imagotipo

Letras al Minuto / Sonia Silva Rosas

  • Letras al minuto: Sonia Silva Rosas

¿ Qué sucede con algunos “museos” que presume la Ciudad de México?, específicamente, ¿qué sucede con los museos que pertenecen a la UNAM y al Gobierno de la Ciudad de México? Hace no muchas Letras al Minuto, platicamos acerca de lo pésimas que están las instalaciones del Museo de Historia Natural (incluso podemos afirmar que es deprimente entrar a sus instalaciones); en esta entrega abordaremos los casos del Museo de Geología y el Museo de la Luz, ambos de la UNAM.

Los domingos, en la Ciudad de México, no se cobra la entrada a los museos… Hagamos corrección: en la Ciudad de México, los domingos, los museos que pertenecen a la ahora Secretaría de Cultura no cobran la entrada, no sucede así con los museos que pertenecen a la UNAM, que cobran la entrada de martes a domingo y sus instalaciones son pésimas y desactualizadas, dan pena y –por qué no decirlo- hasta coraje, pues las áreas temáticas que ofrecenpresentan material roto, viejo y disfuncional.

Alumnos y maestros se ven en la necesidad de acudir a estos museos de la UNAM para llevar acabo sus tareas escolares, y se encuentran con instalaciones a las que la institución no les ha dado mantenimiento, no cambia material en exhibición y/o no funciona.

Hojas y cartulinas amarillas, piedras fuera de su lugar; material roto e información montada en cartulinas como si se tratara de un trabajo de secundaria, es lo que ofrece al público el Museo de Geología. Para un museo de la importancia que la Geología se exigen instalaciones actualizadas, material en su lugar y nuevo (que para eso se paga una entrada). Tal parece que la era digital pasa inadvertida por los directivos de este espacio. ¿Qué hacen con el dinero que reciben del pago de las entradas al museo? ¿Cómo es posible que un museo que presume pertenecer a la UNAM, una institución educativa “de prestigio y preocupada por todas estas áreas de conocimiento”, ofrezcan al público esa burla de museo?

Se cobra la entrada a un lugar porque, supongo, con el dinero que se recibe de esas entradas se dará mantenimiento, funcionalidad y actualidad al espacio que se visita. Se cobra la entrada de un lugar, como el Museo de Geología, para que el material presentado a los alumnos y visitantes en general sea óptimo y utilice a su favor los instrumentos digitales e informáticos que actualmente apoyan a la cultura y la educación a nivel mundial (me atrevo a sugerir esto pues la UNAM presume de ser una casa de estudios de reconocimiento internacional, vaya, esto debe también reflejarse en los espacios culturales que tiene en su haber, ¿no cree usted,
señor lector?)

“El Museo de Geología concentra las colecciones geológicas más importantes de México. Es un espacio (dice su página WEB) que además de resguardar este importante patrimonio, divulga el conocimiento científico de las ciencias de la Tierra” (de la manera más arcaica que pudieron haber encontrado sus directivos). El texto de presentación también presume el edificio porfiriano en el que se albergan estas colecciones importantes. A los directivos de este museo les comento: la historia no está peleada con la era digital ni con el progreso ni avance tecnológico. Tampoco está peleada con la pulcritud de una museografía decente y con el papel nuevo –nada amarillento, que da muestras de que hace siglos que no cambian fichas de información- y nueva presentación de
todo ese material.

Ahora bien, el Museo de la Luz (también de la UNAM) cobra la admisión general a 35 pesos. El costo de entrada ya incluye el trato grosero de las señoras que le reciben a usted y sus hijos en la entrada de dicho “museo”, y el regaño del personal de la taquilla si usted no les facilita el trabajo y les paga con cambio exacto. Alumnos de secundaria, entrevistados al salir de este museo, afirmaron que el espacio es “chiquitito”, y que “son poquitas salas para lo que cobran”. La mayoría de los estudiantes afirmaron acudir en domingo a este museo creyendo que, como el resto de los museos en la capital mexicana, no se cobraba la entrada. El caso del Museo de la Luz es similar al del Museo de Geología: material montado en paredes como si se tratara de un trabajo escolar de primaria, botones que según iluminan el material pero que no sirven, museografías que nos remontan a la década de los ochenta. Un museo al ahí se va.

Así es, señor lector: los museos de la UNAM quedaron varados en la década de los ochenta. Los directivos han de pensar que para eso son museos, que ahí se guarda lo viejo y que hasta el olor se incluye en el pago de una entrada. No señores, desde esta columna va la exigencia a que modernicen sus instalaciones y hagan valer cada centavo que las familias mexicanas les pagan por entrar a esas instalaciones que ustedes presumen y llaman museos. No son los veinte y treinta pesos que se pagan, es saber qué hacen con ese dinero que el estudiante paga y que ustedes, quitados de la pena, a cambio le ofrecen pésimas instalaciones y mal trato.

Así las cosas con los museos de la UNAM. De mal en peor y de penita ajena.

Nos leemos la próxima semana

dsoniasilva@hotmail.com