imagotipo

Las Siete Posiciones | Mujeres en busca de sexo | Celia Gómez Ramos

  • Editoriales

(Primera de tres partes)

Me han preguntado cuáles son las siete posiciones que los lectores de esta columna bien conocen, pero algunos recién llegados, por fortuna hombres y mujeres, no. Por lo mismo, me permito aquí dejárselos claro en un cuento en tres entregas. Espero…

*****

Te acecho, luego te conviertes en mi presa. Vas a donde yo quiero que vayas, cediste el poder. Te sometes. Estás bajo los instintos de esta fiera que te huele, de arriba abajo, que con la lengua te recorre. Te abandonas a mis deseos y juego con tus miedos. No sabes hasta dónde puedo llegar, pero lo quieres, necesitas saber cuáles son tus límites. Obedeces. Me sientes. El calor del vaho que sale de mi boca te estremece. Te muerdo. Te excitas. Golpeo tu sexo. Lames mi bota.

Tu cuerpo se manifiesta desafiante y altivo, alerta, no descansa; pero quiere mentalmente dejarse llevar, no pensar, solo sentir. Sufrir, desea sufrir. Sangrar, desea sangrar. Experimentar, ansía experimentar. Tendrá todo eso. La imaginación y los plazos se agotan.

1. Salpullido de Ajonjolí. Hace aproximadamente un par de años, al lavar las manzanas para preparar una ensalada navideña, mi vida cambió. Ése sería el detonador de aquello en lo que habría de convertirse mi percepción del mundo. Mis manos comenzaron a agrietarse. Erupciones del tamaño del ajonjolí fueron empedrando la zona. Si al principio eran dos dedos los afectados, y solo parte de ellos, cada vez la contaminación se extendió más. Después de unos días, ya estaba en todos. La comezón logró apresarme, traté de controlarla usando crema, pero lo cierto es que el problema iba en aumento.

Aparecieron una especie de “bolitas de agua” en mis dedos, al tallarlas, derrochaban una substancia pegajosa. Los amigos me sugirieron, siempre solidarios y opinadores, emplear guantes para evitar el contacto con jabones, detergentes y hasta el polvo. Compré algunos.

Busqué al médico de mis primeros años, el homeópata que me había logrado sacar del asma y todas mis alergias infantiles. A mi mente llegan periodos prolongados de encierro y cama. Su diagnóstico fue: Es una micosis. Me mandó pastillas de azúcar con alcohol, para degustar con mis distintos alimentos; además de una pomada para mis menesterosas manos, y les digo así, porque el médico casi ni quiso tocarlas, lo noté cuando le extendí la diestra para despedirme. ¡Pero si yo era la alérgica al contacto, y no él! Por si eso fuera poco, también me recetó unas pastillas de gingkobilova para mejorar la memoria, aunque hasta donde yo recordaba no padecía olvidos. Seguro descubrió algo extraño, pero no me lo dijo. En fin…

En mis ayeres, la comezón aparecía en dedos y plantas de los pies, lo que me llevaba a friccionar uno contra otro por las noches, hasta sangrarlos. Recuerdo entre sueños a un doctor curándome, me quitaba pus, sangre y así disminuía la hinchazón; también tengo presentes lavados nocturnos en agua caliente y con sales. Días después de acudir al homeópata, recomencé con este problema. El alivio, ese placer momentáneo sentido al destrozar mis tejidos, era al parecer suficiente, como para después padecer el dolor prolongado.

2. Esas pastillas para la memoria. Las pastillas para mejorar mi memoria, me recordaron a aquellas con ácido glutámico que quise tomar cuando estaba en preparatoria. Semanalmente el maestro de Psicología Clínica nos hacía examen del libro: “Desarrollo y Psicopatología de la Personalidad. Un enfoque dinámico”, y ¿qué tal?, hasta del nombre del libro me acuerdo. Con menor razón entiendo al homeópata. Comento quise tomar esas tabletas, porque solo lo intenté un par de veces, cuando me ponía a estudiar para el examen. Eso sí, las tomé con el escepticismo de una adolescente que se cree conocedora, y obviamente, no me sirvieron para retener todo con una sola leída. Por supuesto, debí trabajar hasta altas horas de la madrugada para recordar, como cada semana, y, sin duda, memorizar un cúmulo de conceptos, que ya por el cansancio no entendía.

Pero regresando al pasado próximo, no sé, si algo tendrán que ver esas pastillas de gingkobilova, porque a partir de ingerirlas, en ocasiones comencé a sentir demasiada luz entrando por mi frente. Me molestaba mucho. Aunado a lo insólito, de que mi piel, constituida de manera uniforme o al menos similar en todo mi organismo, recibiera esa luz lastimosa justamente en esa parte, y no en otro sitio.

Además de todo aquello sucedido en secuencia, semana a semana, también empecé a sentir que cuando despertaba, a veces iba integrándome poco a poco. En partecitas… (Continuará…)

Comentarios: celiatgramos@gmail.com

/arm