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La trampa contra Raúl y la celada contra Kate / Economía y Política / Miguel Ángel Ferrer

  • Miguel Ángel Ferrer

En la perversa persecución emprendida por la Procuraduría General de la República (PGR) contra la actriz y productora cinematográfica Kate del Castillo son claramente observables dos vertientes. Una de carácter mediático con afanes de satanización y descalificación moral, y la segunda de índole judicial y policíaca.

Hasta ahora, la primera forma de persecución ha resultado un fiasco. ¿De cuándo a acá tienen algún valor ético los dichos y actos de la PGR? Se trata -vox pópuli, vox dei- de una institución absolutamente desprestigiada y corroída desde hace décadas por la más extendida corrupción. Hasta podría decirse que las descalificaciones contra Kate, salidas de los sótanos de la PGR, y profusamente difundidas por algunos columnistas de Estado, fortalecen antes que minan la personalidad pública de la actriz e industrial cinematográfica.

Y en el ámbito judicial tampoco se ve que la PGR pueda tener éxito. Hasta ahora, a Kate solo la han citado a declarar como testigo. No ha sido acusada de ningún delito. Ni ha sido señalada como probable responsable de algún acto ilícito. La cita para declarar como testigo puede ser desahogada en un Consulado mexicano en Estados Unidos. Y Kate, bien asesorada jurídicamente, puede negarse a responder amparada en su “derecho a no autoincriminarse”. Y no diciendo nada, ni siquiera puede ser acusada posteriormente de falsedad en declaraciones. De modo que hasta ahora la estrategia persecutoria de la PGR no ha ofrecido ningún fruto.

Como lo prueba la experiencia -reciente y lejana-, el objetivo real del citatorio es hacerla venir a México para, una vez aquí, detenerla, acusarla de varios delitos graves para que no tenga derecho a la libertad bajo fianza, encerrarla en un penal y mantenerla presa durante algunos años, hasta que luego de finalizar los procesos respectivos se dictamine que no había delito que perseguir, se le ponga en libertad y se le ofrezca el clásico “usted disculpe”.

Pero Kate no puede cometer el error de venir a México. Seguramente recuerda el caso de Raúl Salinas de Gortari. Al terminar el sexenio de su hermano Carlos, y sabiendo o sospechando que le habían fincado cargos penales, Raúl decidió permanecer un tiempo en Estados Unidos a salvo de la persecución.

Pero Raúl regresó a México. De acuerdo con versiones periodísticas de aquel entonces, el Gobierno, a través del propio abogado del mayor de los Salinas le ofreció a éste retirar los cargos si retornaba al país y se “presentaba a declarar”. Digamos que algo así como “borrón y cuenta nueva”.

Tamaña ingenuidad fue pagada con su inmediata detención, procesamiento por varios delitos graves, lo que impedía el beneficio de la libertad bajo fianza, y su permanencia durante diez años en prisión, seis de ellos en el penal de alta seguridad del Altiplano-Almoloya.

Ahora la PGR quiere repetir el numerito de Raúl con Kate. Pero está difícil que la artista caiga en la celada que le han tendido. Todavía, y luego de muchos años, resulta difícil entender cómo fue a caer Raúl en la trampa zedillista.

¿Creerán en la PGR que Kate será tan crédula como lo fue Raúl? ¿Y pensarán que no sabe o no recuerda el caso de Raúl Salinas? Y faltaría  que  no sospechara de una traición si sus propios abogados le aconsejaran presentarse a declarar en México. De modo que, ella bien lo sabe, mientras permanezca en Estados Unidos estará a salvo de los deseos de venganza que su atrevimiento profesional han desatado.
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