imagotipo

La voz de la IP

  • Xochitl Lagarda Burton

Tiempos de violencia, amor y valor

Título del escrito de Alejandro Mungaray Lagarda, persona a quien admiro y respeto ampliamente por su trayectoria en la academia, y  de quien me permito compartir parte de sus reflexiones.

Sin duda los de hoy son tiempos donde el honor, la ética, la responsabilidad y la moral, están a prueba de todo y de todos. Hay demasiada gente pasándolo mal, desde los sectores más humildes hasta las clases medias antes acomodadas.

A la violencia económica que se ejerce sobre mucha gente, con un inentendible balance de oferta y demanda que actúa sobre salarios, precios y créditos, se suma la certidumbre que hoy se vive en todo el mundo, de que no es posible seguir viviendo donde has nacido o crecido, ante la imperante necesidad de sobrevivir a la violencia que produce el estado de guerra por cuestiones religiosas, económicas y/o políticas.

Se huye en los países en guerra de oriente medio, donde por cuestiones religiosas, la falta de entendimiento entre unos y otros, incrementa la violencia y disminuye la credibilidad en la natural neutralidad de las mayorías, afectando justos por pecadores, como se suele decir. Se huye de la violencia en las calles de países donde las libertades económicas, políticas y sociales son suprimidas con todo tipo de artimañas, como se observa en la impensable Venezuela.

Se huye de la violencia generada en las zonas de producción y distribución para el narcotráfico de nuestro país y otros lugares del mundo, donde los representantes de la ley han dejado de serlo, al sucumbir a una compensación extraordinaria, a cambio de ceder su autoridad legal al poder armado y económico de la delincuencia.

Los éxodos de gente en todo el mundo buscando sobrevivir, son impresionantes. La irresponsabilidad, la deshonestidad, la ambición, la intolerancia, están echando de sus lugares de origen, a enormes cantidades de gentes de bien. Nadie busca menos que más, porque más es más, diría Alejandro Sáenz.

Por ello es que el factor común de estos ríos de sobrevivencia, es la búsqueda de mejores niveles de bienestar donde ellos consideran que hay culturas solidarias en lo laboral y en lo social.

Muchos analistas han insistido que las mejores condiciones económicas son el principal atractivo de  las migraciones por necesidad. Sin embargo, que poco haríamos por entender este problema humano, si lo redujéramos tan sólo a su aspecto económico, pues el deterioro de las condiciones de vida y bienestar en los lugares de origen de este creciente número de sobrevivientes, se debe principalmente al deterioro de sus instituciones.

Hoy más que nunca deberíamos repensar las principales conclusiones de los economistas y politólogos institucionalistas: que las sociedades no se desarrollan en función de sus recursos y capacidades, sino de sus instituciones y la fortaleza con que funcionan y se sostienen.

Junto con estos crecientes niveles de violencia, sus flujos de desplazados y el sin fin de historias repetidas que ilustran cada vivencia, se han generado organismos de la sociedad civil para cuidar los derechos humanos, la transparencia, la corrupción, la seguridad pública, la equidad de género, la atención a los migrantes,  los deportados,  los infantes,  los desaparecidos y todos aquellos seres humanos que se ven afectados, en sus lugares de origen o destino,  por alguna forma de violencia, con poder legal o ilegal.

Frente a este creciente ambiente de violencia e inseguridad pública, habrá que reconocer que mil y una formas de amor y solidaridad siguen surgiendo, no sin resistencias consigo mismas, para proveer entendimiento, aceptación y hasta espacio, a la otredad.

Esto ha ocurrido a pesar de gobiernos y autoridades, porque lo que esta ola de violencia cuestiona en todo el mundo, es la solidez de las instituciones. Hoy todas se encuentran en crisis y si bien el gobierno es el culpable favorito por la falta de  responsabilidad con los deberes que prometen asumir, habrá que reconocer, como dice el monje benedictino Moisés Salgado, que nadie estamos libres de culpa.

El Papa Francisco no ha dado tregua a la denuncia de los abusos del capitalismo, o la economía del mercado, como ahora se usa decir, que no se cansa de crear confusión, incertidumbre y violencia, ahí donde hay  paz, con tal de generar una oportunidad de negocio.

La mezcla de ansiedad, vacío y desconcierto quitan la serenidad que necesitamos para agarrar la valentía de Gandhi y “ser tú el cambio que quieres ver en los demás”.