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Leon Golub: arte contra la guerra y la represión / Bazar de la Cultura / Juan Amael Vizzuet Olvera

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

“La pesadilla de la historia no tiene principio ni fin”, afirmaba el pintor estadunidense Leon Golub, cuya obra vigorosa, expresionista, fiera casi todo el tiempo, a veces doliente, siempre comprometida, se expone en el Museo Rufino Tamayo hasta el domingo siete de febrero. La muestra está pues a punto de terminar. Quien no la haya visitado, debe apresurarse para conocer a uno de los mayores artistas del siglo XX. Quienes ya vieron la exposición podrían aún visitarla de nuevo. Vale en verdad la pena.

– Admirador del muralismo

Leon Golub nació en Chicago, en 1922; se formó en la Universidad y en el Instituto de Arte de su ciudad natal. Desde sus comienzos y a lo largo de las décadas, su obra manifestó una intransigente condena a la barbarie, a las múltiples formas de opresión y a la irracionalidad del mundo moderno. Nunca se quiso inscribir en las vertientes que cobraban auge, y que muy posiblemente le hubieran reportado fortuna. Tampoco abandonó el arte figurativo, ni siquiera cuando la abstracción vivía sus años de gloria: estaba convencido que cada obra debía expresar las realidades de su tiempo.

Los museógrafos del Tamayo informan que Golub fue un gran admirador del muralismo mexicano; debemos recordar que este movimiento impactó a las jóvenes generaciones de artistas más allá de las costas y las fronteras de nuestro país, también que de Estados Unidos llegaron varios discípulos de los muralistas, como Pablo O’Higgins. Golub, al igual que los mexicanos, consideraba que el arte no debía evadir su obligación de responder a su tiempo y a las experiencias
colectivas de la humanidad.

Esa conciencia de la comunidad, de lo colectivo, aparece de manera reiterada en el trabajo de Golub. A menudo, los grupos entran en conflicto, impulsados por fuerzas que no vemos en el lienzo, pero cuya naturaleza siempre podemos
deducir.

En ése y en otros aspectos, la obra de Leon Golub guarda similitudes con la del muralista jalisciense José Clemente Orozco: estilización, y si se quiere, deformación expresionista del cuerpo humano; simbolismo, denuncia social. Sin embargo, el artista estadunidense sigue sus propios caminos, trabaja con unas temáticas a la vez personales y vinculadas con los conflictos que involucran tanto a su país como a toda la humanidad.

Las obras de gran formato que caracterizan a varios de los periodos de Golub lo vinculan ciertamente al muralismo, pero Golub no pintaba al fresco sobre paredes, conforme a las técnicas legadas por el Renacimiento, sino sobre telas que, con el tiempo, dejó de tensar. Su técnica heterodoxa, laboriosa y personal, desgastaba trabajosa y meticulosamente los pigmentos sobre la tela rugosa, para producir texturas maltratadas, tanto como el espíritu de los seres humanos que el artista plasmaba.

El resultado, como lo exponen los textos museográficos, evoca a las ruinas que sobrevivieron a la antigüedad; el suyo es un universo extenuado, maltrecho, abrumado por un sinfín de conflictos, por la opresión y por la violencia.

– Golub y Spero, camaradería y compromiso

Su obra se nutre de símbolos antiquísimos, como la esfinge –que los críticos entienden como arquetipo de la lucha entre lo instintivo y lo racional en el ser humano— pero también de iconos modernos, a menudo terribles, como los fusiles de asalto. Los canes feroces y los leones enseñan amenazantes las dentaduras; los combatientes van desnudos del torso pero empuñan el armamento más moderno frente a una nube de humo, el único paisaje visible en el Vietnam que retrata Golub hacia 1972.

Golub había visto la Segunda Guerra Mundial como cartógrafo del ejército estadunidense. Cumplió con su servicio militar ciertamente, pero se convirtió en un resuelto adversario de la violencia. A lo largo de su vida, pintó las consecuencias de la guerra, empleó su obra para la lucha contra la intervención de Washington en Vietnam y más tarde, contra las acciones militares estadunidenses en la
América Latina.

Golub se integró a varios grupos de acción política; durante la década de los sesenta tomó parte en las luchas que marcaron a esa combativa época.

Leon Golub halló en su esposa, la también reconocida artista Nancy Spero, a su camarada en el arte, la vida y la lucha social. Spero y Golub se casaron en 1951 y durante décadas se convirtieron en símbolos del arte comprometido con las causas que ellos consideraban justas. A menudo, sus convicciones y su acción navegaban en contra de la opinión dominante, impuesta por las potencias mediante el control de las comunicaciones
mundiales.

