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La versión oficial y la realidad

  • Raúl Carrancá y Rivas

La versión oficial de un hecho, que emana de la autoridad del Estado, ha perdido credibilidad. Las cosas han llegado a tal grado en México que aquélla no se cree sino que desorienta. Los medios de comunicación, incluidas las llamadas redes sociales, tienen hoy tal extensión y difusión que todo el mundo se entera de lo que pasa. Nos enteramos y juzgamos. Por eso, cuando la versión oficial contradice lo que dicen otras fuentes de información hay sorpresa, asombro y, repito, incredibilidad.

¿Qué puede pensar uno cuando fuentes de información tan serias como el Washington Post y la Cadena CBS difunden que en la primera visita del canciller Videgaray a funcionarios del nuevo gobierno de Estados Unidos, éstos le mostraron el discurso del mandatario norteamericano y Videgaray reescribió parte del mismo, es decir, lo corrigió? La versión oficial lo niega. ¿Y la conversación telefónica entre los presidentes Trump y Peña Nieto? Igualmente negada. ¿A quién creerle? ¿No estará Videgaray suavizando las cosas? La situación es tan delicada que podría uno explicarse algo así, en principio. Pero la persistencia de Trump en sus amenazas y majaderías, unido a ello a sus constantes contradicciones y cambios de tono, orilla a pensar lo contrario.

Ahora bien, el panorama es confuso, más que confuso. Por ello se dio la protesta, al margen por supuesto de que la marcha del domingo fue también confusa. La convocatoria que se hizo, en principio saludable, no tuvo los resultados queridos porque en ella se filtraron participantes con intereses ajenos a la marcha. ¿Qué quedó a salvo? La buena voluntad, desinteresada y patriótica, de muchos. Pero en sí, con sus defectos, la marcha fue una llamada de atención acerca de lo que en el fondo sucede en la población, de la gran desesperanza, de la inconformidad. Quedó a la vista lo que falta, lo que no se hace o hizo, incluso en la propia marcha. Y sobresale en la perspectiva del buen observador algo lamentable, a saber, que se le acusa al presidente Peña Nieto de débil. ¿Con razón o sin ella? Yo reconozco que él actúa de acuerdo a su criterio, juicio o discernimiento, y conforme a su visión política, que no es compartida por millones de mexicanos. Es un “yo acuso” porque no hay concordancia, correspondencia o conformidad entre los mandantes y el mandatario. El Presidente actúa siguiendo una línea de pensar muy clara de sus asesores y consejeros, de su equipo. Él determina, pero hay una brújula que lo orienta. Se trata de su juego político, de su horizonte político. ¿Qué hacer? El hecho está allí, hay una evidente inconformidad, una gran desilusión, que no minimizan las filtraciones en la marcha del domingo ni tampoco los números que contabilizan siempre de manera relativa. Una manta de protesta habla por miles o millones. Chocan la versión oficial y la realidad. La historia juzgará estos momentos de enorme tensión, aunque lo innegable es que el Gobierno mira algo que el pueblo no mira. Lo criticable en el caso es que se suponga que el pueblo, depositario esencial y originario de la soberanía, no piensa ni siente. El pueblo duda que hoy se actúe para su beneficio. La cuerda está tensa y no hay que estirarla más, ya que su ruptura nos atañe a todos; lo que nos obliga a opinar con honestidad y coherencia y a no permanecer en el egoísmo entregándonos desmedidamente al propio interés, lo que nos obliga a no perseverar en la cerrazón, en la obstinación, que es una obscuridad que suele preceder a la tempestad.
@RaulCarranca

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