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La virtud y la subversión

  • Camilo Kawage

1.- Que los gobernantes sean siempre escogidos de entre los mejores obedece no a cuestiones de discriminación, de atentado contra los derechos humanos o contra la igualdad de oportunidades. La Historia nos ha explicado con insistencia por qué la sabiduría, la vocación, la experiencia, la preparación y la virtud –cualidades exclusivas de una irremisible minoría- son requisitos esenciales para gobernar y por qué, cuando están ausentes, la suerte de los pueblos cae en demérito, su destino se malogra y sus aspiraciones se cancelan. Y el desdén a esos atributos, en que con más frecuencia vemos cada vez incurrir a dirigentes políticos en nuestro día, tiene todo que ver con la peligrosa frustración de las sociedades hacia sus gobernantes, en todo el mundo y en México.

2.- Si son los filósofos, los sacerdotes, los viejos o los herederos quienes más aptitudes son capaces de reunir para gobernar, se ha discutido en el curso de los siglos sin que el parámetro se limite a esos criterios. Menos en duda se ha puesto, en contrario, una cierta noción de observancia y respeto que los gobernantes deben irradiar, y que es inherente a una idea de admiración que está en su deber inspirar en los gobernados, que no tiene relación alguna con el horror, rayano en pavor que algunos provocan y que convierten a éstos en súbditos o lacayos: uno de los malabares del dirigente se mueve en la delgada línea donde se preserva el equilibrio.

3.- Cuando se pierde el respeto se rompe el equilibrio y con él el orden y el propósito. Es entonces cuando se pone a prueba la institución de la democracia, en su nombre se quiebra la pauta y los pueblos son llevados a votar –luego a reelegir- democráticamente a sus propios tiranos. Si se antoja una aberración, se parece a lo que sucede hoy en día en Venezuela, en Turquía, y con menor notoriedad en Nicaragua, Ecuador o Bolivia, para no ir más atrás en la historia reciente, cuyas dolorosas lecciones parecemos no querer ni siquiera advertir.

4.- Convienen esas consideraciones a la hora de formar un juicio, de ilustrar una opinión sobre las figuras que invaden el ambiente en esta época. El partido socialista francés, al que pertenece el saliente presidente Hollande, desapareció del mapa electoral para sucederlo; así califican los franceses su gestión, al grado que la señora de la ultra ha estado a media cuadra del Elíseo. En Estados Unidos el hartazgo no se quedó en la esquina y llevó a Trump a la oficina oval. En Gran Bretaña le mofaron del petulante primer ministro que apostó la permanencia en Europa y perdió. Las ideologías moderadas pierden terreno; los políticos con vergüenza desaparecen y parece predominar el terror, pariente cercano de la subversión.

5.- Si los gobernadores que a últimas fechas han saqueado regiones enteras de este país no fueran vulgares y callejunos rateros, tal vez cabrían en algún cajón de la política, amén de la reja en que les sobra espacio. De ninguno se dirá que vivió por sus ideales; que paró en la cárcel por su fervor patriótico, o que cayó en el cumplimiento de su deber, víctima de su vocación de servicio. Con ese nivel de la gestión pública, hasta se entiende que una figura ya arraigada en la perversión de la política diga –y le crean- que su plumaje pasa por el pantano y no se mancha, cuando en verdad su pelamen es de rinoceronte, refractario y ostensiblemente longevo.

6.- Y que vayan cuidándole las manos a sus candidatos, no venga a ser que la mafia en el poder les tendió un compló y cargan hasta con las cámaras de seguridad.
camilo@kawage.com