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La pradera está seca | Pedro Peñaloza

  • Pedro Peñaloza

Articular históricamente el pasado no significa reconocerlo “tal como verdaderamente fue”.

Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro.

Walter Benjamin.

 
1. A la deriva. La administración de Enrique Peña vive atrapada en una vorágine de conflictos, unos creados por el propio grupo en el poder, otros tantos productos del desgaste de un equipo carente de luz propia, en un contexto volátil que exhibe a un modelo de dominación con fuerte olor a naftalina. El inquilino de Los Pinos y su pequeñísimo equipo, no atinan a resolver asignaturas pendientes y desafíos presentes, el escenario construido y deseado por el círculo dominante no era el que les estalló en la cara.

El Presidente no tuvo la dimensión de los desafíos que implicaba gobernar un país con tantas carencias y paralizado por los miedos y las inercias impuestas. El titular del Ejecutivo federal descubrió demasiado tarde que su equipo de confianza estaba confeccionado para competir en ligas menores, y constató que sus aliados momentáneos y efímeros, no son tan capaces ni tan inteligentes para poder controlar las tormentas provenientes del exterior y las fabricadas en casa. Enrique Peña percibió, para su desgracia, que su sexenio se acortó a tres años, que sus posibilidades de operar hacia el 2018 enfrenta un piso resbaladizo y en el mejor de los casos de arenas movedizas. El presidencialismo piramidal y autoritario, sigue manteniendo las formas faraónicas, pero sin contenidos que unifiquen a la masa múltiple y heterogénea del priísmo. Las señales que se mandan desde Los Pinos llegan distorsionadas o sin fuerza, y ese presidencialismo, que se nutría del corporativismo y el clientelismo, vive serios estragos, los vasos comunicantes entre cúpula y masas, es distante y cada día más anémico. Quizás una explicación que pueda ayudar a entender la debilidad del Presidente, es la permanente contradicción que tiene un Gobierno enganchado ideológicamente con el neoliberalismo y un discurso nacionalista que nada tiene que ver con las orientaciones económicas hegemónicas.

El Gobierno peñista no tiene ninguna idea renovadora, el nuevo grupo conformado por esa mixtura de liberales-Atlacomulcos y dinosaurios pragmáticos no está capacitados para reconstruir el aparato tradicional y han creído que con simples maquillajes momentáneos se puede perpetuar el control. Precisamente por esa pereza-ineptitud, el país avanza por senderos minados e inexpugnables.

2. Ayotzinapa, Fuerzas Armadas y burguesía insaciable. La crisis múltiple que provocó el ataque a los jóvenes normalistas ha sido respondida con mensajes cruzados, por un lado, atendiendo a la apertura de organismos internacionales para dar luces del hecho, pero por otro, creando una escafandra de protección para funcionarios incapaces y arbitrarios. En unas horas Peña enfrentará los reclamos de un tema innegociable que le estalló en las manos y que solamente tiene una salida no demagógica: reestructurar en serio el proceso de investigación y aplicar sanciones ejemplares contra quienes distorsionaron la realidad.

El panorama no es nada sencillo, el único escudo protector con el que cuenta el Presidente es el Ejército, lo cual dibuja la dimensión de la crisis de un Gobierno civil. Y por si algo faltara, como contraste, los segmentos privilegiados viven en las burbujas del confort insultante, sedientos de inagotables ganancias y de glotonería sin fin.

Epílogo. Los viejos y nuevos problemas se amalgaman y no se ve ni se siente ningún rasgo que busque cambiar las piezas del engranaje dominante. Tal vez, el grupo peñista ha resuelto descansar plácidamente en un barril de pólvora. Sí, la pradera está seca y ya comienza a arder. ¡Cuidado!

guernicapicasso@live.com

Twitter: @pedro_penaloz