actual situación es un juego infantil frente a aquellas. Pero ha provocado, sin embargo, un mar de irritación. ¿Por qué?

Si se está de acuerdo con lo anterior, y no hay por qué no estarlo, debe haber algunas causas que expliquen esa aparente paradoja. Es decir, cuál es la razón -o las razones- de que las terribles crisis de las décadas de los años 70 a los 90 del siglo pasado, no obstante su impresionante magnitud, no hayan provocado el generalizado malestar que hoy se advierte, la desbordada furia popular que se observa, el estado de sublevación a punto de estallar.

Y eso que en el peor de los casos, por mencionar solo un dato, nadie esperaría de esta negra coyuntura una inflación del 150 o más por ciento como se llegó a registrar hace tres décadas, sino treinta o más veces menos. ¿Por qué entonces se presenta ahora una reacción mayor ante una causa de menor magnitud?

Sin duda deben ser varias las causas; hay al menos tres que parecen evidentes y fuera de toda controversia. La más clara: el priísmo (concepto que ha de precisarse de la mejor manera desde los ángulos político, histórico y sociológico), al regresar a Los Pinos ha provocado una regresión en la vida nacional que jamás debió haber ocurrido, porque se suponía superada para siempre. Hoy la frustración por este retorno, así sea inconsciente, es mayúscula.

Dos: la política y lo que genéricamente se conoce como la clase política, luego de tanto escándalo, ha perdido a tal grado legitimidad que hoy los caminos democráticos, civilizados y legales, nada significan ya para el ciudadano común. Y tres, el desconcierto y el marasmo han sentado de tal manera sus reales, que todo, aun lo peor, puede suceder, lo cual deriva en pesimismo y en la generalizada creencia de ya nada positivo es posible.