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La raíz de la violencia | Federico A. Ling Sanz Cerrada*

  • Federico Ling Sanz

La violencia no se hace esperar. Pulula por todos lados. Es un mal del día y del tiempo vigente. La actualidad está llena de violencia. Independientemente de si es violencia útil o inútil, sigue siendo violencia. Hace unos días ocurrió en Bruselas un atentado terrorista que cimbró al mundo, dejando en estado de “shock” a Europa entera. La ola de atentados terroristas llegó a Bélgica, justo después de París. Pero no olvidemos a Turquía hace dos semanas. ¿Y cuál es la respuesta del mundo frente a ello? Más violencia, más agresión y mayor inseguridad para todos. ¿Qué debe hacerse entonces? ¿Cruzarse de brazos y dejar que los terroristas sigan estremeciendo al mundo? No.

Y cuando pensamos en la violencia de los terroristas, pensamos que eso está demasiado lejos de nosotros. No damos crédito a las amenazas contra nuestro país. No pensamos que nos pueda pasar a nosotros; quizá tengan razón. Sin embargo, no hay forma de librarnos de la espiral violenta en el territorio nacional: nosotros tenemos nuestra propia violencia. En México se ha recrudecido la inseguridad y no es poco común leer en las noticias que cada vez más frecuentemente hay decapitados, asesinados, extorsionados en diversas partes del territorio nacional. Guerrero y Tamaulipas se han vuelto a posicionar fatídicamente entre los estados más inseguros y el crimen organizado hace de las suyas impunemente.

¿Cuáles son las consecuencias de la violencia, terrorista o no? Pues son muchas: la economía se desploma, aumenta el clima de incertidumbre para invertir, los negocios comienzan a cerrar, la gente deja de divertirse, la vida social se altera, el turismo empieza a decaer. Adicionalmente, las fronteras empiezan a cerrarse y la migración se hace imposible. Pero más allá de eso, lo que aumenta es el miedo y los prejuicios. No importa si son los musulmanes, los mexicanos, los inmigrantes, los negros o blancos, los ricos y pobres. El prejuicio, alimentado con el temor, se convierte en odio. Odiamos la violencia y odiamos las consecuencias. Y deberíamos también odiar a las personas en las que nos convertimos cuando eso pasa.

Desde mi punto de vista solamente existe una solución posible para este problema: no es la economía, no es el empleo, no es la seguridad o el Gobierno. Es la educación. Sin ella, el miedo y el odio seguirán haciendo de las suyas y alimentando prejuicios. Sin educación no hay empleos bien pagados no hay libertad de pensamiento y de decisión. Mientras no seamos libres, seguiremos presas dela violencia. Y la mejor manera de liberarnos es a través de la educación.

Pero la educación no solamente tiene la función de darnos un título, de otorgarnos un grado o de conseguirnos un mejor trabajo. La verdadera educación es aquella que sirve para ampliar nuestros horizontes y nuestra mira. La educación, entendida integralmente, busca hacernos mejores personas. Y la prueba de ello no estará necesariamente en nuestras calificaciones o nuestros diplomas; eso no sirve de nada si no se pone en práctica. La verdadera educación de calidad es aquella que permite entendernos mejor como sociedad, tener empatía y tolerancia para con los demás, y resolver nuestras diferencias de forma pacífica y aceptar que sencillamente hay gente que no piensa ni es como nosotros. La formación integral por supuesto que debe traer mecanismos para que todos vivamos mejor y tengamos mayor calidad de vida, pero también tiene que ser capaz de formar nuestro modo de pensar de una manera que sea madura e incluyente.

La verdadera educación se basa en experiencias, además de libros. Se basa en ejemplos, además de ideas, y se basa en aspiraciones, más que en imposiciones. Esa es la manera de derrotar a la violencia hoy en día.

www.federicoling.com y @fedeling

*Maestro en Análisis Político y Medios de Información.

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