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La Pobreza de Alimentación / Resplandores / Benjamín González Roaro

  • Benjamín González Roaro

De todos los componentes de la pobreza, sin lugar a dudas, la alimentación representa la expresión más dramática para los mexicanos que la padecen.

La imposibilidad que para millones de padres y madres significa no poder adquirir los alimentos básicos para sus familias debe ser frustrante, como también lo debe ser carecer de las oportunidades y los medios para ejercer su derecho a la alimentación.

Ciertamente y como parte de su política social, el Gobierno federal tiene en marcha programas y cruzadas para atender el tema del hambre; pero éstos no sólo son insuficientes, sino que desafortunadamente están diseñados bajo un enfoque asistencialista que no atiende las causas de fondo de la pobreza; por el contrario, terminan por generar dependencia entre la población beneficiaria.

No desdeño lo que para millones de familias significa recibir 475 pesos mensuales (cantidad máxima que se entrega) para apoyo alimentario; pero como ya se ha visto, esta no es la mejor solución, ya que pesan más cuestiones estructurales como la falta de crecimiento económico y la necesidad de empleos dignos, salarios decentes, una mejor redistribución del ingreso, etcétera.

Dichos recursos son tan limitados que no alcanzan para que las familias puedan comprar, al menos, los productos de la canasta básica en zonas rurales (898.78 pesos) o los mil 281 pesos que cuesta en zonas urbanas. La realidad es que 28 millones de mexicanos padecen hambre, es decir que sólo “comen” lo que esos 475 pesos al mes se lo permiten; incluso, se considera que el 9.5 por ciento de las personas de este país –que son aquellas que padecen pobreza extrema–, no han comido, ni comerán carne en toda su vida.

Hace poco más de dos meses el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), informó que entre 2012 y 2014 la pobreza alimentaria en México pasó de 27.4 a 28 millones, esto es un aumento del 2.3 por ciento.

Se trata, sencillamente, de mexicanos que tienen hambre. Y ya ni hablemos de que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) considera que “las personas padecen inseguridad alimentaria cuando no tienen acceso regular a suficientes alimentos nutritivos necesarios para llevar una vida activa y sana”.

Este mismo organismo aclara que el acceso a los alimentos no sólo depende de la disponibilidad de los mismos, sino también de la capacidad de las personas para producirlos o comprarlos. En el caso de México, sabemos bien qué se puede comprar con aquellas transferencias en efectivo a las familias; pero por lo que se refiere al impulso de las capacidades productivas, aún queda mucho por hacer.

A manera de ejemplo, la FAO cita la experiencia de Etiopía, que cuenta con un programa de redes de seguridad basado en actividades productivas y obras públicas que proporciona empleo asalariado y se utiliza para construir los activos y la infraestructura de las comunidades. Esto ha permitido “la rehabilitación de más de 167 mil hectáreas de tierras y 275 mil kilómetros de terraplenes de piedra y tierra y ha registrado la plantación de más de 900 millones de muestras”. La estrategia radica en poner en manos de las personas las herramientas y apoyos (crédito, instrumentos de labranza, semillas y riego) para que por sí mismas puedan salir de su condición.

Así, en este escenario de contrastes, de programas exitosos algunos y otros de alcances limitados, el día de mañana se celebra el “Día Mundial de la Alimentación”. Es evidente que para salir de la pobreza alimentaria se requiere compromiso, voluntad y transparencia para resolver la situación de quienes, en México y en muchas partes del mundo, hoy comerán lo poco que esté a su alcance… mañana, ni ellos mismos lo saben.