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La vigencia de los cárteles

  • Pedro Peñaloza

1. Narcos, cárteles y ficciones. Partamos de un principio elemental y hasta obvio: la fenomenología del narcotráfico no tiene límites ni fronteras, su lógica, es parecida a la de los capitalistas, sus jefes buscan ganancias, seguridad y la consolidación de su mercado. La delincuencia organizada, en su acepción más amplia, así opera en el mundo; y esto incluye a México, a la Ciudad de México y, también, a Tláhuac.

Por supuesto, el estudio de la criminalidad organizada no puede hacerse con medidas uniformes ni muchos menos con tabla rasa. A diferencia del terrorismo, el narcotráfico busca que sus negocios se hagan de manera silenciosa y discreta. Las expresiones violentas no son convenientes para el ejercicio de sus actividades. La circulación de capitales provenientes de actividades ilícitas debe fluir sin sobresaltos, pero, además, la delincuencia organizada funciona al ritmo y con el acuerdo explícito de personeros del Estado.

Sin embargo, es evidente que la violencia (igual que en el capitalismo), se usa como último recurso en la disputa de los mercados y los territorios. La similitud entre la lógica de la criminalidad de élite y los resortes que impulsan la feroz competencia en los mercados de mercancías/drogas tiene una simetría evidente. De esta manera, nuestro abordaje no puede circunscribirse al simplismo tradicional, mecanicista, que, coloca el conflicto entre policías y ladrones.

2. Violencias y asignaturas pendientes. Lo sucedido en Tláhuac debemos inscribirlo en las coordenadas de ese comportamiento extensivo de los cerebros del narcotráfico. Penetrar en zonas pauperizadas y marginales para lograr que la actividad delictiva adquiera reconocimiento social de los pobladores y las vean como parte consustancial de su vida cotidiana. Así, la cohesión social se da a partir de los “beneficios” que otorgan los jefes locales de los cárteles a los integrantes de las comunidades. Este comportamiento es la mejor protección para sus actividades ilícitas.

3. Los vacíos se llenan. Las condiciones de exclusión e inequidades masivas se han convertido en la materia prima, de la delincuencia organizada en general, y del narcotráfico en particular. Por supuesto, no somos deterministas para creer que la pobreza se convierte automáticamente en delincuencia, conceptualmente es una estupidez y políticamente es un insulto a las mayorías precarizadas. Los que sí es innegable, es que, en la medida en que se polarizan las desigualdades el rencor social crece y se reproduce. La desesperación ante la imposibilidad de satisfacer las necesidades primarias dispara a segmentos poblacionales que se ven atraídos por las “mieles” del dinero y el confort que puede producir la criminalidad. La mirada que tenemos que favorecer es aquella que observa y analiza todos los factores que influyen para que alguien decida incorporarse a la delincuencia. El mapa delictivo de la Ciudad de México y del país nos indica que los ejércitos delincuenciales que combaten en los campos de batalla urbanos y rurales son integrados, en su mayoría, por jóvenes, muchos de ellos marginados del acceso al empleo y/o a la educación.

Epílogo. Todo indica, que, después del sucedido en Tláhuac, es absurdo seguir sosteniendo la tesis “autonomista” de que en la ciudad no actúan los cárteles de la droga. Más bien, deberíamos avocarnos a trabajar intensamente en políticas públicas transversales y multidisciplinarias que viten que siga creciendo el ejército juvenil de reserva que tanto les sirve a los circuitos de la delincuencia organizada. Eso sería más trascendente que las discusiones bizantinas de los últimos días.

pedropenaloza@yahoo.com/ @pedro_penaloz