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La vida después, otra familia de tantas / Bazar de la Cultura / Juan Amael Vizzuett Olvera

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

Una película de silencios, para mirarla con la concentración que demanda todo viaje a través de un camino accidentado; cuando termina, el auditorio permanece en su propio silencio reflexivo. Tal es la experiencia que deja “La vida después” (México, 2013), primer largometraje de David Pablos, egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica. La cinta se ha proyectado en más de cuarenta festivales y ha ganado varios premios, como el de la Federación Internacional de Críticos de Cine y Prensa, en Vladivostock.

“La vida después” se exhibirá desde ayer en la Cineteca Nacional, La Casa del Cine, Cinemex Reforma, Cinépolis Diana y a partir de noviembre en Le Cinéma IFAL y el Cine Tonalá.

– Una tradición del cine mexicano

Como lo indicó el crítico Jorge Ayala Blanco en “La aventura del cine mexicano” (Era, México, 1968), la familia es una de las temáticas constantes en nuestro quehacer fílmico. “Una familia de tantas” (México, 1948), de Alejandro Galindo es posiblemente la mejor película entre las que abordaron lo que sucede ventanas adentro de una casa mexicana. El cineasta regiomontano, cronista de nuestra vida cotidiana, retrató la descomposición de la dictadura que ejercía el patriarca Rodrigo Cataño (Fernando Soler), sobre una casa que lucía en su sitio de honor el retrato del expresidente
Porfirio Díaz.

La fórmula del autoritarismo y el miedo –que don Rodrigo identificaba con el orden, el respeto y la decencia—propiciaba que los hijos mayores estropeasen sus vidas. Pero Galindo, escéptico ante los universos cerrados, mostraba la evolución de la hija quinceañera, Maru (Martha Roth), con el apoyo del resuelto agente de ventas Roberto del Hierro (David Silva), uno de los más interesantes personajes positivos del cine mexicano.

Aquella familia numerosa, con cinco hijos de edades muy distantes (el hermano mayor ya era profesionista, mientras que el menor aún no asistía al jardín de niños), una madre sometida y un padre intratable, contrasta con la que retrata David Pablos en “La vida después”. No por ello su realidad es mejor.

Don Rodrigo Cataño ya no está presente; no hay un padre en realidad. La madre (María Renée Prudencio) está sola al frente de esta familia del siglo XXI. Sus hijos (Américo Hollander y Rodrigo Azuela) que la llaman “Silvia”, carecen de algún modelo masculino en casa; se intuye que lo encuentran en las desmejoradas calles de Monclova, entre otros muchachos como ellos, quizás entre pandilleros. Se transforman así en adolescentes dentro de un ambiente enrarecido, sin ventanas a otras realidades, sin nada que les ayude a encontrar sus propias inquietudes.

La cinta comienza con un viaje y concluye con otro viaje; el primero acaece cuando Samuel y Rodrigo, los hijos de Silvia, aún son niños. Su destino es el funeral del abuelo materno, que los hermanos viven como un ritual ajeno y aburrido. Su madre, en cambio, entra en una larga
depresión.

El segundo viaje sucede poco después de que Rodrigo cumple su mayoría de edad. Los hermanos, en conflicto constante, lo emprenden para ir en busca de su madre, quien les ha dejado una nota de despedida y
ha desaparecido.

– Una película “para llevarse a la casa”

David Pablos explica: “‘La vida después’ nace de una escena muy específica que está en la propia película. Pero en la parte conceptual, lo que me movió a rodarla es la herencia, la herencia familiar, la parte emocional. Qué es lo que los padres les dan a los hijos, y cómo los hijos reciben esto o no. En el caso concreto de la cinta, hay un temor a heredar la locura, la locura de la madre, del abuelo. El deseo de los hijos de no ser como los padres, el deseo de no ser como la madre y cómo se puede romper con eso. Se rompe, no se rompe, y cuáles son las consecuencias. Ése es para mí el origen de
esta película”.

