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Las personas son más que una guerra / Zona de Guerra / Héctor Tenorio

  • Héctor Tenorio

La escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, Premio Nobel en 2015, considera que la guerra es una vivencia demasiado íntima, e igual de infinita que la vida humana. Su reflexión nos ayuda a entender lo acontecido después de los atentados terroristas del 13 de noviembre en París, que costaron la vida a 130 personas. Europa se debate en el dilema de conciliar la libertad y la seguridad, que es un derecho humano, y como tal genera obligaciones jurídicas al Estado para que su actuación no afecte a la sociedad que intenta proteger. Ahora bien, por un lado los ciudadanos son prisioneros de las percepciones y sensaciones, y por otro, los Gobiernos se muestran incapaces de ofrecer soluciones; hay un desfase entre el poder que se ha globalizado y la aplicación de políticas de corte local. Las instituciones democráticas no fueron diseñadas para manejar situaciones de interdependencia.

En el viejo continente se ha instrumentado una política del miedo, producto del terrorismo del Estado Islámico (EI), y está traduciéndose en violaciones a los derechos humanos y tendencias xenofóbicas, alimentadas por la crisis económica y de refugiados. El 7 de febrero en Alemania, un grupo que se autodenomina “Patriotas Europeos” marchó contra la islamización de Occidente. Las autoridades han blindado sus fronteras intentando evitar que se filtren terroristas, minando irónicamente la integración europea, la cual entre otras cosas se basa en el espacio libre de circulación. En Bélgica continúan las redadas con el objetivo de capturar al terrorista fugitivo Salah Abdeslam.

En este contexto, Francia pretende retirar la nacionalidad a quien se involucre en actos terroristas, buscando la disolución de asociaciones que inciten al odio, a través del control de sospechosos con dispositivos electrónicos. Al Gobierno del presidente François Hollande no le importa poner en riesgo la calidad democrática, pues desea que la emergencia de seguridad se aplique cuatro meses, con posibilidad de extenderse por tiempo indeterminado. Amnistía Internacional calificó de desproporcionado los 3 mil 210 cateos, el arresto domiciliario de 400 personas y el cierre de 12 lugares del culto. Eso sin contar la estigmatización de los árabes.

Al otro lado del Atlántico, en México se cumplirá una década de la guerra que le declaró el Estado al crimen organizado, donde más de cien mil personas han muerto. La población civil ha sido vejada a manos de los militares y marinos. Un reciente informe de Freedom House consideró a México como un país no libre. Lo más grave es la ausencia de mecanismos que impida a políticos ligados al narcotráfico gobernar.

Uno de los puntos álgidos del país es Michoacán: ahí, hace casi 10 años “La Familia Michoacana” arrojó cinco cabezas humanas a la pista de baile del bar Sol y Sombra en Uruapan. Ahora parecen haber resurgido bajo el nombre de “La Nueva Familia”. Dejaron a manera de firma un letrero y un cuerpo desmembrado. Se especula que Nazario Moreno “El Chayo”, fundador de “La Familia Michoacana” y muerto dos veces según el Estado, está vivo.

Mientras, en el municipio de Lázaro Cárdenas, otros delincuentes, “Los Justicieros”, prometieron erradicar los secuestros y las extorciones. Además, un grupo armado llamado “Insurgencia por el Rescate Institucional y Social”, reclamó el 6 de febrero al gobernador Silvano Aureoles Conejo y a José Martín Godoy, procurador estatal, no haber cumplido su promesa de acabar con los rurales y comunitarios infiltrados. Advirtieron que iniciarán los ajusticiamientos después de que concluya la visita del papa Francisco, a quien por cierto muchos mexicanos le han pedido el milagro de pacificar al país. Casi nada.

tenorio_hector@hotmail.com