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La presencia de Juárez

  • Raúl Carrancá y Rivas

México acaba de celebrar el 21 aniversario del natalicio de Benito Juárez. Si nos comparamos rápidamente con otros países, son pocos los que festejan, no obstante que lo recuerden, el nacimiento de un héroe. La pregunta es qué tienen de actual las hazañas y virtudes de Juárez para que lo tengamos presente, especialmente hoy, en los días que corren y que tanto nos preocupan. Juárez está más presente que nunca. ¿Por qué?

Porque la llamada conciencia popular o colectiva no olvida a las grandes figuras de su historia y las actualiza no por simple o mera añoranza, que es una especie de nostalgia histórica, sino porque el héroe redivivo habla; siendo sus palabras un recordatorio de su misión, de su destino. Un país tiene un destino temporal que es irrenunciable e intransferible, y nuestro paso por la tierra se halla marcado por el signo del tiempo y del compromiso social. Para realizar nuestro cabal destino la permanencia terrena es imprescindible.

Lo que pasa en el caso es que Juárez tuvo aliento de epopeya. Me explico. No vio la historia como un episodio pasajero, circunstancial, lleno de incidentes incluso ambiguos, más sin embargo, como una experiencia impulsora de la fuerza moral. No desvinculó la historia de la individualidad concreta y específica de lo humano, del sentido humano. Tal vez hizo esto por su experiencia masónica -habría que investigarlo a fondo- aunque el hecho preciso es que fue su conciencia el motor de su acción.

Por ejemplo, no vio en el intruso Maximiliano a un hombre malo sino equivocado. Él no juzgaba pero definía, trataba de entender. En cada episodio histórico que vivió descorría un velo que en gran parte lo cubría. Repito, trataba de entender. En sus decisiones que han dejado huella hubo invariablemente un toque de muy elevada nobleza. Defendió la dignidad de México, su soberanía, partiendo de la base de que el país es el asiento, la casa, el hogar del ser humano que somos los mexicanos. Tenía, en mi concepto, una visión espiritual de la vida.

En un libro admirable, “Juárez el Impasible”, del campechano Héctor Pérez Martínez, y también en “Juárez y la República”, de José Fuentes Mares, se perfila el carácter, el temperamento de un hombre que no buscó la política sino que fue buscado por ella.

Y en este azar, más eventualidad que caso fortuito, tuvo que vérselas con la defensa de México. ¿Cómo la entendió? La pregunta sobresale hoy frente a la agresión de Trump a México, al margen de que sus “diplomáticos” traten de suavizarla. Juárez entendió la defensa de México y de su soberanía -muy a pesar de Bulnes- como un paso indispensable en la consolidación moral de la República. En Juárez no hubo alarde ni ostentación.

Su persistencia y fidelidad a una idea, la de la patria, trazaron el camino de su misión. En “Juárez y su México”, de Ralph Roeder, se distingue a un Juárez sereno, consciente de su papel y de su enorme responsabilidad, destacando la apacibilidad espiritual de quien a conciencia cumple con su deber. Juárez defendió el cuerpo de un alma, la geografía de un espíritu.

Tuvo esa grandeza, esa percepción, esa sensación interior. Entendió la patria como sinónimo de su integridad, de su completitud en que se conjugan diversos valores que nos consolidan como seres humanos y nos dan fuerza moral y material. Su impasibilidad no fue otra cosa que su convicción, su idea ética de la política sin alardes, ostentaciones o galas de ninguna clase. Es lo que hoy falta. Es el muro que hay que oponerle a Trump.

Yo como mexicano me inclino respetuoso ante esta presencia de Juárez, y así entiendo nuestra devoción republicana al gran patricio que ha dado una lección incomparable de la presencia humana en la política.
@RaulCarranca

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