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La perversidad del Estado Islámico / De Cara al Sol / Andrea Cataño Michelena

  • Andrea Cataño

El Estado Islámico advirtió que se trataba de la primera de muchas tormentas al reivindicar los ataques del pasado viernes 13 en París. El caos que se vivió en las calles de la capital francesa y el temor, eso querían los terroristas. Cuanto mayor sea la reacción en contra de los musulmanes en Europa y más beligerante la acción militar de Francia y sus aliados en Siria, mejor, porque la estrategia clave del EI radica en sembrar el caos y atizar el odio.

Implacable, el grupo terrorista se guía por su manifiesto “La gestión del salvajismo/caos”, un tratado escrito hace más de una década por Abu Bakr Naji, para la facción de Al-Qaeda que después se convirtió en el EI. Al repasar el horror de París es fácil relacionar el “modus operandi” con los principales axiomas del tratado: “Hay que golpear en los puntos más vulnerables. Diversificar y extender los ataques contra el enemigo cruzado-sionista en todos los sitios del mundo islámico y fuera de él, a fin de dispersar los esfuerzos de los enemigos y sus aliados y diezmarlos al máximo.

“Atacar cuando las víctimas potenciales tengan la guardia baja. Sembrar el miedo en la población general, dañar su economía. Cuando un centro turístico de los infieles haya sido atacado, la seguridad de los demás centros turísticos tendrá que garantizarse aumentando las fuerzas de seguridad y con ello, el gasto”.

En otro apartado del manifiesto se estipula: “Aprovechar la rebeldía de la juventud, su energía, su idealismo y su disposición a sacrificarse, mientras que los tontos predican “moderación” (wasatiyyah), seguridad y prevención de riesgos”. El EI tiene una red de reclutamiento perfectamente estructurada en Europa, cuyo bastión es Bélgica, pero también funciona en Francia, el Reino Unido, así como en Estados Unidos. Sus promesas resultan muy atractivas para los jóvenes musulmanes marginados que no se han integrado a la cultura del país en el que nacieron. Si a esto se añade la eficacia de las técnicas de lavado de cerebro o de intimidación (recordemos el reciente fusilamiento de un grupo de niños y adolescentes que se negaban a continuar con su “entrenamiento” militar), queda claro el por qué el grupo terrorista cuenta con centenares “tal vez miles” de adeptos dispuestos a suicidarse por su causa.

Francia, el país de la libertad, la fraternidad y la igual, desconoce el rostro del enemigo con el que duerme; lo ha acogido, educado, le ha dado seguridad social, pasaporte y los mismos derechos que a todos sus ciudadanos, ¿cómo garantizar entonces la seguridad? ¿Cómo combatirlo eficazmente para que no vuelvan a repetirse ataques como el del viernes 13?

Hollande no tiene muchas opciones. No puede remediar la situación que priva en Siria y ha tomado las medidas más sensatas: reforzar los trabajos de inteligencia, incrementar los operativos en los vecindarios donde se cree que están los terroristas, intensificar los ataques a sus instalaciones en Siria (aun a costa de los “daños colaterales”). Pero, tal vez, la medida más importante sea destruir sus fuentes de financiamiento. El EI se sostiene porque está en una región donde hay petróleo. De hecho, el conflicto tiene que ver, en gran parte, con la riqueza en hidrocarburos de la región. Secar la fuente de recursos del EI será indudablemente más eficaz que bombardearlo.

Mientras tanto, los franceses —los europeos, en general” tendrán que aprender a vivir venciendo todos los días al miedo. A cambio de mayor seguridad, están dispuestos a sacrificar las libertades conquistadas a lo largo de siglos. Esto, en el mejor de los casos, porque está latente la amenaza de una tercera guerra mundial. Nadie la quiere. No habría vencedores ni vencidos.
andreacatano@gmail.com