Los noticieros de la radio, los reportajes de la televisión, las revistas de gran tiraje presentaban las intervenciones de Estados Unidos en Vietnam, Granada, Iraq o Panamá como operaciones justicieras contra unos villanos arquetípicos, sin que se mencionaran las consecuencias de aquellas acciones bélicas para los civiles. Golub y Spero, sin más recursos que sus propias obras, denunciaban lo que se le ocultaba al auditorio.

Nancy Spero, militante feminista, halló sus propios temas y caminos, pero coincidía en lo esencial con su esposo: el arte necesitaba vincularse con la realidad y tenía que combatir por las mejores causas; Spero se manifestó en los años setenta contra las dictaduras latinoamericanas y sus olas represivas, que se ensañaban con las mujeres; los estragos de un largo padecimiento no minaron la combatividad de Spero, quien años después se pronunció contra la invasión de Iraq por Bush.

Spero y Golub exponían en forma independiente o en equipo, experimentaban con nuevos recursos para crear sus piezas, se mantenían siempre al tanto de los acontecimientos mundiales para contestarlos a través de sus obras. Integraron, ciertamente, una de las parejas más brillantes y comprometidas en el arte moderno. Su militancia política se mantuvo firme incluso cuando las nuevas generaciones preferían evadir cualquier alusión a los conflictos sociales, y se refugiaban en el “arte conceptual” o bien en el “posmodernismo” para no incomodar a los potenciales mecenas. Quizá por ello tanto Nancy Spero como Leon Golub sean mucho menos conocidos por el gran público que otros artistas, de obras más
complacientes.

Leon Golub falleció en 2004, Nancy Spero, ya sola, continuó con su trabajo y con su lucha social
hasta su muerte, en 2009.

– Tradición y simbolismo

Quienes visitan el Museo Tamayo se encuentran con diferentes periodos en la trayectoria de Leon Golub: las obras de los años cincuenta plasman principalmente personajes solitarios, inspirados en la antigüedad y en la mitología, como “Esfinge en equilibrio” (laca y óleo sobre madera, 1954). La esfinge de Golub se aleja del personaje, majestuoso, apacible que reposa junto a las pirámides egipcias, y recupera su inquietante animalidad.

“Filósofo III” y “Filósofo IV” (lacas y óleo sobre tela, 1958) plasma la condición extraordinaria de quienes dedican su vida a la reflexión y a la sabiduría, los pensadores que se abocan a comprender el alma humana, con lo que paradójicamente se vinculan a todos sus semejantes, al tiempo que se transforman en seres heterodoxos. Guardan conexión con “El chamán” (laca y óleo sobre tela, 1952) otro personaje extraordinario, que remite a la vida tribal, a los rituales que le dan sentido a la vida y cohesión a las comunidades, pero que también convierten al chamán en una figura de poder.

Los años sesenta de Golub están poblados de obras contra la guerra y la represión: “Napalm IV” (acrílico sobre lino, 1969) ilustra una de las más atroces armas modernas, que los aliados usaron ya durante la II Guerra Mundial, pero que en Vietnam se empleó sistemáticamente, y que horrorizó al público de Estados Unidos cuando ya no se pudo ocultar. Golub aplicó su técnica del raspado sobre las figuras para convertirlas en seres mutilados, que agonizan ante la acción incendiaria.

Los grandes acrílicos sobre lino “Gigantomaquia II” (1966) y “Gigantomaquia IV” (1967) se nutren de la fotografía deportiva para crear conjuntos de seres en combate; son personajes anónimos, como todas las tropas enviadas a destruirse mutuamente.

Golub formaba parte del “Grupo de protesta de artistas y escritores”, una organización que se oponía a la guerra de Vietnam. Hoy parece haberse olvidado que hubo grandes manifestaciones contra la acción estadunidense en el sureste de Asia, también que fueron muchas las figuras de la cultura que se unieron a esa oposición, que a la postre contribuyó a que Washington se viera obligado a pactar el retiro de sus tropas.

Golub produjo las series “Mercenarios” e “Interrogatorio” durante las décadas de los 70 y 80, para denunciar la participación de su país en las “operaciones de contrainsurgencia” que las dictaduras llevaban a cabo en América Latina, una realidad que el cineasta Costa-Gavras también expuso en “Estado de sitio” (Francia-Italia, 1972).

El mercado del arte actual no favorece obras como las de Leon Golub y Nancy Spero, sin embargo, este trabajo es tan necesario como en la época de las dictaduras militares latinoamericanas, porque la opresión no se acaba, adquiere nuevas formas.