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Letras al Minuto

  • Letras al minuto: Sonia Silva Rosas

Así como la alegría invade a los seres cuando alguien nace, de igual manera debería alegrarnos el hecho de que alguien muera, de que alguien trascienda y continúe su camino espiritual, sin embargo, nos han inculcado que la muerte es sinónimo de terror, miedo, dolor y desazón.

Según la Biblia, el primer muerto en la historia de la humanidad fue Abel, asesinado por su hermano Caín. En la antigüedad, la muerte no tenía –para nada- todo ese sentido trágico que hoy posee. Según el historiador Philippe Aries, hace mil años la muerte estaba “domesticada”, y el fin de la vida nunca se presentó en caída libre; es más, afirma que los caballeros y guerreros recibían su muerte y estaban conscientes del fin de su vida; en ellos el sentimiento de la muerte era una convicción íntima, más que una premonición sobrenatural o mágica. Este historiador afirma que el ritual para recibir a la muerte postrado en la cama es una creación de la religión católica que terminó por convertir a la muerte en una “ceremonia pública organizada por el moribundo, que la preside y conoce su protocolo. A esta ceremonia acudían familiares, amigos, incluso niños pues, a diferencia del presente, la muerte no se escondía a la infancia”. La desaparición de una persona, explica Aries, era aceptada y celebrada de manera ceremonial (…) sin carácter dramático ni excesivo impacto emocional. Al respecto, el escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008), en su novela “El pabellón de los cancerosos”, describe la actitud de recibir a la muerte de manera tranquila: sin fanfarronadas, sin aspavientos, sin presumir de que no iban a morir, todos admitían la muerte apaciblemente. No solo no retrasaban el momento de rendir cuentas, sino que se preparaban para ello tranquilamente y, con antelación, designaban quién se quedaría con la yegua, quién con el potro… Y se extinguían con una especie de alivio, como si solo tuvieran que cambiar de isba”.

Para Phillippe Aries, la muerte domesticada es muy contraria a la que nosotros conocemos. La vieja actitud –dice- en la que la muerte es a la vez familiar, próxima, atenuada e indiferente, se opone demasiado a la nuestra. La muerte da miedo –explica- hasta el punto en que ya no nos atrevemos a pronunciar su nombre.

En la Edad Media, “el hombre experimentaba en la muerte una de las grandes leyes de la especie y no procuraba ni escapar de ella ni exaltarla […], simplemente la aceptaba con la justa solemnidad que convenía para marcar la importancia de las grandes etapas que toda vida debía franquear siempre”. Este autor destaca también la aparición de un nuevo concepto de muerte. Los libros y grabados de los siglos XV y XVI muestran una iconografía sobre el “buen morir” o las Ars Moriendi. Fue entonces –continúa el historiador- cuando apareció la creencia de que un individuo al morir ve pasar su vida en un recorrido relámpago, esta idea se extendió entre las clases más cultas hasta el siglo XIX.

“El hombre de fines de la Edad Media tenía una conciencia muy aguda de que estaba muerto aplazadamente, de que el plazo era corto, de que la muerte, siempre presente en el interior de sí mismo, quebraba sus ambiciones y emponzoñaba sus placeres. Y ese hombre tenía una pasión por la vida que nos cuesta entender hoy, quizá porque nuestra vida se ha vuelto más larga”, añade Phillippe Aries.

Para el siglo XIX y XX, la forma de llorar las muertes se transforma. El sentido solemne al que se había acostumbrado, pasa ahora a lo que se ha dado en llamar la muerte romántica y retórica: un enardecimiento del recuerdo del ausente. Entonces la emoción agita a los dolientes. Lloran, rezan, gesticulan. Los vivos ya no admiten la idea de la muerte. Ni la ajena ni la propia. La sola idea de la muerte conmueve.

“Quiere decir que a los supervivientes les cuesta más que en otro tiempo aceptar la muerte del otro. La muerte temida no es entonces la muerte de uno mismo, sino la muerte del otro”, comenta Aries, y agrega que fue cuando nació el culto a las tumbas y los cementerios.

Nos leemos la próxima semana.
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