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Las mentiras del INEGI / Ramón Ojeda Mestre

  • Ramón Ojeda Mestre

Una de las causas por las que existe esa tremenda desconfianza y desprecio de la población hacia las instituciones, lo mismo judiciales que legislativas, o al INE, a las fuerzas armadas y las policías, y particularmente, hacia el Ejecutivo Federal en su conjunto o hacia los poderes locales, no es nada más la corrupción de escándalo, la impunidad, o la inseguridad y la contaminación crecientes, no, no nada más es eso, es que la ciudadanía está harta de las mentiras de los funcionarios públicos.

Hay varias formas de mentir o de engañar: la más frecuente, es que la autoridad afirme cosas que no son ciertas, otra, que diga medias verdades que derivan en mentiras; una más, es que callen cosas que deberían de informar y una de las peores, es que oculten hechos, datos o información que el ciudadano debería conocer sin disfraces. Cuando alguien testifica ante un juez norteamericano en los juicios orales que ahora imitamos, pone la mano sobre un libro religioso y se le pregunta si jura decir toda la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad. Aquí en México, más laiquitos, comparecemos “bajo protesta de decir verdad”. Esto es, si usted engaña al juzgador, comete perjurio y le cae el “Chahuixtle”, esto es: el Código Penal y puede ir a dar a la cárcel.

En el catecismo, allá en las calles polvorientas de la Congregación Vicente Guerrero, en Río Blanco, Veracruz, se nos enseñaba: ¡No levantarás falso testimonio, ni mentirás!, eso no lo aplica el Gobierno, sus personeros o corifeos. Creen que la gente es tonta, cobarde o desidiosa y se regodean con las más simplonas mentiras y escamoteos de verdades. De hecho, la mentira es una traición grave del gobernante hacia el pueblo, pues hasta los más modestos y molestos directorcillos, han jurado cumplir la Constitución y leyes, aunque las desconozcan, pues “contra la observancia de la ley, no se puede alegar ignorancia, desuso, costumbre o práctica en contrario”. Aunque no lo crea, antes los mexicanos tenían “palabra de honor”, es decir, honraban sus dichos con los hechos; hoy no, el Gobierno, enseñó a mentir a los ciudadanos, a dar mordidas, a corromperse junto a ellos, a saber que son engañados, a vender sus votos y su conciencia, a comprar permisos o perdones de todo jaez. Pinocchio, era el cuento con el que los niños aprendíamos en la escuela y el hogar a no decir mentiras.

Una de las instituciones más mentirosas es el INEGI. Infinidad de académicos y de munícipes les han tildado de ser mentirosos contumaces. Trate de buscar cuántos enfermos de cáncer tuvimos en 2015 o cuántos murieron de cáncer y verá como encuentra un engañoso panorama. O de 2014 para que no salgan con que es muy pronto. Hace años, dijeron que iban a sacar ya el Catálogo o Inventario de las Islas de México. Una burla del tal Sojito y sus cachanchanes. Mentirosillos vulgares, al igual que las Secretarías de Estado o del despacho, que deberían informar al país de su patrimonio insular. Si hubiera Legislativo o Judicial en que el ciudadano pudiera obtener justicia o eficiencia del Poder, otro gallo nos cantaría, pero no, siguen discutiendo sus logotipos o los nombres de los mediocritos que quieren lucir como si de veras hubieran hecho su chamba. Qué vergüenza, qué asco y qué rabia con estos erariófagos que nos tocaron. No es su culpa, ellos ya eran así, nos mintieron una vez más y nosotros, los bobos, les creímos. Nunca sabremos cuántas islas tiene México. Cuando nos lo digan, no les creeremos. Porque las generaciones condenadas a cien años de soledad, no tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra.
rojedamestre@yahoo.com