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Las siete posiciones | Mujeres en busca de sexo | Celia Gómez Ramos

  • Editoriales

(Tercera y última parte)

Nos quedamos casi terminando el punto 4, en que “Mis labios vivían el púrpura, que si bien es un color frío, que se lleva bien con la época, a mí, me encendía la rabia contra mi cuerpo todo”…

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Intenté más médicos, otra dermatóloga, pero en consulta privada. Desde el primer momento me dio un diagnóstico, que yo traduje en lo siguiente: Tu piel siempre ha sido delicada, aunque no lo supieras, primer punto. Las taras de la infancia se vuelven a presentar en la etapa de madurez, detonadas por presiones y nervios, segunda realidad. El tratamiento y cuidados serán de aquí, para toda la vida, tercera caída.

5. La piel como cementerio. La mía. El cuerpo es un oráculo, un templo. Tal vez por dentro estaría lo mejor. Pues si un fruto se puede ver impecable por fuera y tener gusanos al interior, al revés ¡Claro que puede ser!

Las células tienen memoria, los músculos, los órganos. No terminaba por comprender cómo no se volvía pasajero esto y se quitaba como llegó, de un día para otro. Así de plano…

Cada grano parecía una cruz, como una pequeña tumba, cada una con su lápida. Cientos, cientos de tumbas circundaban mi cuerpo. Habían aparecido ronchas en mi cara, el contorno de mis ojos, el ojo izquierdo como el derecho, se agrietaban cada vez más.

Llegaron las recomendaciones que no quería -de hecho, no deseaba nada que cambiara mi vida-, dejar de pintarse por un tiempo; sin máscara, solo cremas en el rostro; bloqueadores solares y revividor labial. Me inventé la idea: ejercitaría mi autoestima de cara al mundo y como es de esperar, poco a poco me fui sintiendo liberada. Requerí entrar en contacto con la cortisona, de efectos tan nocivos… La piel se ponía tersa, pero se rompía como el papel en los dobleces. Días bien, días mal.

Desde entonces, uso jabón especial, gel líquido sin alcohol, cremas para manos con el don de romper la barrera de resequedad a la larga. Pero si de cualquier actividad casera se trata o de lidiar con polvo, utilizo guantes de algodón y sobre ellos, de látex o de trabajo rudo. El estado de mis manos era tan horrible…, engendraba todo un proceso: comenzaban a brotar granos de ajonjolí hasta que se hacía un gran cementerio y las bolitas supuraban, después se hinchaban, daba mucha comezón y la piel empezaba a pelarse, como la de las víboras, ni más ni menos, y uno podía encontrarse de repente, quitándose una cáscara epitelial en desuso o desahucio. El aspecto era patético, así que acudí a un local del centro de la ciudad a comprar guantes exóticos. Tendría que imponer nuevas modas, pensé, sin explicación alguna. Los guantes me gustan. Me armé una gran colección. Es más, me veía sexy.

6. Reconstrucción en siete posiciones. Decidí que mi vida ya no podía seguir igual, ahora era especial y sería más exigente. Ya no podré tener una relación cotidiana con un varón. No voy a explicarle lo que me ocurre; tampoco tendría porqué entenderme. Entonces me aventuro, para que cada ciclo en que mi piel se encuentra mejor, el placer pueda venir a mí. Porque ahora, lo sé muy bien, estoy obligada a usar constantemente lubricantes labiales y ungüentos para manos, pies, cara. Así, debo esperar ese momento exacto para cautivar a los hombres. Lo comienzo a hacer, pero con estos cuidados me vuelvo más aséptica y más perversa.

Ahora me gusta dominar, decir qué es lo que debe de hacer el otro y cómo lo debe de hacer. Llevo una vida doble, la excéntrica y la cotidiana. Hoy que me sé alérgica al contacto, solo en ocasiones me doy el gusto. Sé que luego dolerá, pero tendré un mes de cuidados. Estoy en plena reconstrucción, en ese proceso integrador, como cuando despierto y todavía no está conmigo parte de mí.

Merodeo la vida, ahora hablo menos e intereso al otro más. Camino por el mundo como si nadie existiera, y en esa seguridad, encuentro al hombre que por supuesto, quiere ser dominado. Descubro que esto me genera un gran placer y comienzo con la integración de mi vida (mi salpullido de ajonjolí, mi ojo derecho buscando una ventana de luz en mi frente y luego el izquierdo repelente al color y agrietado, mi piel como cementerio, mis labios púrpura). Me edifico de nuevo y soy otra, la otra que quería ser, y asumo esas, las siete posiciones dominantes que no me había atrevido a disfrutar en la vida. Seguro tú las conoces…

Y bien, quién entendió, entendió.

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