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La tristeza en Macondo, o el NO en Colombia

  • Mireille Roccatti

“patientiavincitomnia”*

  • Mireille Roccatti

Hace algunas semanas cuando se anunció en La Habana, la conclusión de unas largas pláticas de paz entre la guerrilla y el Gobierno colombiano la alegría predomino entre quienes creen que por enconados y complejos que resulten los diferendos socio-políticos pueden ser zanjados por la vía del diálogo y la negociación.

El problema de la guerra civil colombiana es el conflicto más largo del continente y tiene su génesis en el denominado “Bogotazo”, que es una insurrección social producida en 1948 en la ciudad capital de ese país hermano, como resultado del atentando que privo de la vida al líder Jorge Eliecer Gaytán y que posteriormente engendró en 1964, la creación de las Fuerzas armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), es hasta ahora, después de 68 años de la ruptura del tejido social con la muerte del líder popular y a 52 años de la creación formal de la guerrilla, que las dos partes de Colombia, acordaban poner fin a las hostilidades.

En todo ese tiempo, Colombia vivió desde luego con altibajos, momentos difíciles de una verdadera guerra civil que enfrentó y dividió a los colombianos. La guerrilla controlaba grandes extensiones geográficas y ejercía en su territorio actos de autoridad: cobro de impuestos, procuración y administración de justicia, por solo citar actos de poder de importancia que les caracterizaba casi como organización estadual.

El poder legalmente constituido, en diferentes épocas y con diversa intensidad los combatió, capacitando y armando sus fuerzas castrenses en métodos “antiguerrilla”, con asesoría estadunidense y empleando tácticas y estrategias probadas en Vietnam, África o en la persecución de la guerrilla del “Che” Guevara en Bolivia. Se recurrió a la represión indiscriminada, la formación de grupos paramilitares de “autodefensa” y otras prácticas reprobables, pero jamás el ejército regular pudo derrotar militarmente a la guerrilla, o ésta vencer contundentemente a las fuerzas policiaco-militares del poder constituido.

Lo anterior generó una situación de virtual empate, que en ocasiones cuando alguna de las dos partes percibía que la correlación de fuerzas le resultaba favorable atacaba a la otra, la guerrilla recurrió a acciones condenables de atentados terroristas con bombas y ejecuciones de políticos y militares entre otras, y a su vez, desde el Gobierno se reprimió a grupos campesinos y se asesinó a líderes campesinos y obreros que apoyaban a la guerrilla.

El tiempo corrió, y los líderes históricos de la guerrilla como el legendario Pedro Antonio Marín, más conocido como Manuel Marulanda ”tirofijo” falleció; el país, sobrevivió la guerra contra el narco, tema con el cual se ha pretendido inmiscuir a la guerrilla como fuente financiadora, que de ser cierto, sobornaba a ambos bandos para operar. El caso es que el tema estaba empantanado y debía resolverse.

El actual presidente Juan Manuel Santos, anteriormente secretario de defensa y que combatió ferozmente a la guerrilla en la presidencia de Álvaro Uribe, tomó la valiente decisión de buscar una salida negociada y logró finalmente un acuerdo para poner fin al conflicto. En razón de presiones internas, decidió también valientemente someter el acuerdo a un plebiscito y contra todo augurio, apuesta o encuesta, ganó el NO.

El pronunciamiento del pueblo colombiano ha de respetarse por más que se cuestione la legitimidad de la consulta arguyendo que solo voto el 37 por ciento del listado nominal y de éste solo la mitad se pronunció en contra en un virtual empate con aquellos que votaron favorablemente. Lo esperanzador es que ambas partes, guerrilla y Gobierno, han refrendado su acuerdo de cesación de hostilidades y alto al fuego y mantener el espíritu de la negociación, en aras de logar la reconciliación nacional. Y lástima que no volaron desaforadamente las mariposas amarillas en Macondo.
*“La paciencia todo lo vence”.