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Las ciudades

  • Pasos de Diamantina: Lorena Avelar

Cuantas veces conocemos ciudades fascinantes que tocan el alma hasta el cimientos, nos fragmentan el corazón, nos conmueven, nos hipnotizan y nos  apasionan. Otras tantas nos entristecen, nos hacen llorar y las repudiamos como si fueran veneno en nuestra existencia. Las ciudades callan todos esos sigilos en cada voz, en sus recovecos y sacramentos. Existen ciudades desnudas, que se abren sin pudor y sin prejuicio, ciudades calladas que guardan en su interior sus sacrificios, también palpitan ciudades ruidosas y algunas otras calumniosas, ciudades tentadoras, ambiguas y seductoras, ciudades que atrapan con zarpas de fieras y ciudades añejas con ojos cansados luciendo arrugas y grandes ojeras. Hay algunas ciudades amorosas, que invitan en algún portal  cuitas tormentosas, ofrecen un café a los viajeros para que se desmayen de tanto amor en los pebeteros.   Las ciudades son un promontorio callado, un páramo triste. En las calles vacías se oye el viento, pero el silencio no es quietud, son gritos ahogados de angustias por promesas olvidadas. Las grandes urbes son sollozos de tierra en los muros del espíritu que busca disfraces de brisa y agua. Ya no sangran los labios que se amorataron de barro y cieno, ya no resuman salivas de amor y odio por entre las uñas convertidas en garras, ya no se quiebran las madrugadas altivas en gritos de insolentes insomnios burlados a la noche.

En las urbes persisten los amaneceres de sangres limpias, luego de inhibir  las pasiones interpuestas en el discurso de las lágrimas o de los paraísos perdidos. No hay territorio prohibido: sólo territorios en los que las manos se juntan para evidenciar la pasión de sentirse, sencillamente honestos. No existen apostasías entrelazadas en miradas celosas de las voces compartidas, que hieren para saberse libres. No hay graznidos de cuervos inútiles para la paz de los cementerios de las palabras.  Sólo viven las ciudades absurdas, ciudades de fuego en los labios que persisten cantando misterios, en las letanías que musitan en las alboradas cárceles de amor y fuego. Ciudades que pisan andantes, viajeros y peregrinos con Pasos de diamantina caminos preñados de gris y verde. Pisadas que son predicciones olvidadas en el presente.