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La riqueza de los congresos locales (II)

  • Eduardo Andrade

El estudio del Imco sobre los Congresos Locales es omiso respecto del papel que éstos han jugado en la instrumentación de profundas reformas como la educativa, la penal, la de atención a víctimas, la electoral o el sistema anticorrupción, entre otras, que requieren de su desarrollo en la legislación local para “aterrizarlas” en cada entidad federativa y precisar las tareas que en cada materia le son asignadas a las autoridades locales.

A ese fin han contribuido diputados de todas las fuerzas políticas, incluidas las que se oponen a esa instrumentación, función que es también inherente a toda democracia. Los Congresos Locales son la mayor y mejor expresión de la pluralidad alcanzada en el sistema político mexicano. No me parece justo que ese valor haya sido ignorado en el estudio que parecería enfocado solamente a la obtención de resultados negativos que refuercen la opinión desfavorable que tiene el público respecto de los legisladores.

Durante muchos años la sociedad mexicana se planteó como propósito sustituir el modelo de partido hegemónico por otro pluralista, el proceso para lograrlo, por cierto conducido por el propio partido dominante, pues de otra manera hubiera sido imposible lograrlo pacíficamente (volteemos a ver a Venezuela), ha dado frutos y los Congresos Locales son un caleidoscopio de las fuerzas políticas que compiten en todas las entidades con mayor o menor éxito en cada elección. Se buscaba precisamente la conformación de un sólido pluralismo político. Negar el papel que en él juegan los Congresos Locales sería casi un homenaje al antiguo sistema de partido ultradominante. Hubiera sido muy ilustrativo un examen cualitativo de lo que tal pluralidad representa para la Nación y no el mero registro de datos numéricos enfocados a una especie de productividad
economicista.

Una de las principales insuficiencias del estudio consiste en tomar en cuenta indicadores cuantitativos absolutamente inútiles para valorar acciones ajenas a los criterios de costo-beneficio que caracterizan a la productividad. Los Congresos no son fábricas de ladrillos a las que se puede medir por el número de unidades producidas en determinado tiempo a partir de insumos materiales. El número de iniciativas presentadas no es base para estimar como mejor el trabajo de un diputado que las presenta a destajo. Este tipo de incentivos perversos genera trabajo innecesario e impulsa a muchos legisladores a elaborar iniciativas cuya finalidad es solo figurar en la estadística. La función legislativa requiere una evaluación cualitativa de su “funcionalidad” no de su productividad. Un Congreso que no apruebe ninguna ley en tres años puede ser más funcional que otro generador de legislación innecesaria.

El método del Imco equivale a medir la eficiencia de un conductor de autos por el número de veces que activó la palanca de cambios, aplicó los frenos o movió el volante en una distancia equis, sin tomar en cuenta las características o necesidades de la ruta que recorre y el destino al que se dirige. Medir la funcionalidad es algo muy diferente a valorar la “productividad”. El número de comisiones o de sesiones efectuadas resulta irrelevante si no se estima la calidad y necesidad de los acuerdos alcanzados. Si se aprueba legislación marginal sobre el cuidado de las mascotas o se sobrelegisla mediante la hiperelaboración de tipos penales, pero no se atiende alguna demanda social trascendente, producir 10 leyes puede tener menor valor que la emisión  de una sola.

  

eduardoandrade1948@gmail.com