El cineasta advierte que los cabos sueltos (¿Silvia es madre soltera? ¿Samuel y Rodrigo en realidad son medios hermanos? ¿La depresión de Silvia es genética?) se dejaron así a sabiendas: “Hay cosas que quedan fuera, hay muchas cosas que quedan en silencio. Y para mí era importante que el público llenara todos esos silencios, que llenara esas partes de la historia que se omiten, y que fue una decisión consciente no ponerlas, no solo para que el público las llene, sino para hacerlo pensar. Para que entonces la película se la puedan llevar a casa y ahí sigan con
las reflexiones”.

Acerca de las actitudes del auditorio, David Pablos dice: “En mi experiencia, por las veces que viajé con esta película a los festivales, pude hablar con el público; no solo era interesante escuchar las preguntas que los espectadores planteaban en torno a la trama, sino eso mismo, el cómo la gente creaba su versión de los hechos, su interpretación de lo que había sucedido. Eso para mí es importante, hallar a un
espectador participativo”.

Como en el cine mudo, el público tiene que permanecer atento a cada gesto, cada acto, cada intercambio de miradas.

Sobre el ritmo contenido y los diálogos tan contados de la película, el autor explica: “Acabo de volver a verla recientemente, y es pausada, es una película que le pide al espectador que todo el tiempo esté atando cabos, reflexionando sobre lo que ve; y sí me sorprendió bastante constatar lo silenciosa que es. No solamente es una película silenciosa, sino que es una película en que la cámara está muy cerca, encima de los rostros. Son estas decisiones que uno toma en la realización”.

Los viajes que emprenden los personajes no los libran de sus encierros: “Pese a que hay un viaje y a que vemos paisajes, los personajes se mueven en este entorno, todo el paisaje está fuera de foco, el foco siempre está en los rostros, aunque veamos los interiores, los exteriores permanecen lejanos. Se sienten un poco desconectados de los personajes. Ésa era la intención, la película se vuelve así un poco claustrofóbica”.

-Pueblos
fantasmas

Efectivamente, “La vida después” es una película de interiores, todo ocurre dentro de los coches, de las tiendas de campaña, de las casas. Todo parece viejo, decadente, deteriorado, pasado de moda. Los coches nuevos no son para los protagonistas de la película, como no lo son para una gran cantidad de personas en la vida real; a Silvia, Samuel y Rodrigo les tocan los modelos con 20 o 30 años encima, con los parabrisas estrellados, la pintura deslavada, los interiores
en andrajos.

David Pablos revela que ésa fue la atmósfera que buscaba para su debut como director: “Totalmente. Una de las decisiones por las que me fui a Sonora a filmar, es ésa: Guaymas, donde filmamos la mayor parte del tiempo, es una ciudad donde los edificios históricos del Centro están completamente abandonados y en decadencia. A mí me fascinaban no solamente los paisajes desérticos de Sonora, sino estos pueblos semiabandonados, pueblos fantasmas que ya vieron sus mejores días, y sentía que eso iba mucho de la mano con la historia que estaba contando, con todos estos personajes en aislamiento, en un entorno del que permanecen desconectados, donde se sienten fuera de lugar. Y todo tiene que ver con eso, con hacer más a la familia, con volverlos más a través de la desconexión con el espacio y volver más intensa la dinámica de la interacción
entre ellos”.

¿No hay afecto entre los personajes? David Pablos responde: “O sí hay amor, pero se muestra de maneras muy distintas, es una amor que no se dice. Por ejemplo, pese a que durante la mayor parte de la película, la relación entre Rodrigo y Samuel es hostil, ese amor se ve en detalles, como por ejemplo, el hermano que comparte una cerveza con el menor y que le cuenta algo, bastante banal sobre su vida, pero se lo cuenta al fin. O le cuenta algo sobre algún amigo suyo. Para mí eso es un gesto amoroso. Incluso la madre, cuando se va, el enviarles una carta, el mandarles dinero, es un gesto amoroso con lo que va a suceder después” .

“La vida después” va más allá del acercamiento a una familia disfuncional, como se dice actualmente: es una búsqueda de los vínculos, de los afectos que son indispensables para vivir, y que nunca pueden ser obligatorios, ni darse por sentados solamente porque se comparta la misma sangre.